Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

—Nos traerá a todos, Harrington, no tenga duda de eso —contestó Caleb, encendiendo la pipa con una cerilla y aspirando el humo denso del tabaco tostado—.

Lincoln ha pedido setenta y cinco mil voluntarios para aplastar la rebelión, y el gobernador Pettus ya está organizando los regimientos de Mississippi.

Al principio dirán que solo necesitan a los muchachos que se ofrecen de buena gana, pero cuando la guerra devore a los primeros batallones, vendrán a por los demás.

Ningún hombre en edad de trabajar estará a salvo de recibir una citación.

Las palabras del herrero resonaron con un peso helado en la mente de Thomas.

Un «alistamiento obligatorio» significaba la destrucción total de su precaria estabilidad.

Si era llamado a filas, se enfrentaría a una encrucijada letal: negarse a servir implicaría la prisión o la ejecución por deserción, además de dejar a Lizzie y a los niños a merced de una comunidad hostil que sospecharía de su lealtad; aceptar el uniforme significaría luchar por una causa que aborrecía y abandonar a su familia en un estado donde la condición de Lizzie la exponía a la captura y la servidumbre a la menor señal de debilidad.

—Espero que los políticos encuentren una salida diplomática antes de que la situación sea irreversible —comentó Thomas, manteniendo el rostro impasible.

Caleb dejó escapar una risa amarga y echó una humareda hacia el techo de madera del soportal.

—La diplomacia murió en Fort Sumter, amigo mío.

Ahora solo habla la artillería. Tenga cuidado estos días, Harrington.

Los ánimos están calientes y hay gente en el pueblo buscando enemigos bajo las piedras para demostrar su propio fervor patriótico.

Si tiene asuntos que resolver o provisiones que almacenar, hágalo pronto.

—Agradezco el consejo, señor Thorne. Lo tendré muy en cuenta.

Tras despedirse del herrero, Thomas continuó hacia el juzgado y la oficina del alguacil, donde se concentraba el movimiento administrativo de la villa.

A medida que avanzaba por la plaza, notó cómo aumentaba la presencia de los milicianos locales, ataviados con bandas rojas sobre la ropa de diario.

Supervisaban el tránsito, interrogaban a los viajeros que llegaban en la diligencia de Jackson y repartían panfletos propagandísticos entre los viandantes.

Al llegar a la fachada de ladrillo del edificio municipal, una pequeña multitud se agolpaba frente al tablón de anuncios de madera.

Thomas se aproximó con sigilo, situándose tras la espalda de dos granjeros que discutían a sombrerazos sobre el precio del maíz.

Sobre la madera desgastada, un cartel impreso en tinta negra aún fresca destacaba por encima de las demás notificaciones de ventas de terrenos y recompensas por ganado extraviado.

En la parte superior del cartel, en gruesas tipografías en negrita, se leía:

«¡CIUDADANOS DE MISSISSIPPI, A LAS ARMAS!»

Por orden del Gobernador y en defensa de la Soberanía de nuestro Estado.

Se convoca a todos los hombres hábiles entre los dieciocho y los cuarenta y cinco años a presentarse en la Oficina del Alguacil para la inscripción en los Registros de la Milicia Voluntaria del Condado.

Aquel que rehúse el deber de defender su patria será considerado sospechoso de deslealtad y tratado según las leyes de la República Confederada.

Thomas contempló el texto en silencio, sintiendo cómo el murmullo de las conversaciones a su alrededor se transformaba en un zumbido distante.

Su mirada quedó fija en el rango de edad especificado en el bando.

Tenía la edad perfecta para ser reclutado.

La falsa ilusión de seguridad que los había acunado durante los últimos meses en St. Jude se desvanecía por completo ante la realidad de esa hoja de papel clavada con cuatro tachuelas.

La guerra, que hasta hacía unos días parecía un acontecimiento lejano transmitido por periódicos sensacionalistas y rumores de taberna, acababa de extender sus redes sobre el pequeño pueblo.

El pasado del que tanto habían huido, la violencia de la que se habían liberado con sangre y dolor, regresaba adoptando la forma de una contienda nacional que no admitía neutrales ni refugios olvidados.

Thomas dio un paso atrás, apartándose lentamente de la multitud mientras se ajustaba el abrigo.

Observó el cartel una última vez, con la amarga certeza de que el tiempo de la tranquilidad había llegado a su fin y de que la libertad de Lizzie, de sus hijos y la suya propia volvía a estar amenazada por el mismo fuego que comenzaba a consumir al país entero.

El cartel

Thomas permaneció inmóvil ante el bando de reclutamiento, sintiendo cómo el polvo de la calle principal de St. Jude se le pegaba a la garganta. La tinta negra parecía aún fresca bajo la solana de mediodía, como una marca a fuego.

En su mente no había espacio para los discursos sobre la soberanía de los Estados ni para la retórica de la caballería sureña; solo un cálculo frío y desesperado por la supervivencia.

Obligarlo a empuñar un fusil bajo la bandera de la Confederación no significaba únicamente arriesgar la vida por una causa que rechazaba, sino abandonar a Lizzie y a los niños en un entorno cada vez más violento.

Si lo enviaban a los campos de instrucción de Jackson o a los frentes de Virginia, ¿quién protegería a su familia si los cazadores de recompensas volvían a rastrear la zona?

¿Quién defendería a una mujer negra libre y a dos niños pequeños en un estado donde el miedo a los levantamientos endurecía las leyes?

El pequeño taller, el huerto que florecía al pie de la colina y la tibia serenidad de su hogar no eran concesiones de la fortuna, sino una fortaleza conquistada a costa de sangre y cicatrices que ningún reclutador tenía derecho a arrebatarle.

—Tiene buena pinta el papel, ¿verdad, Harrington? Da gusto ver cómo el condado pone orden de una vez.

La voz pertenecía a Silas Fletcher, un tipo enjuto, de bigote ralo y mirada inquieta, que regentaba la alfarería del lado sur del pueblo.

Silas se detuvo a su lado, ajustándose los tirantes de cuero desgastado sobre una camisa de franela manchada de barro seco.

Observaba el cartel con un brillo de exaltación contenida, henchido de ese orgullo ruidoso que empezaba a contagiar a los vecinos de St. Jude como una epidemia.

—Parece que la gobernación no está perdiendo el tiempo —respondió Thomas, midiendo cada sílaba para que su voz sonara con la dosis justa de neutralidad civil que exigía la prudencia.

—Y hacen bien, vaya si hacen bien —dijo Silas, escupiendo un chorro de jugo de tabaco contra la base de madera del tablado—.

Los yanquis creen que con cerrar cuatro puertos con sus barcos de vapor nos van a matar de hambre.

No saben de qué madera estamos hechos aquí.

Esta misma mañana he visto al secretario del juez redactando las primeras listas en el ayuntamiento.

Están anotando a todos los hombres entre los dieciocho y los cuarenta y cinco años.

Mi sobrino Jacob ya está registrado en la primera compañía de voluntarios, y yo mismo iré en cuanto cierren el cupo de la milicia territorial.

Hay que enseñarles a esos comerciantes del Norte que el Sur no se deja pisotear.

—Las listas de empadronamiento suelen llevar tiempo —comentó Thomas, manteniendo las manos dentro de los bolsillos del chaleco para esconder la tensión de sus puños—. Supongo que priorizarán a quienes se presenten por propia voluntad.

—Al principio sí, pero no van a esperar a que los campos se queden vacíos por gusto —replicó Silas, inclinándose levemente con aire confidencial, aunque sin bajar el tono de voz—.

El alguacil me dijo en la taberna que para finales de mes quieren tener el registro completo de la comarca.

Quieren saber exactamente cuántos hombres pueden empuñar un arma y qué herramientas o caballos se pueden requisar para el esfuerzo de guerra.

Quien no aparezca por la oficina para dar su nombre antes del viernes, tendrá que dar muchas explicaciones a la patrulla del condado.

Mientras Silas continuaba hablando, glosando las supuestas virtudes del general Beauregard y la rapidez con la que las tropas confederadas marcharían sobre Washington, Thomas desvió la mirada hacia el centro de la plaza.

Frente a la escalinata del juzgado, la escena resultaba tan reveladora como dolorosa.

Varios jóvenes, apenas muchachos con los rostros aún libres de barba, se agolpaban alrededor de una mesa de pino donde un oficial de uniforme gris arrugado anotaba sus datos en un libro de registro de tapas de cuero.

Junto a la mesa, un anciano de cabello blanco estrechaba la mano de su hijo con una mezcla de orgullo y temor, mientras una mujer joven, abrazada a un pañuelo de lana, intentaba contener el llanto contra el hombro de su hermana.

En solo unos días, St. Jude había cambiado de forma irreversible.

Los comercios cerraban dos horas antes por la falta de clientes y la escasez de mercancías; las conversaciones sobre la madera o las lluvias de mayo habían sido sustituidas por murmullos tensos, y las calles comenzaban a vaciarse a media tarde por la ausencia de los jóvenes.

Thomas asintió mecánicamente ante un comentario de Silas que apenas llegó a procesar.

La certidumbre se abría paso en su mente con una nitidez demoledora: la guerra ya no era un titular lejano en los periódicos de Nueva Orleans ni un rumor de los arrieros que cruzaban el río.

Estaba allí, en las listas del ayuntamiento, en las palabras de Silas y en la urgencia con la que las autoridades locales buscaban consolidar su control sobre cada habitante de la zona.

Como forastero sin raíces familiares en el condado, cualquier intento de esquivar el registro levantaría sospechas inmediatas de deslealtad o abolicionismo, dos etiquetas que en el Mississippi de 1861 equivalían a una sentencia de muerte.