CAPÍTULO 1 #2
Las palabras de Miller cayeron sobre Thomas como un jarro de agua helada.
La posibilidad de un reclutamiento forzoso era un fantasma que ni siquiera se había planteado hasta ese momento.
Él no era nativo de ese condado, ni poseía tierras ni esclavos, pero ante los ojos de las autoridades locales era un ciudadano blanco sano y en edad militar.
Si la guerra se intensificaba y la Confederación exigía el alistamiento de todos sus hombres, ignorar la llamada significaría ser tildado de desertor o traidor, lo que atraería una atención fatal sobre su hogar.
Y si se veía obligado a marchar, Lizzie y los niños quedarían completamente desprotegidos en un territorio que se volvía más hostil y desesperado a cada día que pasaba.
—Supongo que la gente exagera en los periódicos —respondió Thomas, forzando una voz serena mientras pagaba la sal y el hilo de coser que había acudido a buscar—. La guerra queda muy lejos de Mississippi.
—Eso esperábamos todos, Harrington, pero la guerra es como una sequía: empieza en el monte y termina secando el pozo de tu propia cocina —sentenció Miller mientras guardaba las monedas en la caja registradora.
Thomas abandonó la tienda con el pequeño paquete bajo el brazo.
El sol había alcanzado el cenit, pero el calor sofocante de la mañana parecía haberse disipado, sustituido por un frío invisible que se le metía en los huesos.
Al cruzar la plaza de St. Jude de regreso a casa, vio a un grupo de ancianos frente a un bando recién clavado en la fachada del ayuntamiento.
Un oficial de la milicia local, con uniforme sobrio y espada al cinto, anotaba nombres en una libreta de cuero mientras varios hombres firmaban su compromiso de alistamiento.
Thomas apretó el paso y evitó mirar al oficial, sintiendo que las miradas de los vecinos se convertían en un examen silencioso.
A medida que dejaba atrás las últimas casas del pueblo y tomaba el camino de tierra que conducía a su propiedad, los sonidos de la naturaleza recuperaron el protagonismo: el canto de las charras, el susurro de la brisa entre los copos de los pinos y el crujido de las piñas secas bajo sus botas.
Sin embargo, la serenidad del paisaje ya no le producía la misma paz que al amanecer.
Cada sombra en el camino parecía ocultar una amenaza imprevista.
Comprendió con amarga claridad que la burbuja de tranquilidad en la que habían vivido durante los últimos meses se había resquebrajado de forma irreversible.
La huida que creían haber completado con éxito no era más que una pausa entre dos tormentas.
Al divisar la chimenea de su casa y el humo blanco que ascendía hacia el cielo despejado, Thomas se detuvo un instante junto al cercado.
Vio a Lizzie en el huerto, agachada entre las plantas de tomate, mientras los niños jugaban a perseguir mariposas a pocos metros de ella.
Era una estampa de idílica belleza, el retrato del futuro por el que habían arriesgado la vida, cruzando ríos, esquivando patrullas y desafiando a un mundo que quería destruirlos.
Pero el eco lejano de las cornetas militares, procedente del improvisado campo de instrucción a las afueras de St. Jude, borró aquella sensación de paz.
Thomas comprendió entonces la devastadora verdad: la contienda que acababa de estallar no se libraría únicamente en los campos de batalla de Virginia o Tennessee.
La guerra había llegado a su puerta, sigilosa e implacable, y pronto los obligaría a tomar decisiones que pondrían a prueba, una vez más, el precio de su libertad y la supervivencia de su familia.
Las noticias de la guerra
Thomas cruzó el umbral de su finca y tomó el camino de tierra redondos hacia el núcleo de St. Jude.
Aunque el sol matutino doraba los pinos con la serenidad de siempre, el trayecto se sentía distinto, atravesado por una tirantez que parecía flotar en el polvo del camino.
Thomas avanzaba a paso firme, sin prisa, con la cabeza erguida y los hombros relajados, esforzándose por parecer un habitante corriente sin nada que ocultar.
Sin embargo, sus sentidos permanecían alerta.
En Mississippi, donde la vigilancia sobre los extraños y la sospecha formaban parte del tejido social, pasar desapercibido no era un capricho, sino la única salvaguardia para el hogar que había construido junto a Lizzie.
A medida que las casas diseminadas daban paso a la calle principal, los ruidos habituales del pueblo —el martillo del herrero, el crujido de las carretas, el cacareo de los corrales— quedaban amortiguados por una marea de voces graves.
En la puerta de la barbería, bajo el letrero de madera gastada, un grupo de hombres rodeaba al viejo barbero, que sostenía un ejemplar arrugado del Vicksburg Daily Whig.
Thomas aminoró el paso al acercarse, fingiendo ajustar la correa de su bolsa mientras captaba fragmentos de la conversación.
Las noticias no eran nuevas, pero la indignación renacía con cada lectura: el bombardeo de Fort Sumter, en la bahía de Charleston, los días 12 y 13 de abril, había prendido la mecha definitiva.
La rendición de la guarnición federal, tras treinta y cuatro horas de fuego de artillería, se celebraba entre los más exaltados como una prueba del valor sureño y una lección que los yanquis tardarían en olvidar.
—¡Siete mil proyectiles cayeron sobre el fuerte y ni un solo muchacho de los nuestros mordió el polvo!
—exclamó con entusiasmo un joven alto, de mejillas sonrosadas y sombrero de ala ancha que apenas tendría diecinueve años—.
Con esa misma contundencia los echaremos de Virginia antes de que llegue la cosecha de otoño.
¡Si el presidente Davis llama a las armas, yo seré el primero en alistarme en la compañía del condado!
—Modera esa lengua, Billy —interrumpió con aspereza un hombre maduro de manos callosas y rostro curtido por el sol, ataviado con un peto de trabajo manchado de grasa de máquina—.
No sabes de lo que hablas. Una cosa es disparar cañones contra un fuerte de ladrillo rodeado de agua y otra muy distinta enviar a muchachos que apenas saben limpiarse las narices a marchar contra el ejército regular.
El bloqueo del puerto de Nueva Orleans ya está encareciendo el combustible y las piezas para las desmotadoras.
Como esto dure más de dos meses, nos vamos a comer el algodón con patatas porque no habrá barcos para sacarlo hacia Inglaterra.
—¡El algodón es el rey, señor Fletcher! —replicó el muchacho con altivez, llevándose las manos a la cintura—. Inglaterra y Francia vendrán a romper el bloqueo si quieren mantener sus fábricas abiertas. Esto no es solo una disputa política, es la defensa de nuestro honor y de nuestras tierras.
Thomas continuó caminando despacio, escuchando cómo el grupo se dividía entre los vítores de los más jóvenes, ebrios de discursos patrióticos y sueños de gloria militar, y los murmullos sombríos de comerciantes y agricultores mayores, cuyos rostros reflejaban el peso de las deudas, las cosechas por recoger y las familias que quedarían desamparadas si la contienda se prolongaba.
Aquel contraste entre la euforia irreflexiva y el temor contenido se repetía por las calles de St. Jude.
Para unos, la guerra era una aventura heroica lejos de la monotonía del arado; para otros, una catástrofe lenta que amenazaba con arrastrarlo todo.
Thomas cruzó la plaza hacia la tienda de ultramarinos y herramientas, procurando no sostener la mirada de nadie.
Conocía bien la dinámica del odio y el prejuicio.
En un pueblo donde todos conocían el linaje de sus vecinos, un hombre sin raíces claras que vivía con una mujer de piel oscura, en una casa retirada, era un blanco fácil si los ánimos se caldeaban.
Cualquier pretexto, desde un comentario malinterpretado hasta una simple mirada de desafío, podía despertar las sospechas de las milicias locales, siempre dispuestas a buscar traidores, simpatizantes de la Unión o abolicionistas entre los forasteros.
Al llegar a la acera de madera frente al almacén de granos, una voz profunda y pausada lo sacó de sus pensamientos.
—Buenos días, Harrington. Parece que hoy el pueblo entero ha decidido desayunar pólvora en lugar de café.
Thomas se giró para encontrar a Caleb Thorne, el veterinario y herrero de la zona norte de St. Jude.
Caleb era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de complexión robusta, barba canosa y ojos claros que traslucían una inteligencia serena y poco dada a los fanatismos.
Era uno de los pocos habitantes con los que Thomas había establecido un trato cordial y respetuoso, basado en el intercambio puntual de trabajos en madera a cambio del herrado de mulas o la reparación de aperos.
—Buenos días, señor Thorne —respondió Thomas, deteniéndose junto a una pila de sacos de avena—. Sí, da la sensación de que las noticias de Charleston han encendido todos los ánimos de la comarca.
Caleb se apoyó contra el poste del soportal, sacó una pipa de cazoleta de madera y la limpió lentamente con una pequeña navaja antes de mirar hacia la multitud reunida frente a la barbería. Negó con la cabeza con una mezcla de lástima y frustración.
—Observa a esos muchachos, Thomas. Sueñan con uniformes vistosos, desfiles y medallas.
Creen que la guerra es como una cacería de zorros donde todos regresan a tiempo para la cena.
Ninguno de ellos ha visto lo que le hace una bala de cañón a la carne humana, ni ha olido la podredumbre de un hospital de campaña tras tres días de lluvia.
Mis tíos estuvieron en la guerra contra México, y le aseguro que los que volvieron no trajeron ni una sola historia bonita que contar.
—¿Cree que el conflicto se extenderá más allá de las fronteras de Virginia?
—preguntó Thomas en voz baja, midiendo cuidadosamente sus palabras para no delatar la honda inquietud que lo embargaba.