Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

La Noticia

Una mañana diferente.

El sol matutino de Mississippi se filtraba a través de las cortinas de lino basto, trazando franjas doradas sobre las tablas de pino del suelo. En la cocina de la pequeña casa a las afueras de St. Jude, el olor a café de chicoria y pan recién horneado creaba una atmósfera de apacible rutina.

Lizzie se movía entre la estufa de hierro y la mesa de roble con esa gracia tranquila que Thomas había aprendido a adorar durante los años de sombras y sobresaltos.

Verla allí, ajustándose el pañuelo en la cabeza mientras servía las gachas de avena para los pequeños, le provocaba a Thomas un vuelco en el pecho, una mezcla de gratitud y asombro que el tiempo no había conseguido atenuar.

Tras la «huida agónica» que los había llevado a abandonar las cadenas del pasado y la brutalidad de las grandes plantaciones, St. Jude se había presentado ante ellos no como un refugio perfecto, sino como un milagro posible.

Habían encontrado un rincón donde nadie hurgaba demasiado en los orígenes de un hombre reservado que trabajaba la madera con esmero ni en los de la mujer de piel oscura que gestionaba la casa con determinación absoluta.

Los dos niños, Samuel y la pequeña Martha, reían en la mesa mientras se disputaban la última cuchara de melaza, ajenos por completo al precio exorbitante que sus padres habían pagado por la normalidad de esa mañana.

Thomas se acercó a la mesa y se apoyó contra el marco de la ventana, sosteniendo su taza de café humeante.

Observó a Lizzie unos instantes. Había un cansancio fino alrededor de sus ojos, pero la expresión de su rostro era de una serenidad recuperada a pulso.

La miró a los ojos y, sin necesidad de palabras, se produjo ese entendimiento mudo que los unía desde los días oscuros en los que amarse significaba desafiar la ley, a la sociedad y al propio destino.

Él estiró la mano para rozarle levemente los dedos al tomar la jarra de leche, un gesto cotidiano que en otros tiempos habría sido motivo de condena y que ahora constituía el cimiento de su modesta libertad.

Thomas había logrado establecerse como carpintero en el pueblo, reparando carros, construyendo aperos y ensamblando muebles para los vecinos, mientras Lizzie cuidaba del huerto y tejía para algunas familias locales.

Para los habitantes de St. Jude eran simplemente gente laboriosa que prefería no meterse en asuntos ajenos. Durante los últimos meses, el mundo parecía haberse reducido a las cuatro paredes de su parcela, al sonido del martillo sobre la madera y al murmullo del viento entre los pinos.

Era una existencia sencilla, casi vulgar para cualquiera, pero para ellos representaba la victoria más sagrada.

Sin embargo, a medida que Thomas apuraba el café y fijaba la vista más allá del cercado, la ilusión de esa paz inviolable comenzaba a desteñirse. Durante las últimas tres semanas, la atmósfera del pueblo había experimentado una transformación sutil pero innegable.

Tras «la caída de Fort Sumter» en abril y los encendidos discursos de los líderes locales sobre la soberanía de los Estados sureños, el aire de St. Jude se había vuelto denso y enrarecido.

Thomas colocó la taza sobre la repisa y se ajustó el chaleco de trabajo, intentando disimular el nudo de inquietud que comenzaba a apretarle el estómago.

No quería ensombrecer la mañana de Lizzie ni contagiar a los niños de un temor que todavía no tenía forma definida, pero los indicios estaban ahí, esparcidos por cada rincón de la villa como las hojas secas que anunciaban la llegada de un otoño prematuro.

—Voy a bajar al taller del señor Miller a recoger la remesa de tablones de roble —dijo Thomas, modulando la voz para transmitir una calma que no sentía del todo—. De paso compraré algo de sal y el hilo que me pediste ayer.

Lizzie se detuvo un segundo con la cuchara de madera en la mano, volviéndose hacia él.

Sus ojos oscuros, siempre atentos a la menor alteración en el semblante de Thomas, lo examinaron con detenimiento.

No hizo preguntas sobre la guerra ni sobre los comentarios que corrían por el mercado, pero el leve estrechamiento de su frente delató que ella tampoco era ajena al cambio de clima.

Habían aprendido a leer los peligros antes de que se manifestaran, un hábito de supervivencia que la relativa tranquilidad de Mississippi no había logrado borrar.

—No te entretengas más de la cuenta en la plaza, Thomas —respondió ella en voz baja, asegurándose de que los niños, entretenidos jugando con unas figurillas de madera moldeadas por su padre, no prestaran atención—.

La gente está muy alterada desde que llegó el correo del martes.

Dicen que en Richmond están organizando batallones enteros y la gente habla en voz muy alta por las calles.

—Solo será un momento, te lo prometo. Para el mediodía estaré de vuelta para almorzar —aseguró él, acercándose para depositar un beso rápido en la frente de Lizzie y despeinar con cariño el cabello de Samuel antes de cruzar el umbral.

Al salir a la calle principal de St. Jude, la luz de la mañana revelaba una imagen que distaba mucho de la estampa bulliciosa de meses atrás. El polvo del camino se levantaba con la brisa seca y el tránsito habitual de mulas y carromatos se veía drásticamente reducido.

Lo primero que llamó la atención de Thomas fue la marcada ausencia de hombres jóvenes.

Apenas unas semanas atrás, las esquinas de la herrería y la taberna solían estar concurridas por muchachos que discutían sobre las cosechas de algodón, el precio del ganado o las carreras de caballos.

Hoy, en su lugar, solo se veían ancianos sentados en los porches de madera, mascando tabaco en un silencio adusto, y mujeres agrupadas a las puertas de la tienda de ultramarinos con rostros graves y miradas esquivas.

La mayoría de los muchachos del condado se habían alistado en las compañías de voluntarios formadas a toda prisa en la capital del estado, marchando hacia el norte con uniformes grises recién cosidos y la ingenua convicción de que la contienda sería un paseo glorioso de pocas semanas.

Thomas caminó a paso firme por la acera de madera, saludando con un leve movimiento de cabeza al anciano reverendo míster Jenkins, quien apenas le devolvió el gesto, abstraído en la lectura de una hoja volandera.

Al pasar junto a la barbería, las ventanas abiertas dejaron escapar el murmullo de una discusión acalorada.

Las voces no hablaban de la lluvia ni de la siembra, sino del bloqueo naval que los buques del Norte estaban imponiendo en los puertos del Golfo y de la aplastante victoria que, según los periódicos locales, el Sur obtendría en cuanto los ejércitos se encontraran en campo abierto. Thomas apretó el paso.

La retórica de la contienda impregnaba cada conversación, cada panfleto pegado en los postes de la red de telégrafos y cada mirada inquisitiva que cruzaba el pueblo.

Para la sociedad de St. Jude, la guerra era un deber patriótico y una defensa de su modo de vida; para Thomas y Lizzie, era un monstruo dormido que amenazaba con devorar la frágil existencia que tanto les había costado edificar.

Al llegar al almacén de suministros de Miller, Thomas encontró al viejo comerciante apilando sacos de harina con evidente esfuerzo.

El establecimiento, que solía estar repleto de herramientas de importación, telas finas y productos variados, mostraba estanterías alarmantemente semivacías.

Las rutas comerciales se estaban interrumpiendo y la especulación comenzaba a hacer mella en los precios de los artículos más básicos.

—Buenos días, señor Miller —saludó Thomas, ayudándole a colocar uno de los sacos más pesados sobre la plataforma de madera.

—Ah, Harrington. Menos mal que llegas, mis espaldas ya no están para estos trotes —dijo el comerciante, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo grasiento—.

Si vienes por la madera de roble, lamento decirte que el pedido se ha retrasado.

Los trenes que bajan de Jackson están reservados exclusivamente para el transporte de tropas y pertrechos militares.

Todo lo demás ha quedado en segundo plano.

—Es una lástima, la necesitábamos para terminar la reparación del carro de la viuda Gable —comentó Thomas, intentando mantener un tono casual mientras echaba un vistazo al periódico local que yacía desplegado sobre el mostrador.

Los titulares en letras gruesas y negras anunciaban la movilización general y apelaban al honor de los ciudadanos de Mississippi para defender sus fronteras. Miller siguió la mirada de Thomas y suspiró profundamente, apoyando los puños sobre el mostrador de nogal.

—Las cosas se están poniendo feas muy deprisa, Harrington.

Mi sobrino Billy se marchó el lunes a Virginia.

Decía que si no se daba prisa se perdería la fiesta antes de que los yanquis salieran corriendo de vuelta a Washington —dijo Miller con una mueca que intentaba ser una sonrisa, aunque sus ojos reflejaban una honda preocupación—.

Yo no estoy tan seguro de que esto vaya a ser tan rápido.

En el pueblo se rumorea que el gobierno confederado va a empezar a requisar caballos, mulas y cosechas para abastecer a los campamentos.

Y lo peor no es eso... dicen que pronto empezarán a reclutar a todo hombre en edad de empuñar un fusil, les guste o no.