Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) Prólogo
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Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2)

Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2)

Por Ramon Nates

© inepub.com

Prólogo

La primera columna de humo apareció al otro lado del río poco después del amanecer.

Thomas la observó desde la ventana sin decir una palabra. Durante unos segundos creyó que se trataba de la niebla que todavía cubría los campos, pero aquella humareda era demasiado oscura y ascendía demasiado deprisa. Después apareció otra. Y luego una tercera.

Lizzie se acercó a él y miró por encima de su hombro.

—¿Qué es?

Thomas tardó en responder.

—«Han empezado a quemar los campos.»

A lo lejos sonó un disparo. Después otro.

No eran los disparos aislados de un cazador ni los que alguna vez habían escuchado en las plantaciones.

Eran secos, numerosos, lejanos todavía, pero suficientes para que Thomas comprendiera que la guerra había dejado de ser una noticia que llegaba desde otras ciudades.

«Había llegado hasta ellos.»

Durante semanas habían vivido con la esperanza de que el conflicto quedara lejos.

Las noticias hablaban de batallas, de estados que se separaban, de hombres que se alistaban y de ejércitos que avanzaban hacia el Sur.

Pero siempre parecía ocurrir en otro lugar.

La guerra pertenecía a los periódicos, a las conversaciones de las tabernas y a las cartas que llegaban con días de retraso.

«Aquella mañana dejó de pertenecer a los demás.»

Thomas bajó la mirada hacia la calle. Había hombres corriendo. Algunos llevaban uniformes. Otros cargaban sacos y cajas. Una carreta pasó a toda velocidad mientras una mujer gritaba desde la puerta de una casa. Más allá, un grupo de soldados detenía a varios jóvenes.

Entonces lo vio.

Un cartel clavado en una pared.

«RECLUTAMIENTO.»

Thomas sintió que el estómago se le cerraba.

No necesitaba leer más. Si el ejército llegaba hasta allí, tarde o temprano llamarían a su puerta.

Se volvió hacia Lizzie. Ella ya había comprendido lo mismo.

—Tenemos que irnos. —¿Adónde?

Thomas miró hacia el norte. —Todo lo lejos que podamos.

Lizzie permaneció unos segundos en silencio. Después miró hacia la habitación donde dormían los niños. Eran demasiado pequeños para comprender lo que estaba ocurriendo. Para ellos, aquella mañana todavía era una mañana cualquiera.

Thomas sabía que no lo sería durante mucho tiempo.

No podían quedarse. No allí. No cuando los soldados comenzaban a recorrer las calles y los hombres eran obligados a «elegir entre el ejército y la cárcel».

Tampoco podían regresar al lugar que habían dejado atrás.

El pasado continuaba buscándolos, y la guerra había convertido cada camino en una amenaza.

Solo tenían una posibilidad.

Avanzar. Hacia el Norte.

Sin saber cuánto tardarían, quién los ayudaría o qué encontrarían en el camino.

Thomas tomó la mano de Lizzie.

—Esta vez no vamos a huir solamente de algo —dijo—. Vamos hacia nuestra libertad.

Ella apretó sus dedos. Fuera, otro resplandor apareció en el horizonte.

«El algodón ardía.»

Y mientras las llamas comenzaban a extenderse por los campos, Thomas comprendió que el mundo que habían conocido estaba desapareciendo para siempre.