XXXI
Los tres toques en la puerta la desvelan. Hace ya horas que espera y es noche cerrada.
—Mi señora, el emisario está aquí.
Se levanta de la silla donde estaba.
—Adelante.
Su consejero personal abre la puerta. Detrás de él una figura encapuchada espera en la sombra.
—Que pase. Dejadnos solos y que nadie nos interrumpa.
El consejero hace una reverencia y hace entrar al emisario. Después sale de la cámara cerrando la puerta.
Él se acerca adonde está ella y, quitándose la capucha, se arrodilla ante ella.
—Mi señora. He venido tan pronto como recibí vuestra misiva.
—Levantaos, Rodrigo.
Él saca el oculus rojo del zurrón y se lo muestra.
—¿Es esta la razón de vuestra llamada?
Ella le coge la áspera mano de guerrero y delicadamente se la cierra sobre el oculus.
—Te he llamado para algo mucho más importante que el ojo del Dragón. El Dragón debe proteger esto que te mostraré.
Y entonces se gira hacia una mesita donde hay varios cálices y un pequeño cuenco.
Coge el humilde cuenco con devoción y se lo muestra. La piedra antigua de ónice refulge con las llamas del fuego del hogar que caldea la cámara.
Él mira atentamente el cuenco y le pregunta con voz temblorosa:
—Mi señora… es esta…
—Sí, Rodrigo. La Santa Reliquia.
Entonces él se da cuenta de que al cuenco le falta una astilla:
—¿Y esta herida? ¿Quién ha osado?
—Esto ahora no importa, Rodrigo. Presiento que los que vendrán a buscarlo serán muy poderosos e implacables. Y por eso quiero esconderlo cuanto antes.
—¿Adónde, mi señora? Sabéis que podéis contar conmigo —le dice el Cid poniendo la mano en el pomo de su espada.
—Lo esconderemos a simple vista, Rodrigo, allá donde nadie acierte a buscarlo.
—¿Cómo?
—He pensado donar un cáliz a la Colegiata de San Isidoro. Esconderemos la Santa Reliquia dentro del cáliz, recubierto de todas mis joyas y piedras preciosas. Estará bañado en oro. Y que todos lo admiren por su fachada, sin darse cuenta de lo que esconde realmente en su interior.
—Esconderlo a plena luz. Mi señora, es una idea digna de vos.
Y la mira con devoción, admirando su inteligencia.
Ella le sonríe y el tiempo parece detenerse dentro de aquella cámara, mientras los dos se miran en un silencio solo roto por el crepitar del fuego. Quizá si yo no fuera una infanta, piensa ella. Quizá…
Entonces los ojos del Cid se endurecen y camina hacia la mesita. Saca la espada y coge uno de los cálices.
—Rodrigo, ¿qué hacéis? —le pregunta ella asustada.
—Habéis dicho que los que vendrán a buscarlo serán implacables. Si algún día llegasen a desmontar el cáliz de oro…
Entonces, él hiere el cáliz con la espada, arrancándole una pequeña astilla. Lanza la astilla al fuego y con el cáliz herido en la mano le dice:
—Mi señora, esconderemos este cáliz falso dentro de todo el oro. Y que todos los que lo busquen sean conducidos a él.
Ella, entendiendo lo que él propone, mira el cuenco de ónice.
—Y dejaremos el cáliz humilde a simple vista.
—Solo los puros de corazón podrán hallarlo.