XXX
Bruder está sentado leyendo en un sillón de la biblioteca del palacete del Mercader. Lee notas suyas sobre el Grial. De vez en cuando va echando vistazos al Cáliz de Doña Urraca, como si todavía no se pudiera creer que lo tiene allí mismo.
Se abre la puerta de la biblioteca y entra el Oficial.
—Tenemos que irnos.
Con una llave abre el armarito con vitrina donde han guardado el Cáliz y lo coge. Lo mete en una bolsa de mano.
—¿Adónde vamos? —dice Bruder levantándose y mirando nerviosamente hacia la bolsa.
Por toda respuesta oye fuera al Mercader gritando a alguien del servicio. Debe de haber llegado hace poco. A pesar de su debilidad, parece que el mal humor no lo ha abandonado.
Suben a dos coches negros. En el de delante van el Mercader, su chófer y uno de los hombres de Odessa. Bruder va en el coche de atrás con el Oficial y dos miembros más del pelotón.
Cuando giran por la calle Marina la ve de pronto.
Las cuatro torres de campanario recortándose en la tarde barcelonesa.
Bernabé, Simón, Judas Tadeo y Matías, recita para sí Bruder, que está sobrecogido.
Había visto alguna fotografía, pero es la primera vez que va en persona.
El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia.
Paran delante y, cuando bajan, Bruder siente que se encuentra cara a cara con un acantilado de piedra viva.
El chófer ayuda a bajar al Mercader del coche. El otro hombre, cuando ve que el Mercader tiene problemas para caminar, incluso con la ayuda del bastón, lo escolta por la explanada de tierra y piedra polvorienta que lleva a la entrada del Templo.
Bruder sigue al Oficial y a los dos hombres que iban con ellos en el coche, hacia la entrada de la fachada del Nacimiento.
Por todas partes se ven signos de las obras, que están medio paradas. Oye que uno de los hombres comenta en voz baja:
—Nunca la acabarán. En diez años serán unas ruinas.
—La Catedral de los Pobres —murmura en voz baja Bruder—. Construida solo con limosnas.
Sigue caminando con la cabeza levantada, absorbiendo en persona todo lo que ha leído durante estos años: las tres bocas oscuras de los pórticos profundos.
Llenos de piedra trabajada hasta la saturación.
Los marcos de las puertas parecen troncos y lianas, y suben desde el suelo como si la roca hubiera brotado.
Es una fachada viva, que la posguerra ha ennegrecido, como el resto de la ciudad.
—¿Qué hacemos aquí? —le pregunta Bruder al Mercader cuando llega a su altura.
Por toda respuesta, la puerta del Templo se abre y sale un diácono que saluda con consideración al Mercader y le da la llave. Después se va calle Marina adelante, dejándolos solos.
El Oficial ordena a uno de sus soldados que se quede en la puerta vigilando y los demás entran. El soldado cierra la puerta.
La nave central y el resto del Templo son un bosque de pilares, muros bajos y andamios. Bruder puede ver que están todavía en una fase muy inicial. Todo parece una obra medio abandonada.
Caminan por dentro de la nave, con el cielo por techo, hasta que llegan al ábside. Una vez allí, bajan por una de las escaleras de caracol hacia la Cripta, que está a diez metros bajo tierra.
Cuando Gaudí se hizo cargo del proyecto, piensa Bruder, la Cripta ya existía. Pero él la reformó con su estilo. Y ahora está enterrado en ella.
Por las bóvedas de la Cripta se filtra el sol de media tarde. Bruder ve que el diácono ha dejado encendidas las velas del altar.
Recuerda que la Cripta se compone de siete capillas dispuestas semicircularmente, y puede ver que en una de las capillitas hay también velas encendidas. Si no le falla la memoria, es precisamente la capilla donde está enterrado el arquitecto.
Ahora el Mercader, que parece agotado por la travesía, lo mira. Bruder le vuelve a preguntar:
—La Cripta de la Sagrada Familia. ¿Qué quiere decir todo esto?
—Hemos de activar el Cáliz, ¿no? Pues qué mejor lugar que este para hacerlo —le responde el Mercader.
Y como recordando la historia que le contó Bruder, añade:
—En la tumba de uno de sus Custodios.
El Oficial saca el Cáliz de Doña Urraca de la bolsa de mano y lo coloca sobre el altar, entre las velas. Las joyas del Cáliz brillan entre el temblor vacilante de los cirios y la luz del sol de la tarde que se cuela desde arriba.
Entonces el Mercader mira al Oficial y le dice:
—Toca Parsifal.
El Oficial sonríe y se dirige hacia el órgano. Se sienta, se saca la pistola del cinturón y la deja sobre el órgano. Levanta la tapa y, cerrando los ojos, empieza a tocar las primeras notas de la melodía de Wagner.
—¡Karfreitagszauber! —exclama Bruder.
La música del Viernes Santo de Wagner los envuelve. Parsifal, exhausto de su peregrinaje, llega al mundo del Grial en Viernes Santo. La música resuena en la Cripta. Puede sentir en la piel la transfiguración que pensó Wagner. El dolor que se transforma en gracia.
El Mercader camina lentamente, ayudándose de su bastón, hacia la tumba de Gaudí. Se sienta en un banco delante, visiblemente cansado.
Bruder se dirige de nuevo al Mercader.
—Ya le comenté que necesitábamos a una persona —le dice con voz temblorosa.
—¿El rabassaire? —pregunta el Mercader, sonriendo pérfidamente.
Bruder lo mira expectante. Al Mercader, como si hablar de Carrau lo alterara, le viene un ataque de tos que parece no tener fin. El Oficial sigue tocando la maravillosa música y su eco en la Cripta se distorsiona por la tos convulsa del Mercader.
Cuando consigue dominarla, se enjuga la boca con un pañuelo y dice, con una sonrisa de lobo:
—Del rabassaire ya me he ocupado, no te preocupes.
En el mismo momento, en la sede de la secreta
El inspector Domínguez entra por la puerta saludando al agente que está de guardia.
—Buenas tardes, inspector. ¿Trabajando tarde?
—Buenas tardes, Pérez. Ya sabes que esto nuestro no entiende de horas.
No se ha podido quitar de la cabeza en todo el día la reacción furibunda del Mercader en el interrogatorio de Carrau. Hay algo que no le cuadra en todo esto.
Más allá de su recompensa, que cree sinceramente que se ha ganado, él es policía.
Y cuando piensa en aquel joven payés, solo le viene a la cabeza una palabra: inocencia.
—Vengo a interrogar de nuevo al acusado. A ver si le saco algo más —le dice al agente.
—¿Al asesino? —le pregunta el otro abriendo mucho los ojos.
—Sí.
—Pensaba que usted ya lo sabía, inspector.
—¿Qué es lo que tenía que saber?
—Se lo han llevado.
—¿Quiénes?
—Militares. Tenían un auto de un tribunal militar.
—¿Cómo?
—Se lo han llevado no hace mucho.
—¿Adónde se lo han llevado?
El agente baja los ojos y parece dudar, pero finalmente responde:
—A un cuartel. A fusilarlo.
Hospital de Sitges
«¿Quién se lo ha quitado?»
La frase suena muy lejos. Como si hubiera sido pronunciada en otra vida.
«¿El qué?»
Está sumergida en el agua gélida y oscura de las profundidades de un océano. Ingrávida. Todo es oscuridad. Todo es frío.
Las palabras le llegan muy débiles, distorsionadas por el agua que la envuelve.
«El collar… con la medalla de la Virgen»
Ella quiere gritar. ¡Ha sido el Mercader! Él está detrás de todo.
Pero las palabras no pueden salir de allí donde está. El abismo de agua negra que la cubre es demasiado profundo. Si abre la boca, sabe que morirá ahogada.
«Se lo dio el rabassaire… me pidió que la cuidara»
Carrau. Su imagen tampoco puede llegar ya adonde está ella. Es demasiado tarde. Las últimas palabras que escucha no hacen más que confirmarlo.
«Ella… se está muriendo»