Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXIX
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XXIX

Cuarenta días. Piensa.

Si el Señor lo hizo, allá en el desierto, yo también he de poder.

Gaudí está tendido en la cama, vestido con abrigo y zapatos. La habitación de alquiler, totalmente descuidada, se cae a pedazos y está llena de desechos. Su desierto particular.

Hace ya muchos días que no come nada. A pesar de la insistencia de su amigo Armand, que lo viene a ver cada día, no ha querido probar bocado en todo este tiempo.

Señor Antoni, le he traído un platito de sopa.

Le dice dejándole el caldo humeante en la mesita de noche.

¡Apártate, Satanás!, le contesta él con la poca fuerza que le queda.

Ya no puede ni mover los brazos, aunque se intuye que querría levantarlos para echarlo.

La voz débil no traiciona, sin embargo, la determinación que Armand ve en los ojos febriles del arquitecto.

Tengo que buscar a alguien que lo haga entrar en razón, si no morirá.

El ayuno ha de durar cuarenta días, se repite de nuevo Gaudí como en un sueño, cuando el otro ya ha retirado el platito de sopa. Y qué bien olía. Ahora entiende cómo el Señor fue tentado por el diablo. Solo hace falta un simple plato de caldo.

Ahora la debilidad extrema parece envolverlo como una madre y se imagina a sí mismo desde fuera. Por momentos puede verse allí tendido en aquella cama vieja. Vestido para ir a misa. Vestido para lo que pueda pasar.

Tiene que aguantar toda la Cuaresma. Si he de morir aquí, que así sea, piensa antes de caer de nuevo en el letargo. Morir, como tantos de mis amigos.

Hijo mío, confiesa tus pecados. La voz de su confesor lo saca de la espesura del sueño.

Ya casi no le quedan fuerzas para respirar.

Habla con un hilo de voz. Padre, no soy digno.

He pecado de soberbia. ¿Por qué dices eso, hijo?

Padre, creía que podría acabar vuestro Templo en diez años.

Ahora un ataque de tos lo domina. El confesor espera paciente a que se recupere.

Me creí todopoderoso, continúa. Tocado por la vara divina.

Siempre bien vestido. Siempre a punto para ir al Liceo, con Eusebi.

¿Diez años? Ahora veo que no estará listo ni en cien años, si es que se acaba algún día.

Se acabará si Dios quiere, hijo. Le dice el confesor, que se ha de acercar mucho a él para oír lo que le dice Gaudí.

Padre, veo la muerte muy cerca. Ahora entiendo lo que sintió mi amigo, el Obispo Grau, antes de morir.

Por fin lo puedo entender. Me he tenido que acercar al abismo para ver lo que era realmente.

La fuerza que te deja, dulcemente. Y uno solo quiere acurrucarse en su madriguera, y cerrar los ojos para siempre.

He visto morir a demasiada gente, padre, ¿y para qué? ¿Qué significa todo este sufrimiento?

El confesor lo absuelve de sus pecados y abandona la habitación muy asustado. Ahora ve claramente que Armand tenía razón. Si no hacen nada, es cuestión de pocas horas que Gaudí muera de inanición. Tiene que avisar al doctor.

—¡Antoni! ¡Antoni!

La voz potente lo medio despierta. ¿Quién es este que clama? ¿Es el Señor, que me llama por fin?

Intenta abrir los ojos y ve la figura imponente junto a la cama. Lleva una sotana negra y una capa. También está Armand y con ellos su confesor, uno de los padres de Sant Felip Neri. Y ve también al Doctor Santaló. ¿Acaso ha muerto y están todos velándolo?

El Obispo Torras i Bages levanta la mano y les ordena dejarlos solos en la habitación. Cuando han salido y cerrado la puerta, el Obispo se quita la capa y acerca la silla desvencijada junto a la cama de Gaudí. Se sienta.

Entonces se saca una cadenita con una medalla de dentro de la sotana y, abriéndole la mano a Gaudí, se la pone en la palma y después se la cierra.

La medalla está fría, pero un calor que nunca había sentido parece emanar de ella.

La calidez se le extiende brazo arriba y le recorre todos los contornos del cuerpo medio muerto.

Ahora nota que llega a los pies. Y ahora cómo le toca el corazón.

Y cómo sube finalmente hacia la cabeza. Y cómo lo reconforta.

—¿Qué es esto que me envuelve?

—Antoni. Dios no quiere que mueras aquí, ayunando.

—¿Y cómo lo sabe, Señor Obispo?

—Dios te quiere para otra cosa.

—¿Para qué me quiere?

—Dios te quiere como su arquitecto. Uno que le construirá algo que ha de vencer el paso del tiempo. Que seguirá estando cuando nosotros ya seamos solo tierra.

—¿Y qué es eso que he de construir?

—Dios quiere que le acabes su Templo. Este es su mandato para ti. Para eso viniste a este mundo.

Gaudí se queda muy quieto. La fuerza que lo había abandonado en todo este tiempo de ayuno parece haber vuelto milagrosamente. No lo entiende. No ha comido nada.

—¿Qué es esto que me ha dado? —le pregunta agarrando con fuerza la medalla.

—Antoni, has de acabar su Templo. Y has de custodiar este Objeto con tu vida. Y un día, cuando encuentres a alguien merecedor de guardarlo, se lo habrás de dar, para que lo custodie.

Gaudí se reclina en el cabecero de la cama, medio incorporándose y mirando la cadenita que cuelga de su mano.

—¿Y qué es este Objeto?

—Es una historia muy larga, Antoni, pero has de saber que hace mucho tiempo este Objeto fue parte de algo que tocó los labios de nuestro Señor.

Por eso muchos muy poderosos lo buscan. Y harán lo que haga falta para conseguirlo.

Y es por este motivo por lo que los humildes lo hemos de guardar con nuestra vida, si es necesario.

—¿Y para qué quieren el Objeto?

—Para vencer a la muerte.