Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXVIII
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Al día siguiente en Barcelona, palacete del Mercader

El Mercader ha salido y Bruder está solo en la biblioteca con el Oficial del pelotón.

El Cáliz de Doña Urraca descansa magnífico bajo llave en un armario con puerta de cristal. La visión del Cáliz y el poder hablar libremente con un camarada han desatado al Oficial.

Da vueltas por la estancia hablando sin parar de lo que han estado buscando durante tanto tiempo y de lo que les ha de permitir conseguir.

Se detiene en seco ante el Cáliz y lo mira con devoción.

Dice no entender el objetivo contradictorio del Mercader.

Prácticamente lo tacha de traidor. La mano la tiene sobre la pistola guardada en la funda del cinturón.

Bruder apenas puede soportar el discurso altisonante y por momentos medio desconecta, pensando en cómo se las arreglará para salir de todo aquello.

Ahora ve que el otro lo mira con los ojos encendidos y dice:

«Der Schlüssel, der die Zukunft unseres Reiches öffnen wird!»

—¡La llave que abrirá el futuro de nuestro Reich!

—Hemos de ser pacientes —lo intenta calmar Bruder—. Le necesitamos.

—Tiene razón, mi teniente coronel —recapacita el Oficial—. Y además, le queda muy poco de vida.

Al mismo tiempo, en la sede de la secreta en Barcelona

—Yo mismo la llevé al hospital una vez conseguimos sacarla de la cueva de la Falconera —explica Carrau por tercera vez aquel día.

—¿Y por qué la rescataste, si habías sido tú quien los habías arrojado al pozo? —pregunta el policía que tiene delante.

—Ella me salvó y el Capataz la arrastró al pozo —vuelve a repetir Carrau.

—¿Por qué te habría de salvar ella?

Carrau parece pensárselo por un momento y entonces contesta:

—Porque ella me quiere.

Y añade:

—Y yo a ella.

En la habitación de al lado, el Mercader mira fijamente a Carrau a través del cristal unidireccional. Escucha sus palabras por un altavoz conectado a la sala de interrogatorio, que está insonorizada.

Está sentado en una silla y tiene los nudillos de la mano con la que agarra la empuñadura de marfil del bastón, que ahora necesita para caminar, totalmente blancos.

—¡Desgraciado! ¿Cómo te atreves? Ella es mi prometida —murmura rabioso, entre dientes. El odio que siente es infinito.

Entonces se gira hacia el inspector Domínguez y le pregunta:

—¿Cuánto hace que lo tienen aquí?

El inspector mira al Mercader. En las semanas que ha durado la persecución, su estado de salud ha empeorado muchísimo. Se le ve muy blanco y tose continuamente. Claramente está en las últimas, piensa el inspector. Tiene que cobrar la recompensa cuanto antes, no sea que se le muera.

El inspector se gira para observar también al detenido a través del cristal espejado. La habitación de interrogatorio tiene solo una mesa y dos sillas. Una donde se sienta el interrogado y la otra para el interrogador. Lo tienen esposado.

—Lo sacamos discretamente de León en tren el mismo día de la detención. Las autoridades locales están buscando frenéticamente el Cáliz de Doña Urraca y hubiese sido imposible controlar la situación allí. Además del problema añadido de la muerte de la joven.

—¿Y tienen alguna pista de dónde ha escondido el Cáliz? —pregunta melifluo el Mercader.

—Él insiste en que lo tiene el monje alemán. Pero ha desaparecido…

Entonces el inspector mira inquisitivamente al Mercader.

—Ha desaparecido muy convenientemente, diría —y sonríe pensando en su recompensa.

Señalando a Carrau a través del cristal añade:

—Me están presionando para que le interroguemos de manera, digamos, mucho más persuasiva. Para sacarle dónde está el Cáliz de una vez.

El Mercader levanta la mano autoritariamente:

—No, no. Ni hablar de eso. Se han acabado los interrogatorios. Manténgalo aislado, que todavía nos puede ser de utilidad.

El Mercader piensa en la historia que le ha contado Bruder. ¿Parsifal? ¿Aquel desgraciado?

—Sabe usted que me estoy jugando mucho más que el puesto —intenta argumentar el inspector.

—Y será recompensado muy adecuadamente.

Entonces la voz de Carrau los interrumpe, sonando por el altavoz que conecta con la sala.

—¿Sabe cómo está?

El policía, que estaba mirando su cuaderno de notas, mira al detenido.

—Sigue en coma. Me temo que todas las mujeres que se te acercan acaban mal.

Carrau baja la mirada. Aquella observación ha sido un golpe bajo. Se queda un rato callado, pero entonces se decide a hablar.

—Sabe si… —Carrau duda— ¿Sabe si todavía lleva el collar con la Virgen?

—¿El collar con la Virgen?

—Ella es muy devota. Seguro que la Virgen la protege. Si puede asegurarse de que no se lo quiten.

El policía asiente.

—Ella es lo más importante para mí.

En la habitación de al lado el Mercader se levanta de la silla encendido por la ira.

—¡Desgraciado!

Hospital de Sitges, unas horas después

Está de nuevo bajo la higuera, junto a la viña, y sus labios se acercan suavemente a los de Carrau. Puede notar la respiración entrecortada de él. Las mejillas encendidas por el rubor. El dulce rumor de la primavera envolviéndolos.

Entonces, en aquel momento, oye una voz que viene de lejos.

Primero piensa que es su padre, que los ha pillado besándose. ¿Cómo le podrá explicar que lo ama?

«Parece que tienes al rabassaire muy preocupado»

La voz se acerca a ella y ahora la tiene muy cerca. Es como un trueno.

No es su padre. Aquella voz no la ama. Su padre está muerto.

«Y aquí está el maldito collar con la Virgen. ¡Ya te daré yo devoción!»

Es entonces cuando siente que le tiran de algo. Y es como si le quisieran arrancar el corazón. Es como si alguien estuviera arrancando todas las cepas de la viña, de la Torregrossa. Una a una. Destruyéndola. Y le hace mucho daño, pero no se puede mover, ni gritar.

Y entonces, cuando la viña ya es yerma, cuando ya no tiene corazón, cuando ya se lo han quitado, se da cuenta de que vuelve a estar tendida en el fondo del pozo negro. Completamente sola. Sola con la quietud, el frío y la oscuridad.

Y nota cómo el dolor, que hace un momento era imposible de soportar, ahora se va apaciguando, lentamente. Como un recuerdo oscuro que se desvanece. Un recuerdo que ya no está interesado en lo que le pueda pasar. Hasta el dolor la ha abandonado.

Ve cómo la entrada del pozo, allá arriba, se aleja de donde está ella. Cada vez más y más lejos.

Y el frío y la negrura se intensifican y, por mucho que lo intenta, ella no se puede mover de donde está.

Y se pregunta si quizá ha muerto. ¿Es esto la muerte? Y prueba a gritar.

Pero es en vano.

Espolón de Sitges

El lujoso coche negro se detiene delante del espolón. El paseo está desierto. El sol se recorta al fondo, en lo alto del cielo muy azul, por encima de la iglesia, que parece hecha de arena.

El chófer baja del auto y abre la puerta de atrás. Ayuda al Mercader a salir. Este le dice:

—Espera aquí.

Entonces, con la ayuda del bastón, el Mercader empieza a caminar espolón adelante.

El chófer parece dudar de si dejar ir a su amo solo. Pero la orden ha sido clara y además puede ver que el Mercader está rabioso. Más vale no contradecirlo.

Se ajusta nervioso el uniforme y la gorra mientras lo ve caminar con pasos inciertos por el estrecho camino que se adentra en el mar por encima de las rocas, ayudándose con el bastón. Por suerte el mar está en calma y no hay viento.

Cuando el Mercader llega al extremo del espolón, se saca el collar de la Pubilla del bolsillo, con la medalla de trencadís.

Sin decir nada, lanza el collar con violencia hacia el mar.