XXVII
Unos días después, en un lujoso palacete de Barcelona
El Oficial y dos de sus soldados lo han escoltado durante todo el trayecto en tren desde León hasta Barcelona. En el vagón de primera clase no había nadie más y Bruder piensa que quizá han comprado todos los asientos para asegurarse.
Prácticamente no han hablado, y cuando lo han hecho ha sido siempre en castellano. Supone que para pasar lo más desapercibidos posible.
—¿A dónde vamos?
—A ver a nuestro jefe, él sabrá qué hacer.
En la Estación del Norte los espera un coche con un chófer que los lleva hacia la parte alta de Barcelona. Bruder no sabe qué se va a encontrar.
Llegan al palacete cuando ya es de noche. Los dos secuaces se quedan esperando en el vestíbulo. A él y al Oficial los escolta un mayordomo hacia la biblioteca.
Cuando entran, el olor a enfermedad es inconfundible. El hombre está sentado en un sillón, vestido con un batín. Su rostro está demacrado.
—Me estoy muriendo —le dice a Bruder a modo de introducción, como si ya no pudiera pensar en nada más—. Este mal que tengo me está comiendo vivo. Los médicos dicen que solo me quedan unos días.
Bruder lo mira sin saber qué decir. No se puede imaginar que aquel hombre enfermo sea el jefe de la red Odessa en el país. Ni siquiera es alemán.
El Mercader tose profusamente y se tapa la boca con un pañuelo de seda.
Cuando consigue recuperarse, le pide a Bruder, con un hilo de voz:
—Muéstrame el Santo Grial.
Bruder piensa que de momento no le queda otro remedio que seguirles el juego, así que saca el Cáliz de Doña Urraca del zurrón y se lo entrega al hombre.
—Ah… ¡Por fin! —susurra el Mercader, abrazando el Cáliz.
Entonces mira fijamente a Bruder y le pregunta:
—¿Cómo lo podemos… activar? Lo necesito para curarme.
A su lado el Oficial se remueve inquieto. Bruder lo mira de reojo. Seguramente no es el uso que el militar nazi esperaba que hicieran del Grial.
¿Cómo activarlo? Bruder piensa entonces en Parsifal.
Solo los limpios de corazón podrán acceder al Santo Grial.
Y le viene a la cabeza la imagen de Luna, cayendo abatida por el tiro de su pistola.
«Hay que hacerla desaparecer. La policía buscará el arma del crimen», le dijo el Oficial cogiéndole la Luger.
El arma del crimen. ¿Es él un criminal? Él solo quiere el Grial.
Es lo que siempre ha querido. Desde que escuchaba a su padre contando la leyenda.
Pero, solo los limpios de corazón. Piensa en el rabassaire.
El Fra. Carrau. Como Parsifal, un hombre puro, inocente y simple.
Él sí parece tener acceso al poder del Grial.
Por eso, en el último momento, cuando la muerte ya lo rondaba, impidió que lo eliminaran.
Todavía no, quizá lo necesitará.
—¿Y bien? —le pregunta insistentemente el Mercader, que se aferra al Cáliz como si fuera una tabla de salvación en medio de la tempestad.
Bruder duda unos instantes, pero entonces toma una decisión y le dice:
—¿Le gusta la historia? —le pregunta Bruder—. Para entender el poder del Cáliz, primero le tendré que explicar de dónde viene y quién lo ha escondido durante todo este tiempo. Así verá que para activarlo… necesitaremos a alguien.
Aquel mismo día, unas horas antes, en Mequinenza
El coche negro llega por el camino de al lado del río, como si fuera un tiburón.
La madre de Luna está fuera, en el embarcadero, repintando la barcaza. Justo ahora estaba con un pincel y pintura roja repasándole el nombre.
«Luna»
El chófer para el coche y baja para abrirle la puerta al pasajero que lleva detrás. Baja un hombre muy trajeado y repeinado.
El hombre mira con disgusto el polvo del camino y, cuando ve que no tiene más remedio que ensuciarse los zapatos, avanza hacia la madre de Luna. Lleva un maletín negro.
—¿Es usted la barquera? —le pregunta.
Ella dice que sí con la cabeza.
—¿Dónde podemos hablar con tranquilidad? —le dice alargándole la mano.
Ella se mira las suyas, las lleva manchadas de pintura roja. Se las seca como puede en el delantal y le da la mano.
Entonces lo hace pasar dentro del cobertizo. El chófer espera fuera, junto al auto.
El hombre se presenta como un abogado de Barcelona.
—Usted ha cumplido su parte del trato y, por lo tanto, le traigo su recompensa.
El abogado pone el maletín sobre la mesa y lo abre. Está lleno a rebosar de fajos de billetes. Todos perfectamente colocados.
—Doscientas mil pesetas —le dice mirándola a los ojos—. Son suyas.
Ella se tapa la boca con las manos. Nunca ha visto tanto dinero junto.
Entonces el abogado se gira para irse, y ella se atreve a preguntarle, con un hilo de voz:
—¿Y mi hija?
El abogado se vuelve hacia la mujer. El olor a agua dulce y a herrumbre parece mezclarse con el rumor del río fuera.
El hombre mira en silencio a la mujer. Ve que sin querer se ha manchado con pintura roja junto a los labios. Como si fuera sangre.
—Está muerta.