XXVI
Carrau sube a Luna a la parte de atrás del carro mientras ve cómo el sereno cruza la plaza corriendo, la vara en la mano y sin dejar de silbar. El sonido del silbato desgarra insistentemente el silencio de la noche.
Él azuza a la mula con un grito y el carro arranca hacia la plaza.
El sereno se detiene y parece desconcertado cuando ve aparecer el carro, acelerando desde la oscuridad del callejón.
—¡Alto! ¡Alto! ¡Policía! ¡Se escapan!
Carrau coge el látigo de debajo del asiento del conductor y fustiga a la mula, que arranca lanzada al trote, tirando del carro a toda velocidad por la plaza.
—¡Tira! ¡Tira! —la espolea Carrau.
Las ruedas del carro traquetean por el empedrado de la plaza.
Por el mismo lado por donde ha venido el sereno aparece ahora otro junto con un guardia municipal.
—¡Alto! —gritan todos.
Carrau guía el carro hacia fuera de la plaza por la calle principal, dirección a la salida de León. Por donde habían hablado de huir, cuando preparaban el robo.
Mientras cruzan por las calles desiertas de la ciudad, va lanzando miradas inquietas a Luna, que sigue inconsciente y se desangra en la parte de atrás del carro. La tiene que ver un médico. ¡Tiene que llevarla como sea a un hospital!
Llevando el carro por las calles más anchas, se aleja del centro y es entonces cuando ve la masa oscura de un edificio y la placa en el farol de la portería, junto al muro.
Nunca se ha alegrado tanto de leer un rótulo:
«Hospital de San Antonio Abad»
Sin pensárselo, detiene el carro, coge a Luna en brazos y salta al suelo. Va hacia la reja de la portería y llama con fuerza dando golpes secos con la aldaba en forma de cabeza de león.
—¡Ayuda! ¡Ayuda!
Una hora después, en el Hostal de San Marcos, sede de la secreta en León
Los toques insistentes en la puerta de la habitación despiertan al inspector.
—¡Inspector! —oye que gritan desde fuera.
Se levanta de la cama y abre la puerta.
—¿Qué pasa?
—Lo han detenido en el Hospital de San Antonio Abad, el del Cabildo, inspector.
—¿A quién?
—Al asesino. La descripción coincide: herida de guerra bajo la oreja.
—¿Y qué narices hacía en el hospital?
—Parece que ha llevado en carro a una de sus cómplices, la chica, herida de muerte. De un disparo.
—¿Y el otro?
—¿El monje?
—Sí. El alemán.
—Ni rastro de él, inspector.
—Dame un minuto, que me visto y vamos para allá.
El inspector Domínguez cierra la puerta y mientras se viste recuerda con una sonrisa las palabras del Mercader:
«Está buscando algo muy importante para mí»
Las doscientas mil pesetas de la recompensa parecen estar cada vez más cerca.
Comisaría de la Guardia Municipal, León
—¿Cómo va el voto de silencio, padre? —le pregunta el inspector con sorna a Carrau.
Están en uno de los despachos de la planta de arriba de la comisaría. El inspector les ha ordenado que lo llevaran allí y los dejaran solos. Ha tenido que usar toda su autoridad.
«¡Es un doble asesino y ha robado el Cáliz de Doña Urraca!»
«Este caso tiene la máxima prioridad en las altas esferas y lo manejamos desde la secreta. ¿Quiere interponerse a la policía secreta?»
Han insistido, eso sí, en que Carrau siguiera esposado.
—¿Cómo está ella? —le pregunta Carrau.
El inspector lo evalúa con curiosidad. No parece lo que preguntaría un asesino. Le responde fríamente:
—Los médicos dicen que no sobrevivirá. La herida es mortal.
Carrau se tapa la cara con las manos, desesperado.
—¿Dónde está el Cáliz de Doña Urraca?
—Lo tiene Bruder.
—¿El monje alemán?
—Sí. Nos estaban esperando a la salida de San Isidoro. Ha sido una emboscada.
—¿Quiénes?
—Eran soldados, creo que nazis.
—¿Han sido ellos los que han disparado a la chica?
—No.
El inspector mira atentamente a Carrau. Este le sostiene la mirada y con ojos encendidos por la rabia le dice:
—Ha sido él.