XXV
Deben de quedar solo cinco minutos para las once cuando Luna no puede más y decide ir hacia la puerta.
Sale del callejón, dejando la mula y el carro allí, y camina con paso decidido hacia San Isidoro. Sus pasos resuenan en la plaza vacía.
Justo entonces, la portada se abre y salen Bruder y Carrau.
Ella no lo puede evitar y arranca a correr hacia ellos en medio de la noche, olvidando dónde están.
Bruder empieza a cerrar la puerta mientras Carrau mira hacia Luna, sonriendo por haberlo conseguido. Viendo cómo corre hacia ellos, feliz.
Es en aquel momento cuando aparecen.
Unos cuantos salen de una calle junto al callejón.
Los otros vienen por la esquina.
Se mueven rápido hacia ellos, con precisión militar. Carrau ve que van armados.
Dos de ellos agarran a Luna, que se revuelve.
—¡Soltadme!
Los ecos de su grito se escapan plaza allá.
—¡No le hagáis nada! ¡Soltadla! —les grita Carrau, que ha arrancado a correr hacia donde la retienen. La mano ya dentro del zurrón, buscando el cuchillo.
Uno de ellos, sin embargo, se adelanta y lo apunta con una pistola.
—¡Manos arriba! —le dice, con un fuerte acento.
Los otros han llegado ante la portada y encañonan a Bruder. Está claro que los estaban esperando.
Carrau levanta las manos y mira hacia el monje alemán, que parece extrañamente tranquilo.
«Stillgestanden!»
—¡Firmes! —grita Bruder.
Los asaltantes se detienen de golpe, sorprendidos.
«SS-Obersturmbannführer Schwaninger, Persönlicher Stab des Reichsführers-SS, Ahnenerbe. Meldung!»
—¡Teniente coronel de las SS Schwaninger, Estado Mayor Personal del Reichsführer-SS, Ahnenerbe! ¡Informad! —continúa Bruder autoritariamente. Su voz resuena potente en la noche.
Carrau no entiende lo que les dice, pero el efecto en aquellos hombres es inmediato. Son todos claramente militares.
«Achtung! Gemäß Weisung des Reichsführers-SS. Wer hat hier das Kommando? Vor!»
—¡Atención! ¡Por orden del Reichsführer-SS! ¿Quién está al mando aquí? ¡Un paso al frente!
Carrau sigue mirando atónito a Bruder. Parece otra persona.
Ahora uno de los militares, el que debe de ser el Oficial al mando del pelotón, da un paso al frente. No han dejado de apuntarlos, pero se miran confusos entre ellos. Claramente no esperaban esto, y menos viniendo de un monje.
El Oficial le pregunta algo a Bruder también en alemán, la voz cortante y hablando muy rápido. Este, por toda respuesta, mete la mano en el zurrón y saca un sobre. Carrau ve que tiene un sello en forma de águila negra y unas letras en rojo.
Bruder entrega el sobre al Oficial, que lo coge. Lo abre y extrae un folio doblado. Lo despliega y lee las órdenes. El efecto es inmediato.
«Zu Befehl, Herr Obersturmbannführer!»
—¡A sus órdenes, teniente coronel! —exclama, cuadrándose y dando un golpe seco con las botas en el suelo.
«Endlich habe ich gefunden, was wir so lange gesucht haben».
—Por fin he encontrado lo que hemos buscado durante tanto tiempo.
Los asaltantes miran a Bruder cautivados. El Oficial sonríe satisfecho.
En aquel momento suenan las campanadas de las once desde la catedral. Como antes, las siguen las de la Torre del Gallo y las de San Marcelo más lejos.
Sus ecos se alejan en la noche y un extraño silencio se apodera de la plaza cuando acaban los toques de campana. Todo parece detenerse.
Luna aprovecha el momento para gritar con todas sus fuerzas:
—¡Socorro! ¡Socorro!
Sus gritos rompen la noche de León mientras los dos hombres que la estaban sujetando se le echan encima para taparle la boca. Luna le muerde con fuerza la mano a uno de ellos, que grita soltándola, y, revolviéndose, se deshace también del otro y arranca a correr como una gacela hacia el callejón.
Como respuesta a los gritos desesperados de Luna, se oye un silbato de sereno.
Bruder saca la Luger del zurrón y apunta fríamente a la muchacha que se escapa.
«Keine Zeugen».
—No pueden quedar testigos.
Carrau mira incrédulo al monje y la pistola mientras grita:
—¡No!
Bruder dispara. Su tiro resuena seco por toda la plaza e impacta en la espalda de Luna, que cae abatida al suelo.
—¡No!
Carrau corre hacia ella mientras el Oficial lo apunta con su pistola, siguiéndolo con el arma, listo para dispararle.
El silbato del sereno suena insistente, ahora ya muy cerca, junto a la esquina de la plaza. Cuando lo oye, Bruder les dice:
«Abmarsch! Schnell!»
—¡En marcha! ¡Rápido!
Y con la mano agarra el brazo del que iba a disparar, para indicarle que tienen que irse. Este lo mira airado, pero entonces parece recordar las órdenes del sobre y baja el arma. Después arranca a correr como el resto, huyendo.
Carrau llega adonde ha caído Luna. Se arrodilla a su lado y la coge entre sus brazos. Está toda llena de sangre.
—Perdóname… madre… me obligó… el dinero —le dice ella, la vida se le escapa.
—Luna, no hables. Te sacaré de aquí —le dice él.
Ella lo mira con sus ojos verdes, quizá por última vez, y le repite:
—Lo siento, todo ha sido culpa mía.
Y entonces pierde el conocimiento.
—¡No! ¡No! ¡Luna! —grita Carrau.
En aquel momento se oyen los gritos del sereno, que ha llegado a la plaza.
Desesperado, Carrau recuerda el cuenco dentro de su zurrón. Todavía está frío al tacto. Lo saca y lo pone en el zurrón de Luna.
Después se levanta y empieza a correr con ella en brazos hacia el callejón donde espera el carro con la mula.
Mientras corre, oye tras de sí el silbato en la noche y los gritos del sereno:
—¡Alto ahí! ¡Policía!