Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXIV
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Aquella misma noche, un poco antes de las diez

Luna se muerde las uñas junto a la mula. Han decidido que ella se quedaría fuera con el carro, vigilando desde un discreto callejón que han encontrado cerca de San Isidoro. Así, cuando salgan con el cáliz, podrán irse de León inmediatamente.

Después de observar las rondas del sereno durante los días anteriores, vieron que empezaban sobre las once. Eso les da una hora para entrar y salir.

Los mira mientras se alejan por la plaza hacia la portería de la Colegiata, situada en una puerta lateral.

Inquieta, le da vueltas a la conversación que ha tenido hace un rato con Carrau, justo antes de salir del convento.

—Luna, todo esto puede ser muy peligroso. Creo que sería mejor que te fueras.

—No os puedo dejar, yo también estoy metida en esto —le dice ella con un hilo de voz—. Además, me necesitáis con el carro para huir.

—Ya nos las arreglaríamos —la quiere convencer él, y la mira con sus ojos francos—. Si te pasara algo —él aparta la mirada—. No me lo perdonaría nunca.

Ella aprovecha el momento para ponerle la mano en el brazo.

—Yo… no puedo irme —le dice, acercándose a él.

—¿Por qué? —le pregunta él, volviéndola a mirar fijamente.

Ahora están muy cerca el uno del otro.

—Es que yo…

En aquel momento, Bruder sale de la celda y les dice:

—¿Todavía estáis aquí? Tenemos el tiempo justo. ¡Vamos!

Las campanas de la catedral resuenan, marcando las diez y haciendo volver a Luna a la realidad de la noche. Las siguen las campanas de la Torre del Gallo y después el eco de San Marcelo, más lejos.

Ve que ahora ellos ya están ante la portada románica lateral. No hay ni un alma por la calle. Solo el monje y Carrau. Su Carrau.

Mientras Carrau vigila discretamente desde la esquina, Bruder trata de abrir la puerta por la que ha entrado por la mañana a la portería de San Isidoro.

Está bajo un arco de medio punto, rodeado por varias arquivoltas decoradas con motivos geométricos y vegetales, que descansan sobre columnas con capiteles ornamentados.

Quizá por primera vez en su vida, Bruder no se fija en nada de todo eso, concentrado como está en abrir la puerta lo más rápido que puede.

Después de probar con varias llaves del manojo del portero, hay una que finalmente funciona. La llave gira con un clac y la puerta se abre chirriando. Bruder mira afirmativamente hacia Carrau y entra en la portería.

Carrau, atento, se acerca caminando con aire casual hacia la puerta. Después de echar un vistazo hacia el callejón donde, en la penumbra, espera Luna, entra también. Entornan la puerta tras de sí.

Dentro el silencio es absoluto. Casi fantasmagórico. Los canónigos ya han rezado Completas y seguramente están durmiendo plácidamente en sus celdas.

Cruzan por un lado del claustro hacia la Sala del Tesoro. Caminan intentando no hacer ruido y rezando para no encontrarse con ninguno de los ancianos canónigos. La luna es nueva y todo está oscuro salvo por un farolito que ilumina incierto este lado del claustro.

Ahora Bruder oye un ruido y levanta la mano. Los dos se detienen, escondidos detrás de una de las columnas del claustro. Por en medio del patio ven pasar la sombra de lo que debe de ser un gato. Al poco desaparece por el otro lado.

Siguen avanzando en silencio hacia la Sala del Tesoro. Cuando llegan, las llaves del portero no llevan ninguna etiqueta, de manera que Bruder tiene que probar unas cuantas a tientas hasta que consigue abrir la puerta. Murmura un «por fin» en voz baja.

Entran y cierran por dentro. La oscuridad es ahora absoluta.

Bruder enciende una vela y pasan unos segundos situándose.

Carrau se sorprende del estado medio ruinoso de la sala. Es un espacio muy antiguo de piedra, con muros robustos, y hay un fuerte olor a cerrado. Cuando Bruder mueve la vela hacia arriba, ven que los arcos y las bóvedas románicas están decorados con frescos que parecen querer escaparse de la luz.

El alemán empieza a caminar con paso decidido hacia el fondo de la sala. La luz de la candela parpadea incierta e ilumina un cofre muy antiguo a su derecha.

—El arca de San Isidoro —dice en voz baja, sin poderlo evitar—. Aquí dentro llegaron las reliquias del santo a León.

Dejan el cofre atrás y continúan hasta que llegan ante una vitrina, al fondo de la sala. La luz tiembla en el cristal y, tras él, ven un cáliz magnífico.

La copa, de piedra vieja y melosa, se alza ceñida por un oro que parece trabajado a rosario, grano a grano, como si cada punto hubiera sido una plegaria.

Incrustado en la montura de oro, entre las piedras y perlas de rojos apagados y verdes oscuros, un camafeo de pasta vítrea los mira sonriendo. Como si los hubiera estado esperando.

Bruder observa el cáliz con reverencia. Entonces lee en voz baja la inscripción que hay alrededor del nudo y la peana.

«IN NOMINE DOMINI VRRACCA FREDINANDI»

«En el nombre del Señor, Urraca hija de Fernando»

Bruder le pasa la vela a Carrau para que lo alumbre y empieza a buscar cuál puede ser la llave de la vitrina.

Va probando varias mientras Carrau observa bajo la luz de la vela los objetos litúrgicos medievales que hay dispuestos junto al cáliz, dentro de la vitrina: una cruz, una pequeña campana, varias joyas de oro.

Pensaba que quizá notaría algo parecido a lo que sintió en el Primer Misterio de Montserrat o dentro de la torre de Botines, con la rosa y la cruz.

Y con esa intención vuelve a mirar con detenimiento el Cáliz de Doña Urraca, pero no siente nada especial.

Solo los nervios en la barriga, por si los pillan.

Bruder está sudando mientras continúa probando con todas las llaves pequeñas que hay en el manojo.

—¡Tampoco es esta! —murmura con un punto de exasperación, intentando en vano que la cerradura que guarda la vitrina se abra.

Carrau entonces vuelve a mirar la colección dentro de la vitrina.

No se había fijado antes, pero detrás del Cáliz de Doña Urraca hay unos cuantos cálices y cuencos más.

Uno en particular le llama la atención. Es un cuenco de ónice muy sencillo.

A diferencia de los otros, no tiene ninguna ornamentación.

Debe de ser muy antiguo y por eso lo tienen también dentro de la vitrina, piensa.

Cuanto más lo mira, más fascinado está por el reflejo que la vela hace en el ónice.

No puede quitarle los ojos de encima y de pronto cree ver, en el destello del reflejo, la silueta de la Pubilla.

La puede ver allá en el fondo del pozo, tendida sobre el cuerpo sin vida del Capataz.

Iluminada por la luz de la cueva que da al mar.

Él baja lo más rápido que puede. Las manos milagrosamente curadas, deslizándose por la cuerda.

La angustia de si estará viva. Los ojos cerrados de ella. Su belleza inmóvil.

Una profunda conmoción se apodera de él y la vela le tiembla en la mano. Las lágrimas le inundan el rostro.

Bruder nota el temblequeo de la vela y se gira para mirarlo.

—No pasa nada, Fra. Yo también estoy emocionado.

¡Estamos tan cerca de conseguirlo! Es el cáliz, estoy seguro —y le pone la mano en la espalda como para consolarlo mientras vuelve a mirar el Cáliz de Doña Urraca separado de ellos solo por la vitrina, el reflejo de las piedras preciosas que lo adornan bailando ante sus ojos, inalcanzables.

—No tenemos la llave —constata Bruder abatido una vez ha probado todas las llaves pequeñas dos veces.

Carrau le pasa la vela y, mientras el monje lo alumbra, mira los lados de la vitrina con detenimiento.

—¡El cristal de este lado está sujeto con unos tornillos, mira! —le señala a Bruder.

Este acerca más la vela, mientras Carrau ya ha sacado el cuchillo del zurrón y prueba suerte con la punta en uno de los pequeños tornillos. Intentando hacerlo girar con mucho cuidado.

Bruder lo mira conteniendo la respiración.

—¡Está girando! —dice Carrau concentrado.

Efectivamente, después de resistirse un poco por la costra del lacado, el tornillo parece girar muy lentamente. Es una operación muy delicada, pues solo usa la presión de la punta del cuchillo.

Bruder se remueve inquieto a su lado mientras Carrau, con paciencia infinita, va haciendo girar aquel tornillo. Milímetro a milímetro.

Después de lo que parece una eternidad, finalmente el tornillo cae en la mano de Carrau.

Este se enjuga el sudor de la frente y se dispone a repetir la misma operación con el resto.

—Ve lo más rápido que puedas —le ruega Bruder susurrando—. La ronda del sereno…

Carrau repite la misma operación con cada uno de los tornillos, que va dejando sobre la vitrina. Bruder se revuelve cada vez más inquieto, pues toda la operación se les está alargando mucho más de lo que habían previsto.

Cuando los ha sacado todos, Carrau intenta levantar un poco el cristal que ha quedado libre haciendo presión con la mano hacia arriba. El cristal se mueve primero solo unos centímetros, tratando de deslizarse por la madera antigua. Después algo parece ceder y el cristal se levanta un poco más.

—Creo que habrá espacio suficiente para sacarlo —dice triunfante mirando a Bruder.

Este deja la vela en el suelo y casi a oscuras se acerca a la vitrina mientras Carrau levanta todavía un poco más el cristal.

Las manos del monje entran en la vitrina y cogen el cáliz.

—¡Lo tengo! —dice Bruder, girándose hacia la vela con el Cáliz de Doña Urraca en las manos, para observarlo con detenimiento. Los ojos le brillan de emoción.

Mientras tanto Carrau siente un impulso incontenible y, aprovechando que el monje está de espaldas, mientras sostiene con una mano el cristal, mete la otra en la vitrina y coge el cuenco de ónice.

Lo nota frío en la mano. Se lo guarda rápidamente dentro del zurrón, junto al cuchillo, mientras deja que el cristal de la vitrina vuelva a su sitio, cerrándola.

El corazón le late con mucha fuerza y, cuando el otro se gira para decirle «Lo hemos conseguido», él oye su voz lejana, como un eco. Como si le hablara desde fuera del pozo.

—¿Estás bien? —le pregunta Bruder.

—Debe de ser el Cáliz —consigue articular Carrau con voz temblorosa. Con la mano sujeta con fuerza el zurrón. El espacio oscuro de la sala parece querer tragárselo.

Bruder se toma estas palabras como una confirmación definitiva y, sonriendo, guarda el Cáliz de Doña Urraca en su zurrón, junto a la pistola. Entonces coge la vela del suelo y empieza a caminar hacia la puerta de la Sala del Tesoro.

—Tenemos que irnos.

Mientras tanto en el callejón

Luna se estremece cuando oye el sonido de las tres campanadas.

Dong.

Dong.

Dong.

¡Solo queda un cuarto de hora para que el sereno empiece la ronda!

¿Por qué están tardando tanto?

Piensa por un momento en entrar a buscarlos. Avisarlos de que se les acaba el tiempo.

La mula parece intuir su nerviosismo y se remueve también inquieta. Ella le pasa la mano por el lomo mientras sigue mirando hacia la portada por la que han entrado en San Isidoro.