Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXIII
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Mequinenza, sábado por la tarde

Está pensando otra vez en Luna cuando oye la moto que se acerca por el camino de al lado del río. ¿Quién debe de ser?

Sale fuera mientras el motorista aparca la moto y la para. En el camino todavía se ve el polvo que ha levantado. El sol aún está alto y hace mucho calor.

El motorista saca un sobre del zurrón y le pide su nombre y confirma la dirección.

—Telegrama urgente.

Primero piensa que es otro mensaje de la red, pero entonces ve que en el remitente pone el nombre de su hija, junto con el matasellos de León y la franja roja con la palabra URGENTE.

¿Qué hace Luna en León? Solo espera que no haya pasado nada malo.

El corazón le va a mil. Firma el recibo y, mientras el motorista arranca la moto y se aleja a toda velocidad por el camino, ella abre el sobre.

«Madre, estoy bien. Él es una buena persona. Se han equivocado».

La madre de Luna respira aliviada. Ahora en su cabeza solo hay un pensamiento: las doscientas mil pesetas de la recompensa.

Domingo por la mañana

Marcialis Pincerna. Bruder observa con fascinación la imagen del copero en el techo, ofreciendo el cáliz a la escena de la Última Cena.

—La Capilla Sixtina del románico —susurra a su lado el anciano canónigo.

Solo hace unas horas que el Abad ha aceptado sin ninguna reticencia las credenciales de historiador de Bruder, las mismas que le abrieron las puertas de Montserrat.

—Solo quedamos ya tres canónigos y yo mismo —le había explicado con voz débil el Abad—. Y estamos ya todos muy mayores y necesitados de novedades. Como la visita de un erudito alemán como usted, hermano.

Después lo había acompañado adonde rezaban los canónigos. El olor a cera gastada, los hábitos remendados, los rostros viejos y delgados. La pobreza en que vivían había sorprendido a Bruder.

El canónigo había cogido las llaves de la portería, hoy cerrada. Iglesia, Panteón, Tesoro, decían las etiquetas de las llaves. Colgado a su lado, Bruder había visto otro manojo de llaves, que debía de ser del portero.

Después había seguido los pequeños pasos lentos del viejo canónigo por el claustro, tratando de contener su nerviosismo por ver por fin el Cáliz. Habían entrado en la iglesia, donde el anciano le había hecho una detallada explicación, y de allí habían pasado al Panteón Real.

A pesar de haber leído sobre este espacio en innumerables ocasiones, Bruder no había podido evitar quedar en un estado de trance, su mente abrumada por los frescos que recubrían de manera excelsa las tumbas reales.

—Querría hacer unos bocetos —le dice Bruder en voz baja al canónigo.

—Claro, claro. Qué interesante. ¿Le importa si miro?

Bruder sonríe afable mientras saca su bloc de notas del zurrón y empieza a hacer un esbozo a lápiz de la Última Cena.

Allí de pie entre las tumbas del Panteón Real, bajo los frescos, Bruder llena su esbozo de pequeñas notas en latín sobre cada uno de los protagonistas. El canónigo va murmurando para sí los nombres que anota Bruder. Christus, Petrus, Iudas Thaddaeus.

Cuando llevan mucho rato de pie, la fascinación del anciano por las notas de Bruder parece irse desvaneciendo.

—¿Le importa si le espero rezando en el claustro? —le pregunta, casi disculpándose.

—Claro que no, padre. Tengo todavía para un buen rato.

Y cuando el otro se gira para irse, Bruder le pide, como quien no quiere la cosa:

—¿Le importaría dejarme las llaves para que pueda entrar también en la sala del Tesoro? Así no tengo que molestarle más.

—Tenga, tenga. Le espero fuera, en el claustro —suspira cansado el anciano, dándole las llaves.

Bruder se queda un buen rato más haciendo esbozos y después sale del Panteón hacia el claustro. Sentado en un banco de piedra ve al canónigo totalmente dormido.

Abre sigilosamente la puerta de la sala del Tesoro y entra. Allí lo espera el Cáliz de Doña Urraca.

Su cáliz.

Convento de las Carbajalas, hacia el mediodía

Carrau da vueltas por la celda incapaz de aguantar más. Han quedado en que Bruder iría a ver si conseguía entrar en San Isidoro, y en que era mejor no arriesgarse y evitar que alguien reconociera a Carrau.

Aunque la policía parece haberles perdido la pista desde Daroca, ahora que están tan cerca no quieren echarlo todo a perder.

Si conseguimos el cáliz, piensa Carrau, lo llevaré a escondidas al Hospital de Sitges. Y después tendremos que devolverlo, claro.

Se imagina entrando en la habitación al atardecer. El olor a mar que penetra por la ventana se mezcla con el dulce aroma de la Pubilla. Ella está tendida en la cama con los ojos cerrados, como dormida. Más bella que nunca.

Él le acerca el cáliz y entonces…

Los tres toques en la puerta despiertan a Carrau de su ensoñación.

—¿Quién es? —dice acercándose.

—Fra, abre. ¡Lo he conseguido! —responde triunfante Bruder desde fuera mientras hace tintinear las llaves del manojo del portero.

Mientras tanto en el Hostal de San Marcos, sede de la policía secreta

—Inspector. El cómplice ha salido de San Isidoro sobre el mediodía. Se ha dirigido de nuevo hacia el convento de las Carbajalas.

—¿Una visita cultural? ¿Y el sospechoso?

—No se le ha visto desde lo de la Casa Botines. ¿Actuamos?

—No. Vamos a esperar. Habla con el sereno que hace la ronda de esa zona, que esté al tanto y nos avise, pero sin actuar.

—¿Qué cree que están tramando, Inspector?

—No lo sé, pero sea lo que sea, me da que no tardarán mucho en mostrar sus cartas.