Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXII
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El jinete llega solitario antes de despuntar el alba. Cuando avista las murallas de la ciudad, desmonta y hace lo que queda de trayecto a pie, llevando su caballo.

Después de la muerte del rey Fernando I, el reino se ha repartido entre todos sus hijos. Zamora está bajo el gobierno de Doña Urraca. Él, sin embargo, sirve al rey Sancho II, rey de Castilla.

Aunque la guerra fratricida parece inevitable, no ha podido ignorar el mensaje de ella. Aun a riesgo de ser capturado por los enemigos de su rey, en su corazón todavía solo reina ella.

Deja el caballo atado en un bosquecillo cercano al río y se acerca sigiloso a la pequeña iglesia.

La iglesia sigue tal como la recordaba del día en que ella lo nombró caballero. Está en el exterior de la ciudad, muy cerca de la muralla imponente, que ahora permanece silenciosa y oscura, solo iluminada aquí y allá por las antorchas de los que la vigilan.

Entra sin que ninguno de los centinelas que hacen guardia en lo alto de la muralla lo vea. El altar está iluminado por una sola vela, y arrodillada en el primer banco la ve.

No se atreve a perturbar sus oraciones y se queda atento en la entrada del recinto.

—¿Rodrigo? —le dice ella, girándose.

—Mi señora, recibí vuestra misiva y he venido en cuanto me ha sido posible.

Ella acostumbra a salir a rezar a la iglesia de fuera de la muralla cada día antes del alba. Hace ya un mes que le envió el mensaje y pensaba que quizá no vendría.

Ahora se acerca a él, caminando por el pasillo central. El olor suave a hierbas y aceite perfumado que todavía recuerda vuelve a envolverlo. El Cid agarra más fuerte el pomo de su espada, como si eso lo pudiera ayudar a vencer a su propio corazón.

—Sabéis que debo mis servicios a vuestro hermano, el rey Sancho —le dice, a la defensiva.

—Lo que os quiero pedir está por encima de todas nuestras trifulcas terrenales —le responde ella, cuando llega ante él—. Rodrigo, ¿me ayudaréis? No puedo confiar en nadie más.

Él parece dudar unos instantes, pero cuando ve sus ojos implorantes no puede más que bajar la mirada y, arrodillándose ante ella, deja la espada en el suelo y le dice:

—Soy vuestro caballero, mi señora. Daría mi vida por vos.

Entonces el Cid ve que ella lleva una cajita en la mano. Ella la abre y saca una pequeña esfera de vidrio rojo.

—¿Qué es, mi señora? —le pregunta él.

Por toda respuesta ella coge el oculus y lo mira a contraluz.

—Oculus draconis —le dice, dándole la esfera.

Él, todavía arrodillado, no acaba de comprender, pero imita el gesto de ella y mira el ojo de vidrio a contraluz. Se puede ver la siguiente inscripción:

«ΔΡΑΚΩΝ»

Ella entonces coge la espada del suelo y la alza ante sí, como si fuera una cruz.

—¿Rodrigo Díaz de Vivar, aceptáis convertiros en el primer custodio de la Orden del Dragón?

Él baja la cabeza en señal de humildad y contesta:

—Sí, acepto.

Entonces ella continúa con el rito de custodia: con el plano de la hoja le toca el hombro izquierdo, el hombro derecho y finalmente la cabeza.