Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXI
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Las campanas de Laudes resuenan dentro del convento. Bruder llama a la puerta de la celda de Carrau, que ya hacía rato que estaba despierto, y los dos van hacia la habitación de Luna.

La muchacha estaba durmiendo plácidamente y se despierta con un sobresalto cuando oye los discretos toques en la puerta.

—Luna, se acerca el alba —susurra Carrau en voz baja desde fuera.

Ella se levanta de la cama ya nerviosa y les abre.

—Si queremos llegar a tiempo tenemos que irnos —murmura Bruder.

Salen los tres en silencio del convento y enfilan por las calles oscuras hacia la Casa Botines.

Por el camino no encuentran a nadie y, como pasó el día que llegaron a León, el frío les hiela las manos mientras llegan a la plaza de San Marcelo.

Se acercan a la puerta principal, la que tiene el San Jorge y el andamio.

—Tiene que ser aquí —dice el monje mirando hacia el cielo.

El sol empieza a levantarse y la primera luz ilumina incierta las torres de Botines. Sus sombras afiladas y largas se proyectan sobre la plaza. El cielo de León se va tiñendo de un azul metálico.

—¡Prima! —exclama Bruder, y con la mano hace como si siguiera el arco sobre la puerta, con el San Jorge y el dragón en lo alto.

La luz baja lentamente por los pliegues de las piedras, iluminando el rostro del santo y la cara del dragón, y finalmente llega al trasdós del arco, en la puerta.

Los tres contienen la respiración, como temerosos de romper el hechizo que ha de llevarlos al cáliz. Miran la luz y donde se refleja en el suelo, buscando alguna señal.

—Tiene que ser aquí —murmura Bruder insistente.

Pero no ven nada.

—¿Quizá el andamio lo está estropeando? —apunta Carrau.

—Port… Tras… —murmura Luna, pensando en la inscripción.

Entonces Bruder observa la torre de Longinos. Se mueve hasta debajo de ella y mira arriba, al alba que viene del cielo y se recorta en la torre.

—La lanza —piensa en voz alta—. Quizá no hemos entendido la pista.

De vuelta al convento, muy decepcionados, se pasan todo el camino dándole vueltas.

Los tres están de acuerdo en que la inscripción les indica que tienen que ver algo al alba, pero la parte de «Port./Tras.» se les escapa.

Después de desayunar en la hospedería del convento, Carrau vuelve a la celda por precaución y Bruder se prepara para asistir a la misa conventual.

Luna sale a dar una vuelta por la ciudad y, casi sin darse cuenta, vuelve a ir a parar delante de la Casa Botines.

A pesar de ser viernes, hoy es San Juan, por lo que la Caja de León está cerrada. Todavía es bastante temprano por la mañana y en la plaza no hay mucha gente. Todo León parece adormilado después de las fiestas de la noche anterior.

Luna se acerca a una de las ventanas discretamente. Dentro hay un vigilante.

Es entonces cuando ve la flecha en la pared de la escalera principal, señalando hacia la primera planta: «Portería».

Luna contiene el aliento y murmura para sí:

—Port. no es portal… es portería. Y Tras.… trastero.

Se muerde el labio, mira al vigilante y da media vuelta: tiene que volver al convento.

A la mañana siguiente, 25 de junio, al despuntar el alba

—¡Ayuda! ¡Ayuda! —grita Luna golpeando la puerta de la Casa Botines.

El vigilante sale de dentro de uno de los despachos y corre hacia la puerta, abriéndola.

—¿Qué pasa, señorita? —le pregunta con cara de susto—. ¿Qué son estos gritos a estas horas? Aún ni ha amanecido.

—¡El padre, el padre! —grita Luna fuera de sí, y señala hacia el otro lado de la plaza.

Allí, bajo una farola, se puede ver la figura redonda de Bruder, tendido boca arriba en el suelo. Parece inconsciente.

—Tranquilícese, señorita —le dice el vigilante tratando de calmarla.

Luna arranca a correr hacia el monje.

—¿Qué ha pasado? —le grita el vigilante mientras la sigue, también corriendo. Sus voces resuenan en la plaza vacía.

—Se ha desmayado y ha caído redondo —le responde Luna con lágrimas en los ojos.

Llegan adonde está Bruder y el vigilante se arrodilla a su lado:

—Todavía respira. ¡Gracias a Dios!

Luna gimotea teatralmente junto a ellos.

Mientras tanto, Carrau ha aparecido por la esquina lateral de la Casa Botines y, sin que lo vea el vigilante, se ha colado dentro.

Atraviesa corriendo el portal neogótico y ve al fondo del vestíbulo la escalera principal, de piedra y hierro, que lleva hacia la primera planta.

Pasa junto a la flecha que indica hacia dónde está la portería.

Sube las escaleras en cuatro zancadas y llega a la planta noble. Nota la adrenalina por todo el cuerpo.

En una de las puertas junto al rellano pone Portería. Reza para que no esté cerrada. Entra, aprieta el interruptor de la luz y cierra la puerta. La habitación es pequeña bajo la luz de la bombilla desnuda del techo. Solo una mesa y una silla vieja.

Rápido, rápido. Tiene que ir rápido, antes de que vuelva el vigilante.

En la pared del fondo ve una puerta estrecha, junto a un banco viejo. Una placa desgastada la identifica como «Trastero».

Tiene que ser aquí. ¡«Port./Tras.»!

Gira el picaporte, pero no cede, está cerrada.

Los nervios lo han estado consumiendo desde que encontraron el tubo que dejó Gaudí. Necesita encontrar lo que están buscando. Por la Pubilla.

¿Y si han llegado tarde? La inscripción marcaba el 21 de junio y ya han pasado cuatro días. No puede esperar otro año. En el estado en que está ella, sería una sentencia de muerte.

Busca con desesperación entre los papeles de la mesa, que describen los turnos y los horarios. Abre también sin éxito los cajones que no están cerrados.

Cuando ya piensa que no lo conseguirá, en el último cajón encuentra un pequeño manojo de llaves. Vuelve hacia la puerta y las prueba una a una.

¡No encaja ninguna!

Vuelve a dejar el manojo en el cajón y entonces ve otra llave al fondo, parece más antigua. La coge esperanzado y vuelve a probar. Tiene que ser esta. La cerradura se abre con un chirrido. Entra en el trastero cerrando la puerta tras de sí.

Todo es de madera bajo el tejado, y al fondo hay un pasillo estrecho lleno de trastos del banco.

El techo es triangular, y mientras va apartando los trastos y avanzando, al fondo puede ver dos pequeñas ventanas cuadradas que podrían ser de la torre.

El alba empieza a colarse por ellas y tiene la sensación de estar caminando por un túnel hacia la luz.

Por un momento se transporta a la cueva bajo la Falconera, saliendo de la oscuridad hacia el mar.

Cuando llega finalmente a la torre y mira hacia arriba, el corazón le da un vuelco. La tenue luz plateada empieza a hacer visibles una serie de pentágonos de madera en el techo. Embelesado por el espectáculo, siente incluso un poco de vértigo, y como una fuerza que lo obliga a tenderse en el suelo.

Ahora la luz sigue la espiral de madera que se va formando, como si la fuera encendiendo hacia el centro de la torre, que resplandece y parece una rosa.

Se queda muy quieto mirando hacia arriba y esperando que la señal de Gaudí aparezca. Conteniendo la respiración. Rezando para que no hayan llegado tarde. Pero no pasa nada.

Piensa en la Pubilla y los ojos se le llenan de lágrimas. Le ha fallado. No la conseguirá salvar.

Entonces, en su desesperación, recuerda el plano secreto: un ojo dibujado y «humiliter», que quiere decir humildemente.

Allí tendido en medio de la cruz de luz que se está formando en el suelo, contemplando la rosa en la punta de la lanza de la torre, le resuenan las palabras de Bruder sobre Parsifal: solo el humilde puede ver el Grial.

Humiliter.

Quizá no soy digno, pero necesito encontrarlo para salvarla. Aunque tenga que dar mi vida para conseguirlo.

Humiliter.

Sin saber muy bien por qué, casi inconscientemente, se gira y se pone de cara al suelo, de espaldas al espectáculo de la rosa de luz en el techo. Sus ojos llorosos recorren el zócalo de madera.

En aquel momento el rayo del alba se desliza por el frontal inferior del cono de la torre nordeste e ilumina donde está tendido Carrau. La rosa formada en el techo y la cruz reflejada en el suelo, justo donde está él.

Y en el zócalo, que está a pocos centímetros de sus ojos húmedos, puede leer una inscripción: PINCERNA.

—¡Parece que ya vuelve en sí! —exclama Luna. Solo reza para que Carrau haya tenido tiempo suficiente. Ella y el vigilante están de espaldas a la Casa Botines. El vigilante empieza a estar inquieto y lanza miradas hacia la puerta. Ella no se atreve a girarse.

Bruder, que había estado todo el rato quieto en el suelo con los ojos cerrados, los abre lentamente.

—Ya estoy mejor —les dice medio incorporándose—. No sé qué me ha pasado.

—¡Menos mal! —dice el vigilante con un suspiro—. ¿Qué hacen ustedes aquí a estas horas? —empieza a preguntar.

—Mejor lo llevo rápido donde las hermanas y allí se recuperará, no sea que vuelva a desmayarse —lo corta Luna, y coge el brazo de Bruder para ayudarlo a levantarse.

Entonces el vigilante mira otra vez hacia la puerta del edificio y les dice:

—Si no les importa, me vuelvo adentro, que todavía tengo que acabar unas cosas.

—¡Muchas gracias por la ayuda! —lo mira Luna con cara de agradecimiento.

—De nada, de nada. No se entretengan, por favor.

Y encogiéndose de hombros, los deja allí y vuelve apresuradamente hacia dentro de la Casa Botines, mirando a un lado y a otro. Luna lo sigue con la mirada, angustiada. No hay rastro de Carrau.

Enfilan los dos hacia la plaza del Grano.

—¿Crees que habrá visto algo? —le pregunta Luna a Bruder.

—Solo espero que haya tenido tiempo suficiente. Ya no podía aguantar más tendido como un saco. Pensaba que el vigilante nos descubriría.

—Hemos tenido suerte de que fuera un poco alma de cántaro —le dice ella sonriendo.

Es entonces cuando pasan junto a un callejón oscuro y de él sale Carrau.

Luna, cuando lo ve, no puede evitar correr a abrazarlo. Lo nota tembloroso, después de la experiencia vivida en lo alto de la torre. Su rostro está tenso y tiene los ojos rojos, de haber llorado.

—He visto la cruz y la rosa… PINCERNA —les dice con un nudo en la garganta.

—¿Pincerna? —exclama Bruder.

Los dos lo miran expectantes.

Después de lo que parece una eternidad, Bruder, con la voz temblorosa, les explica:

—Pincerna… en latín medieval quiere decir copero: el oficial que guarda y sirve el cáliz. En San Isidoro, en las pinturas del Panteón leemos «Marcialis Pincerna» junto a la Última Cena.

—¿En San Isidoro? —pregunta Luna.

—Sí. Allí custodian el cáliz de Doña Urraca —contesta Bruder con los ojos encendidos.

Carrau sonríe por fin.

—Pincerna… El copero… El cáliz de Doña Urraca. ¡Hacia San Isidoro! —concluye Luna.