XX
El carro traquetea por los últimos tramos del camino real, que enlaza con la carretera de Madrid. Iban los dos medio dormidos cuando Luna les ha gritado: ¡León!
Ahora Carrau camina a su lado, llevando la mula. El aire fresco de la madrugada trae olor a hierba húmeda. Ella lo mira de reojo de vez en cuando. Piensa en la hoguera y en lo que él le contó.
Bruder va sentado en lo alto del carro, con los ojos como platos, absorbiendo todo aquello que ha leído en sus libros pero que ahora se hace real ante él: los primeros balcones de la Avenida Ordoño; los tejados oscuros del barrio de Puerta Moneda.
El río aparece cubierto por una neblina baja y, cuando pasan con el carro por el puente de piedra de San Marcos, las ruedas golpean con un ruido repetitivo. Cloc, cloc, cloc, cloc.
La mula resopla, cansada por el largo trayecto, mientras enfilan hacia el frío silencio del centro de la ciudad.
—Un cuartel, una prisión —susurra Bruder, como medio rezando, cuando avistan San Marcos en la lejanía.
Carrau siente un escalofrío mientras Luna mira también con recelo la silueta del edificio imponente de lo que fue un monasterio.
Le viene a la mente la llamada desde la posada y la persecución del día siguiente.
Ahora sabe que fue un error. Solo espera que aquellos que persiguen a Carrau les hayan perdido la pista.
Continúan avanzando lentamente hacia el centro, por las calles empedradas. Toda la ciudad parece dormir. Una persiana metálica se levanta con un chirrido y el olor a pan y a humo de carbón les llega, mezclado con la rancia humedad de los portales antiguos.
Un cartel en la pared, con un campesino que siega, anuncia las ferias y fiestas de San Juan y San Pedro, bajo el lema «Trabajo y Ahorro producen alegría».
En la plaza de Santo Domingo ven los coches de línea parados, como animales dormidos. Un viandante madrugador se cruza con ellos con un «Buenos días les dé Dios, padre», al ver al monje en lo alto del carro. Bruder responde con un «Buenos días, hermano».
Es allí donde, al levantar la vista, entre el mosaico de fachadas, ven alzarse al fondo un perfil inesperado: un castillo de hadas encajado en medio de la ciudad. Luna lo señala con los ojos brillantes.
—¡Mirad!
Apremian a la mula y el carro sigue avanzando y finalmente giran por delante del Palacio de los Guzmanes, para entrar en la plaza de San Marcelo.
De pronto la fachada de la Casa Botines se les presenta delante con todo su esplendor: piedras grises, simetrías y las agujas de las torres que recortan el cielo pálido.
La luz baja toca los adoquines de la plaza y los hace brillar como si estuvieran helados. El frío les muerde las manos.
—¡Parece un palacio de hielo! —exclama Luna.
Mientras se acercan, las campanas de San Marcelo resuenan en la plaza.
En el centro mismo de la fachada, justo sobre la puerta, San Jorge parece vigilar su llegada mientras vence al dragón. Un pequeño andamio se adosa a un lado, seguramente por obras de mantenimiento.
Bruder sonríe. ¡Por fin!
En los últimos veinte minutos, Bruder ha dado dos vueltas alrededor de la manzana que ocupa la Casa Botines. Caminando lentamente junto al edificio. Comprobando en persona cada uno de los detalles que durante el largo viaje en carro hasta León ha leído en sus libros.
Ahora hace ya un rato que observa el palacio desde el centro de la plaza. Se acerca hacia el torreón nordeste, sopesándolo con detenimiento.
—Qué extraño. Es ostensiblemente más alto que los otros. ¿Por qué razón debió de romper Gaudí la simetría del edificio? —murmura para sí mismo.
Luna, por su parte, intenta ver algo del interior a través de las ventanas.
—¡Es un banco! —les dice.
Bruder asiente.
—Sí. Es la sede de la Caja de Ahorros de León. Compraron el edificio a los propietarios originales hace ya bastantes años, antes de la guerra.
Carrau mira la figura del San Jorge desde abajo, junto al andamio.
De pronto Bruder exclama:
—¡Es el cáliz! ¿No lo veis?
Y lo dice señalando la parte baja del torreón, que efectivamente parece un cáliz.
—¡Y encima del cáliz, la lanza de Longinos! —dice señalando la parte de arriba de la torre.
Ellos saben de qué habla, pues les ha contado la historia muchas veces estas últimas semanas, junto al fuego después de un largo día de viaje. El centurión romano al pie de la cruz, con José de Arimatea.
—¡Es aquí! ¡Seguro! —exclama Bruder emocionado.
Mientras tanto, Carrau le comenta a Luna:
—La piedra del San Jorge parece muy deteriorada.
—¿Quizá por eso tienen el andamio? Para repararla —le responde ella.
—Bruder, ¿cuándo se hizo esta escultura? —dice Carrau volviéndose hacia el monje.
Bruder se les acerca, súbitamente interesado.
—¿Qué quieres decir, Fra? —acostumbrado a llamarlo por ese nombre, ya no sabe usar ningún otro.
—Quiero decir, ¿en qué año la hicieron? La piedra está muy desgastada. Como si no fuera un buen material —argumenta Carrau.
Todo lo que le enseñó su padre sobre piedras le es ahora de utilidad.
—La diseñó para Gaudí Llorenç Matamala hacia 1890… espera, fue exactamente en 1892, y la colocaron en la Casa Botines para su inauguración, al año siguiente. Por tanto, tiene cincuenta y seis años.
—Comparadla con las piedras de la fachada —dice Carrau pasando la mano por esta.
—¿Quieres decir que es intencionado? —pregunta Luna, rápida como siempre.
Ahora una persona cruza por el otro extremo de la plaza, el aliento de su respiración visible por el frío de la madrugada. Los mira con curiosidad, pero no dice nada y sigue caminando.
Cuando se ha ido, Carrau les dice:
—Tendría que encaramarme al andamio y mirar la estatua más de cerca.
Bruder mira inquieto hacia la plaza.
—Se está haciendo de día y nos podrían pillar.
Luna interviene.
—Esta noche es San Juan. Con el ajetreo de las hogueras y la fiesta quizá tendremos una oportunidad.
Así que deciden irse a buscar el convento de las Carbajalas y poder descansar del viaje mientras esperan la llegada de la noche.
Unas horas después, dependencias de la policía secreta en el Hostal de San Marcos
—Inspector, se hospedan en el convento de las Carbajalas, en el barrio del Burgo Nuevo. Es un convento de benedictinas.
—Tiene sentido. El monje alemán es de esa congregación y les habrán dado cobijo.
—Debemos actuar, Inspector. No podemos permitir que el asesino se vuelva a escapar.
—Aquí hay algo más que no me encaja. Cuando los vieron andaban merodeando por la Casa Botines. ¿Con qué objetivo?
—La Casa Botines aloja la sede de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León. ¿Cree que pueden estar planeando robar en la caja?
—Hay que esperar —añade el Inspector Domínguez con voz firme—. Quiero asegurarme de que no tengan ningún cómplice más y poder así apresar a la banda completa. Continuad vigilándolos con discreción.
En la mente del Inspector resuenan las instrucciones claras del Mercader y la promesa de las doscientas mil pesetas. El otro policía parece dudar, pero a regañadientes acata la orden.
—A la orden, Inspector.
Noche de San Juan
Han decidido que lo mejor es que Bruder se quede en el convento y sean solo Carrau y Luna quienes vayan a investigar la estatua de San Jorge. Por si tienen que escapar corriendo.
Bajan por las calles del Barrio Húmedo, que están llenas de vecinos y chiquillería alrededor de pequeñas hogueras improvisadas. Los más atrevidos saltan el fuego y la ciudad está llena de jolgorio.
Luna lo mira todo risueña y le entran ganas de unirse a la fiesta con Carrau. Él, en cambio, camina decidido deshaciendo el camino hacia Botines. No parece estar para muchas fiestas.
A una distancia discreta, un hombre los sigue.
Pasada la Plaza Mayor, que está llena de gente escuchando música en vivo, llegan de nuevo a San Marcelo.
Por delante de la Casa Botines, el ambiente es de paso. Luna se queda apostada en una esquina y Carrau espera a que ella lo avise.
Una pareja cruza por delante de Luna y enfila hacia la Plaza Mayor. No hay nadie más a la vista y Luna avisa a Carrau.
—¡Ahora! —le grita.
Carrau trepa al andamio.
Luna tose, la señal de que viene gente. Él se agacha dentro del andamio, escondiéndose en las sombras lo mejor que puede.
—¡Empiezan los fuegos! —oye que dicen los que ahora pasan por la plaza a la carrera. No lo ven.
El cielo de León se ilumina con fuegos artificiales.
Carrau toca con la mano la base de la escultura. Puede notar como un parche, puesto con yeso encima.
Luna lo mira nerviosa desde la esquina mientras los fuegos estallan en la noche.
Él saca el cuchillo del zurrón y empieza a golpear con el pomo.
—¡Suena a hueco! —se le escapa.
—¡Deprisa! —grita ella.
En aquel momento pasa un sereno. Se acerca a Luna y le pregunta:
—¿Todo bien, señorita? ¿Espera usted a alguien?
Carrau ha escondido el cuchillo y desde la oscuridad del andamio contiene el aliento.
—Creo que mi novio me ha dado plantón otra vez. ¡Y los fuegos ya han empezado! —dice haciendo medio puchero.
El sereno la mira de arriba abajo y después sigue caminando haciendo la ronda.
—Si no estuviera de servicio, con gusto la acompañaría yo mismo, señorita. Búsquese otro novio, que el que tiene es un sinvergüenza. Y además un poco tonto, si me pregunta mi opinión —dice mientras se aleja silbando.
Cuando se ha ido, Carrau se apresura a usar el cuchillo para rascar la parte de yeso.
—¿Se ve algo? —grita Luna desde la esquina.
—¡Está saltando todo! —dice mientras sigue rascando.
Ahora ella no puede resistir más y se acerca al pie del andamio. Lo mira atenta desde abajo.
—¡Hay un agujero! ¡Un tubo! —grita Carrau.
Desde la esquina, el hombre los observa escondido en las sombras.
Carrau baja del andamio con el tubo en la mano. Luna se lo arrebata.
—Abrámoslo —le pide nerviosa.
Por la plaza vuelve a pasar gente, camino de la Plaza Mayor.
—Mejor volvemos al convento y lo abrimos con Bruder.
Ella asiente y vuelven caminando hacia el convento, ajenos a la fiesta que hay a su alrededor.
Cuando llegan a la celda de Bruder, este no se puede creer el hallazgo.
—¿Un tubo? —dice mientras Luna se lo da.
El monje se sienta ante el pequeño escritorio que hay en la celda y los otros dos se ponen a su lado mientras él quita la tapa del cilindro.
—Son los planos originales de Gaudí para el edificio. Planta y alzados. Firmados por el propio arquitecto —les explica Bruder a medida que va desenrollando papeles del tubo—. También están las actas de la edificación. Es increíble.
Luna y Carrau observan mientras el monje deposita con cuidado los documentos sobre la mesa.
—Y aquí hay dos ediciones del diario El Campeón de los meses de enero y febrero de 1892. ¡Este tubo es una cápsula del tiempo! —sus ojos brillan con la emoción del descubrimiento.
Luna coge uno de los diarios y empieza a hojearlo.
—Aquí se habla de los terrenos donde se construyó el edificio —les dice.
Entonces una pequeña hoja doblada cae del diario al suelo de la celda.
—¿Qué es esto? —dice Luna recogiéndola—. Estaba escondida entre las páginas del diario.
Despliega el papel y ve que es otro plano, pero solo de uno de los torreones.
—Es del torreón nordeste. ¡La torre del cáliz y Longinos que mirabas! —exclama la muchacha mirando a Bruder, que sonríe satisfecho y expectante—. Tiene una marca, como grabada con un anillo: ¿ΔΡΑΚΩΝ?
—¡La marca del ojo del dragón! —dice Carrau.
—Y aquí hay una inscripción.
«Port./Tras. ☀ XXI·VI PRIMA 👁 HUMILITER»
Port./Tras., y al lado dibujado un sol, y después dice… XXI.VI PRIMA, y después un ojo y acaba con HUMILITER —les explica ella.
Le pasa el papel a Bruder, que se queda un buen rato analizándolo y pensando en voz alta.
—¡XXI.VI fue justo hace pocos días! Veintiuno de junio.
—¿Llegamos tarde? —pregunta preocupado Carrau.
—¡El sol, el veintiuno de junio a PRIMA, que es el alba! —continúa Bruder.
—¿Qué querrá decir Port./Tras.? —piensa en voz alta Luna.
—¡Portal y trasdós! —grita Bruder.
—¿Trasdós? —lo mira extrañado Carrau.
—Un trasdós es la superficie exterior de un arco —mira con detenimiento la nota.
—¡Mirar el arco de encima del portal al alba! —exclama Luna.
—La luz al alba del solsticio de verano nos indicará hacia dónde seguir —resuelve sonriendo Bruder.