Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XIX
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XIX

Es antes del alba cuando Rodrigo sale de la muralla. Una neblina se extiende sobre el Duero mientras camina hacia la pequeña iglesia, bajo el castillo dominante.

La iglesia tiene una sola nave. El altar está desnudo y la luz de las velas revela que ya lo esperan el oficiante, algunos nobles y ella. Cuando la ve, el corazón se le acelera.

—Rodrigo, ¿vienes limpio ante Dios y la Iglesia? —le pregunta el cura.

—Vengo arrepentido y confesado.

Entonces el sacerdote oficia una breve misa y les da la comunión. Cuando han terminado, ella se coloca junto al oficiante, en el altar.

Él intenta no mirarla mientras avanza entre los bancos y se arrodilla ante ellos.

El sacerdote invoca las palabras que lo harán caballero.

—Rodrigo Díaz, ¿quieres recibir la orden de caballería y guardar sus leyes de verdad y justicia?

Rodrigo, de rodillas, mira, ahora sí, a Urraca.

Todavía recuerda la primera vez que la vio.

Él estaba practicando en el patio de armas.

Se había corrido el rumor de que la infanta visitaría el castillo.

Él no se lo había creído. Pero en un momento de la práctica, levantó los ojos y allí estaba ella.

Mirándolo fijamente desde la ventana de la torre.

Rodrigo responde:

—Mi señora, noble infanta, aceptad mi espada y mi vida, que desde hoy serán vuestras, en honra y lealtad.

Y mientras dice el juramento y le ofrece su espada, ve los ojos de ella, mirándolo atentos. Nunca ha creído tanto en unas palabras. Ella, infanta; él, todavía un joven de diecisiete años. Pero a partir de aquel momento, su vida está al servicio de la de ella.

Un noble veterano se acerca y le calza las espuelas en los talones.

—Recibe estos espolones como señal de diligencia y servicio.

Entonces, como su madrina de armas, Urraca toma su espada y la ofrece en el altar.

Después dice las palabras que le corresponden.

Mientras las dice, él cree notar un ligero temblor en la voz de ella.

Sus miradas están entrelazadas. Como si no hubiera nadie más en aquella iglesia.

Su voz es dulce mientras recita la fórmula que lo hace suyo:

—Recibo vuestra promesa, Rodrigo Díaz, y os confiero el honor y el deber de caballería.

Entonces ella le da la espada al oficiante, que hace el espaldarazo tocando el hombro de Rodrigo con el plano de la espada, y dice:

—En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¡Surge, miles!

Y todos los nobles presentes estallan en un clamor:

—¡Levántate, caballero!

Los rayos del alba entran por la abertura del centro del ábside e iluminan al nuevo caballero que se pone en pie.

Cuando ella se acerca para ceñirle la espada, el olor suave a hierbas y aceite perfumado de espliego parece envolver a Rodrigo en un instante que querría que no acabara nunca.

Ella le da un breve beso en la mejilla, como marca el protocolo, y le dice, con una sonrisa que él atesorará para siempre:

—Que Dios y Santiago guíen vuestra espada.

Dos jornadas de carro pasada Soria, 1949

Está oscureciendo ya y el momento que ella ha esperado durante todo el día está llegando.

Pronto acamparán al abrigo de algún bosque cerca del camino.

Y alrededor de un pequeño fuego, para ahuyentar a las alimañas, Bruder les contará como cada noche alguna historia sobre el Grial, algo, piensa ella, que lo tiene totalmente obsesionado.

Como si fuera real y no solo una leyenda.

Y después, por fin, les anunciará que se va a dormir al carro.

«Que mañana tenemos un día de marcha muy largo».

Y entonces se quedarán solos.

Ella y Carrau.

Lo que más le gusta de él es cómo la escucha.

Ella le cuenta muchas cosas. De cuando era pequeña e iba al río en la barca con su padre.

Y de cómo vino la guerra. Y cómo su padre entonces pasaba soldados con la barcaza de un lado a otro del río todo el día.

Y de las conversaciones entre su padre y su madre, por la noche, cuando ya pensaban que ella dormía.

«No tendrás que ir, eres demasiado útil aquí, transportándoles la tropa y los víveres día y noche», le aseguraba su madre con voz dulce.

Y su padre respondía: «No lo sé. No lo sé».

Y era muy extraño, porque su padre lo sabía todo. Especialmente del río.

Entonces empezaron los horribles sonidos de las explosiones. Y se oían a todas horas. Como si el propio río, mucho más abajo, se hubiera cansado ya de tantos soldados y se quejara con voz muy ronca. Como si quisiera decirles que se fueran de una vez a casa y dejaran de matarse los unos a los otros.

Y un día, cuando ella tenía seis años, vinieron unos soldados y le dijeron a su padre que tenía que irse con ellos.

Y ella y su madre lloraron, pero él tuvo que marcharse.

Y ya nunca más lo volvió a ver. Ni él pudo volver a llevarla a hombros.

Y a partir de aquel momento fueron ella y su madre las que llevaron la barca.

Él la escucha como nadie la ha escuchado nunca. Es la primera persona a quien le cuenta todo esto. Todos los demás en el pueblo la conocen como Luna, la chica salvaje del río, que a veces duerme en la barca, en medio del Ebro.

Pero él no. Él la mira con aquellos ojos que chispean ante el fuego, y le hace preguntas sobre cómo era vivir allí, en el río. Y ella sabe que él fue a la guerra, como su padre. Él bajó al infierno. Y volvió. Sordo de un oído, pero volvió.

Aquella noche, la brisa fría ha hecho que ella se siente más cerca de él que de costumbre. Casi tocándolo. De pronto, unos aullidos rompen el silencio de la noche oscura. Asustada, ella se aferra a él, agarrándolo muy fuerte.

Él pone la mano en el zurrón, y ella sabe que allí tiene un cuchillo afilado y que la defenderá y que a su lado nunca le podrá pasar nada.

Él fija la mirada un buen rato más allá del fuego, atento, en tensión. Ella lo tiene bien agarrado. Finalmente cesan los ruidos de las alimañas. Él se vuelve, le dice con voz suave que no pasa nada, y le pregunta si está bien. Y es entonces, estando tan cerca, cuando ella piensa en besarlo.

Pero justo en aquel momento, como si los lobos hubieran abierto una puerta que llevara mucho tiempo cerrada, él empieza a hablar y se lo cuenta todo.

Le habla de su amor, y de la primera vez que la vio, cuando todavía eran niños, y de cómo, ya el primer día, se enamoró de ella.

Y de cómo ella era la hija del Amo, y él solo un pobre rabassaire.

Y de cómo ella volvió después de la guerra y lo besó.

Y de cómo ella cayó al pozo para salvarlo a él de la muerte.

De cómo ahora tiene que encontrar la manera de hacer que vuelva a abrir los ojos. Con el miedo de que quizá no los abra nunca más.

Y mientras él le cuenta todo aquello, con lágrimas en los ojos, ella también llora.

Ella solo querría ser la Pubilla.