XVIII
El taller bulle de actividad. Una mezcla de espacio de estudio, maquetas y almacén, Gaudí lo ha hecho construir al lado mismo de las obras del Templo para poder realizar las tareas de investigación que se requieren.
Hace mucho rato que revisa con extremo cuidado la maqueta de la Fachada del Nacimiento.
Ha ideado un modelo funicular: una red de cordeles de lino que cuelga invertida del techo; ajusta su curvatura con saquitos lastrados —perdigones o arena fina— en los puntos donde la bóveda tendrá que cargar.
Después, con un espejo plano, contempla la imagen invertida.
La arquitectura futura revelada por la gravedad misma. Su concentración es máxima.
El taller está lleno de modelistas y artesanos, pero ninguno de sus colaboradores se atreve a molestarlo cuando está en este estado. Al lado de la maqueta se pueden ver planos del ábside, cuya construcción está muy avanzada.
Un repartidor de Correos entra de repente en el taller y grita:
—¿Maestro Gaudí? Una carta para usted de Fernández y Andrés, Compañía Textil y Bancaria.
Gaudí levanta la vista de la maqueta con gesto extrañado.
Además de la Sagrada Familia, tiene en plena ejecución el Palacio Episcopal de Astorga, obra que consiguió después de que el antiguo edificio se incendiara y gracias a su amigo, el Obispo Grau, también reusense como él.
Y también está proyectando las Misiones Franciscanas de Tánger.
En ninguno de estos proyectos, sin embargo, ha tenido relación con una compañía textil o con un banco.
Le da una propina al chico y coge la carta. El membrete del sobre efectivamente es de la empresa que el repartidor ha mencionado. Lo abre y la lee:
«Estimado Maestro Gaudí,
Le escribimos por referencia de nuestro buen amigo común Don Eusebio Güell.
Recientemente nuestra empresa ha adquirido un solar en el centro de León, y deseamos realizar en este emplazamiento un proyecto de tienda, almacén y viviendas.
Habiendo visto algunos de sus diseños y escuchado solo loanzas de sus múltiples obras por parte de Don Eusebio, nada nos gustaría más que fuera usted el que dirigiese el proyecto.
Si está usted interesado, le rogamos que se ponga en contacto con nosotros para concertar una visita al solar en León y cerrar el acuerdo.
Atentamente,
Simón Fernández, Propietario
Fernández y Andrés — Casa Botines»
¿Casa Botines? Qué nombre más curioso para una empresa, piensa Gaudí.
La carta adjunta unos planos de la localización del solar. Ve que tiene forma trapezoidal y que está en pleno centro de León, en la plaza de San Marcelo, delante del Palacio de los Guzmanes.
Inmediatamente se imagina el espacio y lo que podría construir allí. Un edificio que desafiara el paso del tiempo. Varias plantas.
Una planta baja con un espacio comercial muy amplio y moderno. Para las oficinas.
Tendría que ser un espacio diferente. ¡Totalmente libre!
Eso es, sin ningún muro de carga que pudiera interferir.
¿Cómo se podría sostener entonces? Quizá con columnas, pero tendrían que ser mínimas.
¿De hierro colado? No tiene claro si se podría construir.
Bosqueja unos pequeños apuntes al margen de los planos, mientras sigue pensando.
También haría falta un semisótano para el almacén, ya que los de Casa Botines pedían uno en su encargo.
Y en las plantas superiores, viviendas elegantes, que los propietarios pudieran alquilar.
Reservando los espacios principales para uso propio de los dueños.
Piensa en los que ha hecho en la Casa Vicens o en las viviendas de los pisos superiores del Palau Güell, y se empieza a imaginar cómo serían.
Quizá pueda probar allí el diseño de puertas de doble batiente que pensó el otro día.
Recuerda que lo dejó en la carpeta de la estantería.
En ese momento, cuando levanta la vista para buscar la carpeta, ve que dos de los modelistas empiezan a recoger.
¡El Liceo!
Gaudí saca el reloj del bolsillo del chaleco y se da cuenta de que se le está haciendo tarde. La función comienza en una hora. Lohengrin de Wagner. Ya tiene ganas de verla.
Pero primero tiene que pasar por casa para asearse y vestirse de etiqueta. Frac, guantes claros, sombrero de copa.
Eusebi lo ha invitado a su palco, de manera que seguro que se verán y podrá darle las gracias por la intercesión en el nuevo encargo y comentarle las ideas que le han venido a la cabeza. A ver qué le parecen.
Casa Botines. Sonríe de nuevo por la curiosidad del nombre, mientras se pone la americana y se despide de su equipo hasta el día siguiente.
Unas semanas después, en el edificio del Seminario Conciliar de Barcelona
Mientras camina hacia la entrada del imponente edificio, Gaudí observa con ojo clínico el progreso de las obras.
El arquitecto que lleva el proyecto no es otro que Elies Rogent, su antiguo profesor.
El estilo neorrománico medievalista que el profesor Rogent ha empleado desagrada profundamente a Gaudí, que ya se opuso a él en las obras de la Universidad de Barcelona.
Los trabajos avanzan lentamente y han tenido que detenerse varias veces por falta de recursos económicos. Aun así, ya hace unos años que los seminaristas viven allí y Gaudí se cruza con un par de jóvenes que van vestidos con sotana.
Torras i Bages lo ha citado en el mismo Seminario, donde hace de confesor de los seminaristas. Gaudí se quita el sombrero y entra en la capilla principal. El frío del recinto lo envuelve.
Ve que Torras i Bages está saliendo de uno de los confesionarios. La capilla está vacía y el silencio es sepulcral. Ahora el otro también lo ha visto y le hace una señal para que se acerque. Los pasos del arquitecto resuenan mientras camina hacia su amigo.
Se saludan dándose la mano en silencio. Después se sientan el uno al lado del otro en uno de los bancos delante del confesionario, como han hecho tantas otras veces antes.
—Maestro Gaudí, me han llegado noticias de que ha recibido un nuevo encargo para construir un edificio en León —le dice en voz baja el sacerdote. Mientras habla mira la cruz sobre el altar.
—Sí —dice Gaudí—, para los de la Casa Botines.
—Querría pedirle una cortesía. Una cortesía arquitectónica. Quizá ahora le parecerá fuera de lugar, pero es de extrema importancia.
Gaudí mira a Torras i Bages con curiosidad. Este le entrega un sobre. Dentro hay un papel doblado. Gaudí lo despliega y observa el croquis preciso que alguien ha dibujado en él.
—¿La Torre del Gallo? —le pregunta a su interlocutor.
—Sí. Tiene que mirar hacia allí. Cuando despunte el día más largo, al inicio del verano.
Dos años después, Casa Botines, León
Los artesanos miran al escultor que trabaja en lo alto del andamio, mientras este acaba de afinar los últimos detalles.
Tec-tec-tec.
Es muy temprano por la mañana y por la calle no pasa nadie.
El sonido del cincel golpeando delicadamente el San Jorge alzado en la fachada es lo único que se oye en la plaza delante del edificio de la Casa Botines.
Lo acabaron el año pasado, diez meses exactos después de que se iniciaran las obras. Tal como había asegurado Gaudí.
Cuando el escultor acaba, camina por el andamio y entra en la casa por una de las ventanas de la fachada. Allí espera un yesero.
El escultor se acerca al zurrón que tiene apoyado en la pared y saca un cilindro que le ha dado el Maestro Gaudí. No sabe lo que contiene.
Acto seguido se acerca a la parte de atrás de la escultura y, en una abertura que hay en el pie, coloca el cilindro. Una vez lo ha depositado, hace una señal al yesero. Este, con un golpe seco de paleta, cubre el hueco de blanco.
Por la tarde, una vez retirados los andamios, se inaugurará oficialmente el edificio de la Casa Botines.
Gaudí no ha podido ir: está en Barcelona velando al Obispo Grau, uno de sus mejores amigos y el valedor del Palacio Episcopal de Astorga.
Unos días después, el Obispo morirá. El arquitecto, afligido, renunciará a acabar aquel palacio.