Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XVII
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XVII

El Maestro Orfebre se inclina ante la Infanta. Las antorchas iluminan la sala del tesoro. El olor a incienso lo envuelve todo. Los canónigos de la basílica esperan detrás del Maestro.

—Domna Urraca —la saluda este de manera reverencial.

Ante ella descansa su obra.

Doña Urraca se acerca a la copa y la observa con detenimiento.

El trabajo es de una gran belleza, piensa.

Las decoraciones de oro y las joyas personales que ella ha donado, perlas, zafiros, esmeraldas y amatistas, encajan a la perfección.

Recorre con el dedo la inscripción que hay en el nudo central de oro que une los dos cálices de ónice: en lo alto el cáliz que fue de su padre y que hace de copa.

Debajo otro, que queda invertido, en forma de pie.

«IN NOMINE DOMINI VRRACCA FREDINANDI»

«En el nombre del Señor, Urraca hija de Fernando»

Al tocar las letras, los recuerdos la arrastran a aquella cámara oscura del palacio, al lecho de muerte de su padre. El padre, muy debilitado por la enfermedad, sosteniendo el humilde cáliz de ónice en sus manos.

—Hija mía, este cáliz llegó a mis manos a través del Emir de Denia. Él lo conocía como el tesoro de los cristianos. Es más antiguo que nuestro linaje, que los reinos que ahora gobierno.

—¿Por qué me lo mostráis, padre?

—Porque quiero que seas tú la que lo custodie. Yo partiré pronto, y será a ti a quien corresponderá guardarlo.

Uno de los canónigos se le acerca y la hace volver al presente.

—Mi señora, el obispo nos espera en el altar mayor —lo dice en voz baja, como no atreviéndose a interrumpir los pensamientos de la dama.

Entonces ella coge la copa y proceden hacia el altar, para hacer la donación litúrgica. Los pasos de la comitiva resuenan en la sala del tesoro.

Cuando llegan al altar, el obispo coge solemne el cáliz de sus manos y lo alza. La luz de las antorchas tiembla, recorriendo las piedras preciosas que parecen querer protegerlo. Los canónigos entonan un responsorio en latín.

Un escalofrío recorre la espalda de la Infanta mientras en su cabeza resuenan de nuevo las palabras de su padre.

—Hija mía, algún día ellos vendrán, buscándolo. Un ejército oscuro y poderoso que solo tendrá un objetivo: obtenerlo.

—¿Y por qué habrían de quererlo tanto, padre?

Puede ver, como si todavía estuviera ante ella, los ojos de su padre, brillantes fervorosamente en el ónice, como haciendo un esfuerzo final, mientras su voz débil pronuncia las palabras que ella ya nunca podrá olvidar:

—Para conseguir lo que todos los hombres quieren… vencer a la muerte.

Barcelona, despacho del Mercader

El inspector Domínguez espera paciente a que llegue el Mercader. Ha sido llamado con urgencia.

El despacho es grande y suntuoso, como el de los abogados más caros de la ciudad. Todo tapizado en el cuero más exclusivo. La pared de detrás del escritorio, una gran biblioteca repleta de libros que seguramente nadie leerá nunca.

Está sentado en una de las butacas donde supone que esperan las visitas. Por defecto profesional, solo por saber con quién se juega los cuartos, estaría tentado de revisar la mesa y los cajones del escritorio, pero está vacía de papeles y asume que también lo están los cajones.

Aquel despacho es solo representativo. Una sala formal para recibir visitas. El Mercader no debe de tener allí nada que lo pueda comprometer.

Está en esto cuando se abre la puerta y entra él. El inspector hace el gesto de levantarse, pero el otro le hace que no con la mano. No lo ha ni saludado.

—Inspector, inspector. Entiendo que ya le habrán llegado noticias del desaguisado de Daroca.

Lo encuentra muy desmejorado, la piel pálida. Parece enfermo. Ve que intenta contener la furia, pero apenas lo consigue. Está rabioso.

—No entiendo qué parte de «no lo detengan hasta que lo encuentre» no quedó clara en nuestra última conversación.

Ahora se acerca a la biblioteca y extrae un volumen.

El ojo entrenado del inspector puede ver cómo los nudillos están blancos, de la fuerza que hace al agarrar el libro.

El inspector está casi seguro de lo que pasará a continuación, incluso antes de que pase.

La mano se le va instintivamente al arma que lleva en una funda bajo el brazo, cruzada al pecho.

Aun así, la fuerza con la que el Mercader estrella el libro contra la butaca que tiene delante lo sorprende. La butaca se vuelca con el impacto y resuena con un golpe seco en el suelo de parqué de madera noble.

—¡Me cago en todo! ¿Es que no pueden seguir ni la más simple de las instrucciones? —los ojos los tiene inyectados en sangre.

—No olvide usted con quién está hablando —le responde frío el inspector.

—Si no es capaz de controlar a su gente, entonces quizás me he equivocado de persona.

El inspector Domínguez se ajusta el nudo de la corbata, mira el libro y la butaca volcada, víctimas de la furia del Mercader.

—Entenderá usted que no es fácil controlar a toda la policía de un país, y menos con la recompensa pública que hay para este fugitivo en concreto.

—Mi gente lo tiene localizado, a él y a sus cómplices. Están ya cerca de Soria. Encárguese de que nadie interfiera hasta que les demos la señal.

El inspector asiente.

—Encárguese personalmente. Le quiero allí, sobre el terreno —le dice el Mercader, y una media sonrisa que revela su poder real se esboza en su rostro, ahora que la ira ya ha pasado.

El inspector se levanta y se dirige hacia la puerta. Se gira lentamente hacia el Mercader y le dice:

—Entendido… aunque no olvide nunca quién manda realmente.

Abre la puerta y sale del despacho.