Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XVI
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XVI

Una semana después, antes de llegar al Puerto de las Traviesas, pasado Calatayud

Luna guía ahora la mula a pie, pasando por entre los muchos vados casi secos que hay alrededor del Jiloca.

El calor es seco y el carro levanta polvo a su paso, lo que parece obstinar al animal, al que cada vez le cuesta más avanzar.

El zumbido constante de las cigarras también contribuye a la sensación de pesadez.

Ya no se ve el pueblecito que han dejado atrás hace un rato.

Bruder va sentado en la parte de atrás del carro, concentrado en sus libros. Masculla frases en latín en voz baja.

Carrau está sentado al lado del asiento del conductor y mira cómo Luna pierde la paciencia tirando de la mula, que ahora se ha detenido definitivamente.

—¡Va, vamos! ¡Tira adelante!

La mula no se atreve a poner las patas en un vado, que no es más que un hilo de agua turbia, pero que impone respeto al animal. El carro se hunde lentamente en el barro blando de la orilla.

Carrau baja del carro y, acercándose a la mula, le pasa la mano por el cuello perlado de sudor mientras le susurra al oído:

—Tranquila, tranquila. Mira cómo lo hago yo.

Y acto seguido pone un pie en el charco fangoso y después otro. La mula y Luna lo observan con atención.

Pasan unos segundos en los que Luna mira con escepticismo a Carrau, que todavía tiene las dos sandalias en medio del charco.

Entonces la bestia olfatea el agua, resopla y finalmente se decide. Con un chirrido el carro comienza a avanzar, saliendo del lodo y crujiendo, con las ruedas embarradas.

—Tú no eres fraile —le dice la muchacha, entornando los ojos y enjugándose el sudor de la frente.

—Y tú no eres carretera —le contesta Carrau.

—Soy mejor con el burro que muchos hombres con la mula.

—Y con las palabras también.

—Y con el silencio, si conviene —acaba ella, sonriendo.

Puerto de las Traviesas

La subida al puerto está resultando demasiado dura para la mula, que gime y se detiene cada pocos pasos.

Carrau y Luna la van guiando y tiran de ella cuando se detiene, entre los resoplidos del animal.

Bruder va a pie detrás del carro y mira inquieto hacia la pista que han dejado atrás y que sigue el río Jalón. A no mucha distancia, cuesta abajo, los dos faros amarillos han vuelto a aparecer.

Ahora se han detenido a descansar y Carrau se acerca a donde está el monje.

—Parecen las mismas luces que vimos hace unos días —dice Carrau mirando también hacia la pista—. Quizá nos están siguiendo.

Bruder asiente preocupado.

Luna los llama desde delante del carro: parece que hay que ajustar la collera. Por eso debía de quejarse la bestia.

Un rato después, Carrau y Luna están concentrados en el animal. Él arrodillado con las manos ocupadas y ella sujetando la mula.

Entonces se oye la sirena de la cantera que debe de estar cerca y que ya han oído antes. Anuncia una voladura.

Una lluvia fina comienza a caer desde el cielo encapotado.

Bruder se separa del camino unos pasos, como si fuera a hacer aguas. Los otros dos continúan concentrados en la mula y ni lo miran.

Cuando está entre las zarzas, saca una Luger reglamentaria de su zurrón y apunta hacia los faros. La lluvia lo va empapando, pero la mano que sujeta el arma no tiembla ni un milímetro. Espera en silencio.

De repente, como si viniera de las entrañas de la montaña, el bramido potente de la voladura los atraviesa. Es entonces cuando dispara. El tiro seco de la Luger se mezcla con el trueno que viene de la cantera. Más abajo, la luz derecha de la camioneta tiembla y se apaga de golpe.

Cuando Bruder vuelve a donde están los otros, les dice, calmadamente:

—¿Todo bien?

Ellos asienten. Luna vuelve a tirar de la mula y siguen puerto arriba en silencio.

La lluvia se ha hecho más fuerte. Carrau mira hacia abajo. Ahora solo se ve un faro y está detenido. Al cabo de unos instantes ve cómo se apaga.

Llegan al anochecer a la posada de Daroca. Están cansados por el viaje de todo el día bajo el sol. Luna lleva la mula hacia los establos y les dice que dormirá en el pajar con el animal, para vigilarlo.

La posadera, al ver a los dos frailes, les da la habitación que tienen reservada para los religiosos y no les quiere cobrar nada. Solo su bendición, padres. Es un cuarto muy sencillo con dos camas de hierro. Una cruz de madera adorna la pared y la habitación huele a lejía.

Les pregunta si quieren algo para cenar, pero ellos responden que ya han tomado un bocado en el carro. En todo caso a la mañana siguiente ya cogerán algo para el viaje. La posadera los deja pues en la habitación y ellos se acomodan lo mejor que pueden y se disponen a pasar la noche.

Luna, una vez ha dejado la mula en el establo, entra en la posada y ve que la sala está completamente vacía. No hay rastro de los frailes.

—¿Tienen ustedes teléfono? Necesitaría llamar a mi madre —le pregunta a la dueña.

—Esto te saldrá muy caro, niña —le dice la posadera mientras la mira evaluando si aquella joven carretera podrá pagarle.

Luna busca nerviosamente dentro del zurrón y saca primero unas monedas de céntimos.

La posadera esboza una media sonrisa, pero cuando ya está a punto de echarla, Luna saca un billete arrugado, que resulta ser de veinticinco pesetas, y se lo enseña a la dueña.

Esto parece convencer a la mujer, que la hace pasar rápidamente a un cuarto que usan de despacho. Huele mucho a tabaco.

—Cinco minutos de teléfono cuestan lo que dormir una noche entera —le advierte la posadera.

—No se preocupe, señora, será una llamada corta —le responde Luna, que se ha sentado inquieta en la punta de la silla del despacho.

Cuando la otra ha salido, se saca un trozo de papel del zurrón, descuelga el teléfono y le canta a la operadora el número que su madre ha escrito en el papel. Es un número de Barcelona.

Pasan los minutos y mientras espera, da vueltas nerviosa a lo que está a punto de hacer. Piensa en cómo él acarició la mula y puso los dos pies en el agua para convencerla. En su mirada franca.

La operadora la saca de estos pensamientos de golpe. Le pasan la llamada. No hay vuelta atrás.

Le responde una voz grave de hombre, en un tono seco:

—Dígame.

—El saco con el arroz ha llegado a la posada de Daroca —dice ella recitando de memoria y con un hilo de voz lo que habían convenido.

—Entendido.

El otro cuelga de golpe. Luna se queda unos instantes escuchando la señal monótona de comunicando, y entonces se levanta toda sudada de la silla y sale del cuarto.

Está incluso un poco mareada. La posadera levanta los ojos del registro de la llamada y mira con curiosidad a la joven vestida de harapos.

—¿Tu madre vive en Barcelona?

Por toda respuesta, Luna le pregunta por el precio. La otra le dice que serán cinco pesetas, lo mismo que dormir toda la noche en la posada. Luna le paga con el billete y se guarda el cambio en el zurrón. Son buena parte de los ahorros de madre.

Después se vuelve hacia el establo y se tumba en un montón de paja al lado de la mula. Mientras intenta dormirse al son del respirar tranquilo del animal, se vuelve a preguntar qué debe de haber hecho el Fra para que lo busque la policía.

—¡Ten mucho cuidado, hija! Parece que es un delincuente muy peligroso. Con la recompensa que nos darán cuando lo atrapen, podremos marcharnos de Mequinenza y no tendremos que preocuparnos por el dinero nunca más —la advirtió su madre.

Por más vueltas que le da no se imagina a aquel joven de ojos claros que viste de franciscano haciendo nada malo. Solo la herida bajo la oreja parece desmentirlo.

Y le viene a la cabeza de nuevo cómo él hizo avanzar la mula por encima del vado cuando la bestia se había emperrado y no había manera. Sonríe al pensar en cómo la miró él después.

Ahora, sin embargo, ya es demasiado tarde. Mañana por la mañana la policía se encargará de todo y su madre verá que también puede confiar en ella para las cosas importantes.

Dejan la posada al rayar el alba, para aprovechar el frescor de la mañana. Luna guía la mula con la cabeza gacha sin atreverse a mirar al Fra.

Las viandas que les ha preparado la posadera han puesto de muy buen humor a Bruder, que come dentro del carro mientras cuenta historias del reino de León. El Fra lo escucha pacientemente royendo un trozo de pan.

Cuando llevan un rato avanzando por entre matorrales secos y barrancos de arenisca roja a ambos lados del camino, oyen el ruido de una camioneta que se les acerca, y el silbato inconfundible de la policía.

El Fra no duda ni un segundo, salta del carro y les grita, dirigiéndose a Luna, que está sobrecogida:

—¡Seguid adelante, salvaos! ¡Es a mí a quien buscan!

Y escapa corriendo hacia los barrancos.

La camioneta polvorienta les da alcance al poco.

—¡Quieto todo el mundo! —grita el policía que la conduce desde dentro. Baja un cabo del asiento del copiloto y clava los ojos en el benedictino rechoncho y la carretera harapienta:

—Estos no son.

De la camioneta bajan ahora unos cuantos policías. Uno de ellos ve al Fra corriendo yermo adelante.

—¡Se escapa!

Sin pensárselo, se descuelga el fusil y dispara un tiro en la dirección del fugitivo. El sonido seco resuena siniestro como un trueno por entre los barrancos. El tiro levanta polvo cerca de donde corre el Fra, que se ha tirado al suelo al oírlo. Ella teme que lo hayan alcanzado.

—¡Hay que atraparlo vivo, coño! ¡Las órdenes son muy claras! —le baja el arma el cabo, y maldiciéndole los huesos, arrancan todos a correr persiguiendo al Fra y dejando la camioneta detenida detrás del carro.

Luna tiene el corazón en un puño viendo cómo la policía lo persigue a tiros. ¡Lo matarán! Querría gritarles que se detengan y lo dejen marchar, que no le hagan daño.

—¡Vámonos! No podemos hacer nada —la sorprende gritando Bruder, desde dentro del carro.

—¡Tira! —ordena Luna instintivamente a la mula.

Mientras la mula comienza a avanzar resoplando, Luna no puede apartar los ojos de los policías corriendo y de la figura del franciscano. Se aleja huyendo como una liebre hacia los barrancos, hasta que el rojo de los taludes se lo traga.

El anochecer de aquel mismo día

¿Cómo se las arreglará para encontrar el Grial?, piensa Bruder mientras llegan al siguiente pueblo. Recuerda el sexto sentido que pareció acompañar al Fra tanto en Montserrat como en la Puerta del Dragón. Solo Parsifal fue digno de ver el cáliz sagrado.

Un montón de banderolas decoran la calle principal y se oye música y jolgorio hacia la plaza del ayuntamiento. El ambiente huele a pólvora, seguramente de los petardos que han oído camino adelante, cuando se acercaban al pueblo.

Luna guía la mula en silencio. No ha dicho nada en todo el día, desde que los interceptó la policía y se pusieron a perseguir al Fra. No han sabido nada de él desde entonces y piensa que seguramente lo habrán atrapado y estará preso camino de Barcelona.

Ha llorado varias veces, procurando que Bruder no la viera. No sabe qué le pasa. Debería estar contenta porque cobrarán la recompensa, pero una tristeza muy fuerte se ha apoderado de ella.

Seguramente no lo verá nunca más.

Detienen el carro cerca de la plaza y Bruder le dice que espere allí, mientras él va a ver si encuentra una posada.

La música y la gente que baila contrastan con Luna, que está quieta al lado de la mula. Parece muy lejos de allí.

Entonces alguien le toca la espalda. Se gira pensando que será Bruder, que ya ha encontrado posada, cuando se da cuenta de que es él. Ya no va vestido de franciscano, sino que lleva una zamarra y unos pantalones. La mira sonriendo, contento también de verla.

—He podido huir.

Ella no puede detener el impulso y se le echa a los brazos abrazándolo con fuerza. Una alegría incontenible la posee. ¡Ha podido escapar!

En ese momento suena la música del baile de la rueda.

Ella lo coge de la mano y risueña tira de él hacia el círculo que están haciendo todas las parejas. Él parece confuso primero, pero después, al ver cómo a ella le brillan los ojos, se deja llevar.

Comienzan a girar con el resto de parejas.

El sonido de la dulzaina y el tamboril se mezcla alegre con los pies que golpean la plaza.

Entre los cuerpos que giran, Luna no puede dejar de mirarle los ojos claros y agarrarse bien fuerte a las manos ásperas de payés de él.

Nunca había sido tan feliz. Jura en silencio que no lo volverá a perder.

Desde el lado del carro, Bruder los observa con atención. En su mente solo un pensamiento: el Grial.