XV
Hospital de Sitges
Las voces de los dos hombres la despiertan de su negro letargo.
Aunque las oye desde muy lejos, reconoce una de las voces como la del Mercader.
«¿Ve lo que le decía, señor Inspector?»
La otra voz es la primera vez que la escucha. Por el tono que emplea, está segura de que el hombre que ahora pregunta no está al servicio del Mercader. Todavía.
«¿Qué pronóstico le dan los médicos?»
«Me temo que seguramente nunca se despertará».
¡No! ¡No! ¿Qué está diciendo? Intenta levantar la cabeza, mover los brazos. ¡Intenta removerse para que vean que todavía está viva! Pero no puede. Está como atada en una cueva oscura, allá en el fondo del pozo. Oye que continúan hablando, cincuenta metros más arriba, en la boca del abismo.
Ahora habla el policía:
«Mejor, salgamos fuera. No creo que sea bueno hablar en estos términos cerca de la señorita…»
«No se preocupe, los médicos dicen que está en coma profundo, las pupilas no reaccionan, y es ya solo cuestión de tiempo. En su parecer es milagroso que no haya fallecido ya, después de la caída que sufrió. Un ángel la mantiene con vida».
Nota a su ángel en el pecho. Refulgiendo con fuerza. Atándola a este mundo. No dejándola caer definitivamente por la oscura sima.
Ahora oye cómo el Mercader vuelve a hablar, está más cerca.
«¿Ha localizado ya al fugitivo, Inspector?»
«Todavía no, pero con la información que nos han proporcionado seguro que pronto caerá en nuestras manos. Por cierto, ¿cómo le localizaron y supieron de su disfraz?»
Entonces lo oye reír. Y nota cómo el poder del Mercader sobre el otro hombre se va haciendo más fuerte. Sabe que pronto lo envolverá como una telaraña y al otro le será imposible sustraerse, y acabará bajo su control.
«Como seguramente le habrá avisado su jefe, o quizás el jefe de su jefe, señor Inspector, hay algunas preguntas que es mejor no hacerse. Digamos, solamente, que nuestra red es muy poderosa, en todos los círculos y a todos los niveles».
«Entendido, entendido».
«En cuanto al fugitivo, mi petición hacia usted es muy sencilla: está buscando algo que es muy importante para mí. No lo detengan hasta que lo encuentre. Entonces me entregará usted ese algo, y el prisionero será suyo, para que lo puedan ajusticiar como se merece y servir de ejemplo».
El policía parece dudar:
«Entenderá usted que esta es una petición altamente inusual. Estamos hablando de un sospechoso de asesinato con orden de busca y captura».
«Lo entiendo. Por ese motivo he preparado una segunda recompensa, idéntica a la primera, pero de naturaleza, digamos, totalmente privada. Le será depositada en una cuenta en Suiza en cuanto me entreguen lo que busco».
«¿Doscientas mil pesetas?»
Puede notar la debilidad en la voz del policía y cómo el guante de hierro del Mercader ya lo tiene casi atrapado. Cómo flaquea, titubeando en los últimos instantes antes de caer en la red de la araña que es el Mercader.
«En francos suizos, limpios de polvo y paja».
«Que así sea entonces, mi buen señor».
Y entonces oye cómo se marchan y ella se queda allí, en el fondo del pozo, temblando aterrorizada de pensar cuál es el fugitivo que toda aquella gente está persiguiendo. Su Carrau.