Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XIV
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XIV

Camino de sirga, cerca de Mequinenza

Ya hace unas horas que siguen la senda polvorienta a orillas del Ebro, después de la última parada. Caminan sobre las losas de pizarra y los cantos rodados gastados, entre los susurros de los tarayes y los chopos.

Siguiendo los consejos de la monja de clausura, habían bajado en Riba-roja d'Ebre, dos estaciones antes de su destino final.

El andén de grava y la presencia del río, dominando el silencio caliente de la tarde, contrastaban con el frenesí que reinaba en la Estación de Francia, de donde habían partido.

En la gran estación de Barcelona, Carrau se había quedado impresionado por la bóveda metálica y las vidrieras. Por el interminable eco de pasos, maletas y silbatos, junto con las vaharadas de vapor y carbón en la garganta al pasar junto a las locomotoras para subir al tren.

Y después en los bancos de madera, en tercera clase, la gente se levantaba y les dejaba el sitio. Padres, tomen asiento. La capucha de franciscano le tapaba la cabeza y apartaba la mirada hacia la ventanilla cada vez que pasaba alguien, por miedo a ser reconocido.

Mientras compraban el billete, había buscado en vano el cartel con su retrato.

Pero toda la tranquilidad que este hecho le hubiera podido proporcionar se había desvanecido cuando, ya en el vagón, habían oído a los del banco de delante hablar de la vigilancia que había en Caspe.

Yo fui hace dos días por trabajo, decía uno que parecía comerciante, y estaba lleno de policías.

Parecía que buscaran a alguien. Esto los acabó de convencer de que tenían que bajar antes para esquivar los controles.

Aunque tendrían que hacer seguramente más de dos jornadas a pie.

Carrau está acostumbrado a caminar mucho, pero ve que el viaje se está haciendo muy pesado para Bruder, que va resoplando y parece un alma en pena, acarreando el zurrón con los libros, que cada vez le pesan más.

Está a punto de ofrecerse, por enésima vez, a llevárselo, cuando Bruder le pide parar a tomar un bocado.

Mira el sol, ya alto. A este paso no llegarán nunca, pero accede.

Se sientan al lado del camino de sirga. El río baja ancho y lento.

Un meandro verdoso que se arremolina en las orillas.

Al otro lado se pueden ver bancales con olivos y almendros.

El olor es de agua, pero también de romero, porque crece por todo el borde del camino.

Bruder come en silencio, aprovechando cada instante de pausa. Carrau bebe un poco de agua.

El primer día de viaje, de Riba-roja d'Ebre a Faió, Bruder no calló, explicándole a Carrau toda clase de historias.

Algunas relacionadas con el Grial, pero la mayoría no.

Este hombre es un pozo de conocimiento, pensó Carrau.

Todo lo que él sabía de viñas y cepas, el alemán lo sabía mil veces de hechos históricos.

De reyes que vivieron, y de batallas que ganaron o perdieron, hacía ya mucho tiempo.

Llegado el segundo día de viaje, y después de muchas horas de caminar, el cansancio parece haber agotado la conversación que le daba el monje alemán.

Están en esto cuando los oyen llegar río arriba, sirgando contracorriente. El llaüt es de los grandes y lo tiran dos mulas que resoplan como Bruder hace un rato. Suben lentamente arrastrando la barca vacía, después de dejar el lignito en Faió.

Bruder le había explicado que el lignito se extraía de las minas de Mequinenza, y de allí lo bajaban en llaüt por el río hasta Faió, donde se embarcaba en el tren. Los llaüts vacíos tenían que subirlos de vuelta, río arriba, tirados por bestias y a veces también por hombres.

La cuerda, tensa, dibuja un arco sobre el agua y deja un ronquido seco en la roca. A los animales los guía un sirgador, que parece tener que tirar de ellos de vez en cuando. Cuando los ve allí sentados, el hombre detiene las bestias y les dice:

—Buenas tardes, padres. ¿Van hacia Mequinenza? Suban al llaüt si quieren, que los arrastraremos. A las mulas seguro que no les importará —es un hombre ya mayor y cuando sonríe le faltan unos cuantos dientes. Está tan delgado como las cañas que silban con el viento en las orillas.

Bruder no se hace de rogar. Le da las gracias al sirgador con un «que Dios te lo pague», y sube con penas y trabajos al llaüt, empapándose las sandalias en la orilla. Carrau lo sigue de un salto.

Y así es como hacen la última parte del camino hasta Mequinenza.

Llegados a Mequinenza buscan la manera de cruzar el río. El hombre del llaüt les ha hablado de la patrona que lleva una de las barcazas. Parece ser que su marido murió en la guerra y ahora lleva ella el negocio.

Entran en la caseta de madera junto al muelle, donde el sirgador les ha indicado, pero allí no hay nadie.

—¿Buscan a madre, padres? —la voz de una muchacha los sorprende desde la puerta. Es morena de piel y recuerda al sirgador, de delgada que está. Lleva un vestido harapiento y parece medio salvaje.

—Querríamos cruzar el río —le responde parsimoniosamente Bruder, como si quisiera contrarrestar con su calma la energía que irradia la muchacha.

Ella no parece poder estarse quieta y se les acerca. La lana basta y marrón del hábito franciscano la atrae como un imán.

—¿Cómo es que llevan los hábitos diferentes? —les pregunta intrigada—. Este parece cosido con el mismo hilo que mis harapos —dice mientras señala la tela pobre.

Esto hace sonreír a Carrau, y ahora la muchacha lo mira muy de cerca.

Él se había bajado la capucha al entrar en la caseta.

Los ojos verdes de ella lo miran fijamente, y entonces, de repente, le ve la cicatriz de detrás de la oreja y, sin pensárselo, la mano se le dispara y se la recorre con un dedo.

Carrau da un paso atrás, sorprendido, como si le hubiera caído un rayo encima.

La imagen de la Pubilla haciendo el mismo gesto bajo la higuera le viene a la cabeza.

—Esto no es marca de rezar rosarios, ¿verdad, padre? Parece marca de vida vivida —y ríe con una risa fresca, de agua de río, y los ojos le brillan.

En esto llega su madre.

—Luna, no molestes a los padres, por favor. Un poco de educación, ¡cuántas veces te lo tengo que decir!

La mujer parece de esa gente que está permanentemente enfadada. Por toda respuesta, Luna ríe juguetona mientras vuelve a mirar a Carrau de arriba abajo y después sale por la puerta de la caseta.

—Discúlpenla, padres. Con la guerra tuvo que dejar la escuela muy pequeña para ayudarme con la barcaza. Es más lista que el hambre, como su padre, que en paz descanse, pero a veces juro que llega a agotarme. Es como un animalillo de río.

—No se preocupe, señora —dice Carrau para calmarla—. Querríamos cruzar el Ebro.

—Esta tarde haré una travesía para pasar un camión de la mina. Si les va bien podrían añadirse —les contesta la patrona y les dice el precio.

Aceptan el trato y Bruder le paga allí mismo. Entonces le preguntan por la rectoría del pueblo, para ir a descansar un poco. Ella conoce el nombre del rector y les da indicaciones de cómo llegar.

Cuando salen de la cabaña, Bruder comienza a tirar hacia el camino que lleva al pueblo.

Carrau se detiene un momento, cuando ve que Luna está sentada en el muelle, con los pies dibujando círculos dentro del río.

La expresión melancólica de la muchacha contrasta con su energía de hace apenas unos instantes.

Los ojos verdes se le pierden en algún punto de la corriente que baja.

Mientras la mira, Carrau se frota la herida de guerra, sin darse cuenta de que la mano le tiembla. Entonces ella parece notar su mirada y se gira.

Cuando ella le sonríe, un escalofrío recorre la espalda de Carrau.

Cuando se han marchado los dos frailes, Luna vuelve a entrar en la caseta. El río brama fuera.

—¿Has visto qué herida llevaba el más joven bajo la oreja? —le dice Luna—. ¿Crees que se la hicieron en la guerra, como cuando hirieron a padre?

—¿Una herida? —dice con voz sorprendida su madre.

Entonces corre alterada hacia la pequeña mesa donde apunta todas las transacciones, y también los mensajes que le llegan de la red alemana. Mientras la lee bajo la luz baja, la transcripción no deja lugar a dudas.

«El peligroso asesino tiene una cicatriz detrás de una oreja y es sordo de la misma».

Por la tarde, vuelven al embarcadero. Han podido reponerse en la rectoría, tomando un bocado con el rector y descansando un poco. Le han dicho que iban en peregrinación hacia Santiago y este no ha querido saber nada más.

La madre de Luna los espera en lo alto de la barcaza. Hay un camión lleno de lignito que lo impregna todo de olor a carbón y también un carro viejo. El río baja calmado y la barca casi no se mueve, atada a la otra orilla por un cable tensado.

—Padres, he pensado que quizá querrían alquilarme el carro para continuar el trayecto. Lo lleva mi hija.

Y lo dice mientras señala el carro que tiene en lo alto de la barcaza.

A Bruder la idea de ir en carro en vez de ir a pie le gusta al instante.

—¡Qué buena idea!

—¿Hacia dónde tienen que ir? —le pregunta la madre con fingida inocencia.

—Pasada Soria —le contesta con vaguedad Bruder.

Y con esto la patrona, el enfado de la mañana totalmente olvidado, sonríe complacida. Fija el precio y quedan de acuerdo. La mujer avisa a Luna, que embarca también la mula. Entonces coge la pértiga y comienzan la travesía hacia el otro lado del río.

Unas horas más tarde, el Mercader recibe un telegrama de Odessa.

«Fugitivo localizado. Se hace pasar por fraile franciscano. Rumbo Soria en carro conducido por nuestra persona de confianza. Acompañado por otro presunto monje, posible cómplice. Conductora informará en posadas. Esta vez no escapará».

El Mercader tose con una tos sorda y se tapa la boca con un pañuelo, que queda manchado de sangre. Sonríe con los labios resecos. No le queda mucho tiempo. Tiene que conseguir que el maldito rabassaire lo lleve hacia el Grial.