XIII
Ya hace días que partieron de Alejandría. El mismo soberano e imán de los creyentes, el Califa al-Hakim bi-Amr Allah, que Dios prolongue su reinado y proteja su causa, le había entregado el cofre forrado de diamantes en El Cairo.
Sus órdenes eran estrictas: no dejar el cofre ni de noche ni de día. Protegerlo con su vida y la de los guardias que lo acompañaban, y sobre todo y bajo ningún concepto no abrir el cofre, y entregarlo al Emir de Denia.
No puede dejar de pensar, sin embargo, en las leyendas que acompañan a la reliquia cristiana. El poder de curar cualquier enfermedad. Incluso la inmortalidad. Pero solo si uno tiene el corazón puro.
Seguro que son solo leyendas, reflexiona.
Pero entonces piensa en su hija. En la enfermedad extraña que ha contraído. Un mal maligno que ni los mejores médicos del Califa saben curar.
¿Quién puede tener el corazón más puro que su hija?
La mar está en calma en la noche mientras la nave la atraviesa rumbo a su destino.
Está solo en su camarote. Un farolillo lo ilumina de manera incierta y la madera del barco cruje mientras surca el Mediterráneo.
Los diamantes que adornan el cofre servirían para vivir cien vidas como un rey.
Pero como emisario personal del Califa, no son las riquezas lo que necesita.
Una idea le ronda la cabeza desde hace días. Es una idea desesperada, pero está seguro de que su hija no aguantará muchos meses más. Sabe que arriesga la vida si viola las órdenes del Califa. Pero ¿qué es su vida sin su hija?
Se levanta y camina hacia la puerta. Aguza el oído. Fuera no hay ruido. Los guardias deben de estar medio dormidos. Pasa el pestillo sigilosamente.
Entonces se gira y va hacia el cofre. La luz de la luna entra por el portillo e ilumina los diamantes, que se reflejan en sus ojos. Son unos ojos en los que no hay codicia. Solo esperanza.
Coge el cofre. Fuera se oye ahora un ruido. Se queda quieto en el sitio, preparado para volver a dejarlo sobre la mesa si llaman a la puerta. Nada. Silencio total. Debe de haber sido un guardia cambiando de posición para no dormirse.
Se quita el collar con la pequeña llave.
La introduce en la cerradura del cofre y lo abre.
Su sorpresa es mayúscula. ¿Un humilde cáliz?
Ahora que lo ha abierto, sin embargo, no puede dudar.
Desenfunda su gumía y la acerca al cáliz.
Una extraña sensación de euforia se apodera de él mientras con la gumía quiebra una astilla del cáliz.
Una vez lo ha hecho, gira el cáliz para que la marca no sea evidente cuando el Emir de Denia abra el cofre.
Lo cierra y lo vuelve a dejar en la mesa. Está temblando, pero una felicidad absoluta que no vivía desde que nació su hija lo posee ahora, mientras guarda la astilla en la pequeña bolsita llena de monedas de oro que siempre lleva encima.
No sabe por qué, pero ahora está seguro de que su hija se salvará.
Barcelona, calle Anglí
Tocan la campanilla del Monasterio de Sant Pere de les Puel·les, que tintinea rompiendo el silencio de la calle Anglí, en pleno Sarrià. Huele a jardín húmedo.
Detrás de la reja intuyen movimiento; unos pasos que se acercan, silenciosamente.
Carrau se toca nervioso los nudos del hábito.
¿León? ¿Cómo demonios irán? ¿Y realmente encontrarán algo allí?
¿Dónde buscar dentro de la Casa Botines?
¿Y por qué? Entonces, entre el mar de dudas, la imagen de la Pubilla tendida en la cama se le aparece.
La cosa más bella que ha visto nunca. El rubor de las mejillas recuperado milagrosamente; la cadenita con el Objeto descansando delicadamente sobre su pecho.
Sus ojos negros, cerrados por el coma. Tiene que encontrarlo por ella. Cueste lo que cueste.
—Buenos días, padres. ¿En qué los puedo ayudar? —la suave voz de la monja tornera interrumpe los pensamientos de Carrau. Susurra desde detrás de la reja de clausura, el rostro en la penumbra, bajo la toca. El olor a cera e incienso les llega desde el frescor del interior del monasterio.
Bruder le pasa la misiva lacrada con el sello de Montserrat por debajo de la rendija.
—Hermana, llévele esta carta del Abad de Montserrat a la madre superiora, por favor.
La monja tornera coge la carta y desaparece adentro, dejando a Bruder y a Carrau esperando en la calle.
Ahora pasa un viandante, que mira con curiosidad a aquellos dos frailes tan diferentes que están en la puerta del convento.
Carrau esconde un poco más la cabeza bajo la capucha franciscana, temiendo ser reconocido.
La sor tornera vuelve al cabo de poco rato y les dice que el capellán de la casa los recibirá en el lado exterior del locutorio. Unos minutos después, entran en el atrio y desde allí a la sala que hace de locutorio. Una reja divide la parte de clausura del exterior. El mosén los espera allí.
Después de hablar con él diez minutos, ya ven que el capellán solo sabe decirles generalidades, por lo que Bruder insiste en contar con la presencia de la sor bibliotecaria, ya que tendrá acceso a mapas.
Cuando la hacen avisar, ella sí les indica, desde el otro lado de la reja, el mejor itinerario hasta llegar al Ebro.
—Muchas gracias, sor Eulàlia —le dice Bruder, mientras ella deja el plano en el torno. El sacerdote lo recupera con un chirrido y lo analiza con detenimiento, como si tuviera que aprobarlo. Después se lo pasa.
La monja ha marcado el trayecto que tienen que hacer, saliendo en tren desde la Estación de Francia, hacia Tarragona y Reus, pasando por Móra la Nova y llegando a Caspe.
En un apunte final, la monja les dice:
—Con todo, si los hermanos quieren viajar con discreción, les aconsejo que eviten Caspe y bajen una o dos estaciones antes. En Riba-roja d'Ebre o en Faió, y después a pie hasta Mequinenza, por el camino de sirga. Allí deberían poder cruzar el río.
Carrau mira hacia el interior del locutorio, a la sombra que les habla. Un cambio de luz repentino le deja ver por unos instantes los ojos inteligentes de la monja, que asiente mientras los mira desde dentro del locutorio, con una leve sonrisa.