XII #2
—Viles delincuentes, Dios mío. ¡Y alguno muy joven! —y lo dice mirando precisamente la fotografía que acompaña su descripción. Por suerte han cogido una fotografía de cuando lo alistaron, casi adolescente y sin barba.
—¡Ofrecen doscientas mil pesetas! Eso es una auténtica fortuna —exclama el inspector tocándose la barbilla—. Debe de ser un asesino verdaderamente peligroso.
Carrau no sabe si arrancar a correr.
Se cubre la cabeza con la capucha y la gira fingiendo que observa a los soldados que hacen instrucción, ahora bastante cerca de él. Intentando evitar que el otro lo pueda reconocer.
Como intuyendo que algo está fuera de lugar, y cuando ya parecía que iban a separar sus caminos, el inspector se lo repiensa y les dice:
—Si no les importa, dado que tengo todavía una hora hasta mi cita, les acompañaré un trecho hasta la subida de la Avenida de la Victoria.
Carrau mira a Bruder para ver si a este se le ocurre alguna manera de deshacerse del policía. Bruder también mira los carteles. Por la mirada espantada que le ha dirigido a Carrau, se diría que lo ha reconocido en la fotografía. Con todo, mantiene la calma y se limita a contestar afablemente.
—Nos honra usted, señor inspector. Agradecidos de que nos indique el camino y quiera usted acompañar a estos dos pobres frailes —dice con sangre fría.
¡No!, piensa Carrau. Un pellizco frío le recorre el estómago.
El alemán no sabe lo que hace. Ahora sí que otea los campos más allá y sopesa si llegaría si arrancara a correr.
Ve que los dos policías de la garita no van armados; el inspector, muy probablemente sí.
Y el pelotón, que ya se acerca, también, hecho que le hace desestimar la opción de la huida.
El ruido de las botas desfilando parece querer entrar en su cabeza.
—Perfecto… es hacia allí —les dice el inspector señalando con la mano hacia delante, con un gesto marcial.
Y así inician el trayecto a pie por el lado de la avenida.
Caminan dejando atrás los edificios de la prisión y la academia militar.
Ahora ya no hay ninguna otra construcción más que campos y jardines.
Pese a la paz que se respira, Carrau solo oye los latidos acelerados de su corazón mientras avanzan avenida adelante.
Después de dejar atrás la Diagonal, suben por la avenida de Pedralbes. Van por el lado de los jardines de la Finca Güell. Al otro lado de la avenida se puede ver la masía de Can Canet.
Bruder y el inspector van hablando animadamente. Parece que las sospechas de hace unos instantes ya están olvidadas. Carrau los mira de reojo.
—¿Y de dónde es usted? —le pregunta Bruder al policía.
—Soy hijo de Astorga —le responde ufano este—. ¿Lo conoce?
—No he estado nunca, pero me gustaría visitar las murallas romanas. Y las famosas termas de Asturica Augusta —recita Bruder en latín.
Carrau camina en silencio a su lado, con la capucha del hábito todavía puesta. Intenta ver si bajo la americana el otro lleva pistola.
—Si me permite la pregunta, padre. Antes ha reconocido usted que serví en el ejército. ¿Fue usted militar en el pasado? ¿Estuvo en la guerra mundial? —pregunta el inspector.
La pregunta parece coger por sorpresa a Bruder. Carrau lo mira intrigado.
—Aunque no tiene casi nada de acento —añade perspicaz el inspector—, diría que es usted alemán.
—Efectivamente. Fui reclutado como muchos otros monjes del convento y enviado al ejército.
—¿Entró entonces usted en combate? —el policía ahora se ha detenido y lo mira atentamente.
—No, no. Debido a mis conocimientos de historia, me integré en un grupo especial del ejército en esa área.
—¿Y cómo se denominaba esa unidad?
Bruder duda a la hora de contestar y guarda silencio un instante. El policía continúa caminando, como si restara importancia al tema. La tensión parece haber vuelto de repente.
Bruder inspira lentamente, midiendo las palabras, antes de contestar fríamente.
—La unidad se denominaba Ahnenerbe.
—¿Los que estuvieron en el Himalaya y en el Tíbet? —sonríe encantado el inspector—. Y en Montserrat, según me habían contado.
Bruder esboza una sonrisa lacónica y continúa caminando. Carrau lo mira con otros ojos. ¿En Montserrat? ¿Podría ser que la búsqueda de Bruder viniera de aquella época?
Entonces el policía se detiene y señala algo delante de él.
—¡Y aquí la tenemos! ¡La Puerta del Dragón de Gaudí! Junto con la Casa Botines en mi patria chica, León, ¡mis dos obras predilectas del genial arquitecto catalán!
Carrau se gira sorprendido hacia la puerta. El gran dragón de hierro forjado parece mirarlo con ojos brillantes y feroces. A punto de saltarle encima y devorarlo.
El inspector los acompaña hasta la puerta del Monasterio de Pedralbes y allí se despide de ellos, no sin antes volver a mirar a Carrau de arriba abajo.
Entran en los jardines del monasterio mientras lo ven alejarse avenida abajo.
Carrau se quita la capucha, visiblemente aliviado. Está todo sudado. Bruder le pregunta sin rodeos.
—Hermano, ¿eres tú el de la fotografía?
Carrau lo mira fijamente y le responde.
—Sí. Pero todo lo que decía es falso.
Y le explica cómo fue el ataque del Capataz y el rescate de la Pubilla. Bruder está más interesado en los detalles del Objeto.
—¿Y este era el Objeto del que me hablaste en Montserrat? ¿Y ahora dónde está?
Carrau recuerda entonces las preguntas del inspector sobre el pasado militar del monje alemán, y le responde con una pregunta.
—¿Habías estado antes en Montserrat como parte de la investigación con los militares?
El comentario incomoda mucho a Bruder, que levanta las dos manos y contesta.
—No, no. Yo nunca participé en tareas de… digamos, de campo. Todo mi trabajo se desarrolló en Berlín. Yo no hacía muchos años que estaba en el monasterio y me vi obligado a trabajar para los nazis, como mucha otra gente. Mi trabajo se centró en otros aspectos históricos —se justifica.
Esto parece contentar a Carrau y ahora que han perdido de vista al inspector, Bruder aprovecha para cambiar de tema.
—¡Volvamos a la Puerta del Dragón! —exclama, y sin esperar a que el otro conteste, comienza a bajar por la avenida.
Carrau todavía duda. Piensa que quizá se pueden volver a encontrar al inspector y se pregunta cómo le explicarían el cambio de planes. Pero Bruder está decidido y ya le ha sacado unos cuantos metros.
—¡Espérame, Bruder! —le grita. Y comienza a caminar deprisa detrás de él.
Bajan por la avenida y cuando llegan delante de la Puerta del Dragón, Carrau vuelve a tener la sensación de que los ojos de la bestia de hierro lo miran fijamente. Ahora se levanta un poco de viento que hace vibrar la puerta.
Bruder le señala la escultura del naranjo cargado de fruta. Está encima del pilar de ladrillo visto y piedra, que hace de parte fija de la puerta.
—Gaudí convirtió las manzanas de oro del jardín de las Hespérides en naranjas, un fruto mediterráneo y cercano —Bruder entorna los ojos, lleno de satisfacción al contemplar la obra.
—¿Como las manzanas de Adán y Eva? —pregunta Carrau.
—En la mitología clásica —le explica Bruder—, las manzanas de oro son un tesoro divino, fuente de inmortalidad.
Reservado solo a los dioses o a los héroes que hayan superado pruebas extraordinarias.
Esto lo adaptó la tradición judeocristiana con el árbol del Jardín del Edén —y se ajusta las gafas, asintiendo.
Carrau no puede apartar la mirada de los ojos de cristal.
—Esos ojos —dice, como hechizado.
—¡Demoníacos! —sonríe Bruder.
Pasan un rato mirando por la puerta y el muro de ladrillo, pero no encuentran nada. El viento a ráfagas parece molestar más y más a Bruder.
—Vamos hacia el convento de las Clarisas. Seguro que nos darán un bocado. Aquí no hay nada.
Así que vuelven a subir avenida arriba. Van cabizbajos porque no han conseguido encontrar lo que buscaban.
Con todo, cuando no han dado sino un centenar de pasos, Carrau se gira y arranca a correr abajo hacia la puerta.
—¿Adónde vas, Fra? —le grita Bruder, que mira inquieto alrededor.
—¡Los ojos! ¡Se movían! —responde Carrau.
Cuando llega de nuevo delante de la puerta, Carrau se acerca, hipnotizado por los ojos del dragón. Alarga una mano.
—¿Los quieres tocar? —dice Bruder alarmado, resoplando todavía por la carrera avenida abajo.
Carrau toca el ojo derecho del dragón. Es de cristal rojo y ve que baila un poco.
—No son fijos. He visto cómo vibraban con el viento —dice mirando a Bruder.
—¿Qué quieres decir? —Bruder se acerca ahora también intrigado hacia la cabeza de hierro de la bestia.
Carrau gira ligeramente el ojo del dragón y el cristal cede con un clic y se le queda en la mano.
—¿Qué has hecho? —grita Bruder, e instintivamente mira alrededor, pero nadie baja por la avenida ni se ve un alma en la masía del otro lado de la calle.
No sabe muy bien por qué, pero Carrau levanta el ojo hacia el sol y lo mira a contraluz.
—Hay una inscripción. ¡Es la misma que en el trencadís de Montserrat!
Bruder le arrebata el ojo de cristal y lo mira también a contraluz.
«ΔΡΑΚΩΝ»
Mientras tanto, Carrau está ya haciendo girar el ojo izquierdo del dragón. El cristal cede también con un clic y él lo pone a contraluz.
—Este tiene una inscripción diferente —le dice a Bruder, pasándole el óculo.
Bruder lo mira y lee lo que pone:
«ΛΕΩΝ»
—Leōn… —murmura el monje.
—León. La Casa Botines —remata Carrau, recordando lo que había dicho el inspector.
Bruder vuelve a encajar los ojos de cristal con un clic y el dragón los mira ferozmente.