XII
El Aéreo baja de manera imposible hacia Monistrol. Carrau no ha visto nunca nada como aquello. Se agarra fuerte al asidero que hay al lado de la ventana mientras la cabina amarilla del teleférico se desliza hacia abajo, como volando. Los nudillos, blancos de la fuerza que hace sin darse cuenta.
Mira embelesado por la ventana las imponentes agujas que desfilan impasibles bajo el cielo de la mañana. ¡Y abajo, el Llobregat serpenteando por entre viñas, campos y algunas masías, que se ven pequeñas desde allá arriba, como si fueran de juguete!
A su lado, Bruder lee imperturbable, pese a las sacudidas, uno de los libros que ha cogido del zurrón.
Totalmente ajeno al paisaje y a la acción, como si hubiera hecho muchas veces aquel trayecto.
El libro está en latín y de vez en cuando se le oye ronronear frases en este idioma mientras se ajusta las gafas redondas.
No le costó mucho al alemán convencer al Abad de que los dejara marchar hacia Barcelona, con la excusa de proseguir su investigación. En todo momento se presupuso que el Fra lo acompañaría.
Una vez descubierta la inscripción misteriosa en el trencadís del Primer Misterio de la Gloria, Bruder le había dejado claro que ya sabía adónde tenían que ir.
Carrau no conoce casi nada de la obra de Gaudí, más que lo que le había explicado su padre, y por lo tanto cuando lo oyó hablar de la Puerta del Dragón en Barcelona, no supo muy bien a qué se refería.
¿La Puerta del Dragón? Todo aquello sonaba a quimera.
Pero nada de esto se lo explicaron al Abad.
Bruder solo le dio explicaciones vagas sobre indagaciones que tenían que hacer sobre el terreno.
El Abad solo asentía y miraba intrigado a Carrau, como sopesando todavía la sorprendente misiva que le había traído de parte de su viejo amigo, el franciscano que vivía en el Pueblo.
Una vez están en tierra, cogen el siguiente tren de los Ferrocarriles Catalanes, que los llevará al centro mismo de Barcelona. Bruder paga los dos billetes con dinero que saca de su zurrón. Carrau lleva otro, lleno de la comida que los monjes les han preparado para unos cuantos días.
En el vagón solo hay unos comerciantes que van a la ciudad y que no dejan de hablar de sus negocios durante el trayecto.
Mientras cruzan por encima del puente del Llobregat, Carrau mira las chimeneas humeantes al otro lado.
Pasan junto a depósitos y almacenes, y de vez en cuando junto a algún huerto que parece secuestrado en medio de toda aquella modernidad.
El olor rancio del agua estancada del río es sustituido por los olores que vienen de las fábricas.
Ahora por la ventana puede ver una de las colonias de trabajadores, mientras la garganta y la nariz le pican por una vaharada que parece de jabón o de sosa cáustica y que viene de la fábrica que acaban de dejar atrás.
Carrau se toca los nudos del hábito de franciscano mirando inquieto a los comerciantes por si se giran.
El ruido metálico de las ruedas y la tensión que siente por el hecho de ser un fugitivo hacen que su mente vuele a la primera vez que cogió un tren.
Fue cuando se presentó en la oficina de alistamiento, en la Vila, después de que Madre hubiera podido hablar por teléfono con la mujer del Coronel, el amigo del Vecino.
No sufra, que una vez haya hecho la instrucción, mi marido lo reclamará e irá a sus oficinas.
Muchas gracias, señora, pero tenga en cuenta que mi hijo solo ha trabajado de payés.
Pues mi marido ya le hará hacer de chico de los recados.
No sé cómo se lo podré pagar, señora. No se preocupe, mujer, no se preocupe.
En la Vila los hicieron subir a un tren borreguero que iba lleno de soldados de la quinta del biberón como él. Muchachos asustados, con el miedo escrito en la cara, que se iban a la guerra. Y los llevaron hacia Terrassa, al campo de instrucción de Torrebonica.
Una vez hecha la instrucción, lo destinaron a la compañía del Coronel, como le había prometido su esposa a Madre.
Pero resultó que toda aquella unidad había sido también movilizada hacia el frente del Ebro, que estaba en situación crítica.
Así que, en vez de chico de los recados, pronto se convirtió en un enlace.
Le tocaba atravesar a menudo zonas de fuego enemigo o líneas de combate llevando mensajes del Coronel para otras unidades.
Corriendo como una liebre, desafiando el peligro hasta el día de la bomba que lo dejó sordo de un oído.
—Los billetes, por favor, padres.
La voz del revisor lo hace volver con un sobresalto a la realidad.
El funcionario mira a los dos frailes con curiosidad, especialmente al franciscano mendicante.
Carrau desvía la mirada y ve que el tren se ha llenado bastante de pasajeros que van hacia la ciudad.
Bruder saca los dos billetes y el revisor los pica con su maquinita y continúa vagón adelante.
Ahora ya están entrando en el túnel que los llevará a la estación subterránea de plaza de España, en Barcelona. Y mientras el tren se zambulle en el túnel, Carrau siente que se adentra en un misterio todavía más oscuro que la guerra.
La estación está a rebosar de gente. Carrau se siente fuera de lugar vestido de franciscano en medio del gentío. Con todo, la gente va atareada y nadie se fija en los dos monjes que atraviesan el vestíbulo y suben escaleras arriba para emerger en la plaza de España.
En la plaza, Bruder pregunta a un viandante y decide que la mejor opción es coger el tranvía número 56.
—Tenemos que ir hasta la parada de María Cristina, en la Diagonal —le comenta Bruder. Carrau asiente.
Caminan hacia la fuente monumental y esperan en la parada. El día es soleado y la humedad de la proximidad del mar los hace sudar bajo los hábitos. Por la plaza, bajo la atenta mirada de las torres venecianas, giran coches, camiones y algún carro.
La actividad es frenética y se quedan embelesados mirando el tráfico mientras esperan.
El tranvía llega al cabo de un rato, es de color crema y rojo.
Está también lleno de gente hasta arriba.
Cuando consiguen meterse dentro, un señor de mediana edad les cede amablemente su asiento y Bruder se sienta agradeciéndoselo.
—¿Adónde van ustedes, padres? —les pregunta.
—Al Monasterio de Pedralbes —contesta Bruder.
El hombre sonríe, aparentemente complacido de que el monje rechoncho, que parece extranjero, hable tan bien el castellano.
—¿Van ustedes adonde las hermanas Clarisas? —sigue intrigado, mientras mira a Carrau de arriba abajo.
—Efectivamente. Mi hermano franciscano se quedará un tiempo en el Conventet.
—No es muy hablador su hermano —dice el hombre, que no le quita los ojos de encima a Carrau. Este calla incómodo, de pie agarrado a la barra del tranvía.
—Es que ha hecho voto de silencio como penitencia —justifica Bruder sonriendo detrás de sus gafas redondas.
Parece sabérselas todas, piensa Carrau.
—El silencio es prudente en los tiempos que corren —sentencia el hombre mientras se acomoda la americana.
El tranvía entra ahora en la Diagonal. En el cartel de la calle se lee Avenida del Generalísimo.
A medida que avanzan avenida arriba, van dejando atrás los bloques de pisos altos y las viviendas.
Una vez pasada la plaza de Calvo Sotelo, la ciudad parece ceder definitivamente y el paisaje se vuelve más rural, con campos, alguna masía y también palacetes ajardinados.
Carrau ve de reojo que el hombre lo observa, pero evita el contacto visual directo.
Cuando se acercan a la parada de María Cristina, un edificio imponente y de aspecto pavoroso les queda a mano izquierda.
El tranvía ya se ha vaciado casi del todo y aparte de ellos dos y el señor, solo queda una familia.
La que debe de ser la madre está sentada y llora mientras un niño, su hijo probablemente, intenta consolarla.
El padre está de pie y mira con dureza el edificio.
—Supongo que serán familiares de alguna presa —les dice en voz baja el hombre—.
Hago este trayecto a menudo hasta la Academia de Oficiales —y con esto les señala otro edificio que les queda a mano derecha de la parada, al otro lado de la avenida—, y cada día es igual.
Los que lloran es que tienen a alguna hija, hermana o madre en la cárcel de mujeres.
—¿Es usted militar? —le pregunta Bruder.
—En su momento serví unos años, nada del otro mundo, padre —le responde el hombre sonriendo.
Ahora el tranvía se ha detenido y efectivamente la familia baja y se dirige hacia una garita que hay cerca de la parada y que guarda el acceso a la prisión de mujeres de Les Corts.
Ellos bajan también en compañía del hombre. En la garita hay dos policías y de la Academia Militar sale ahora un pelotón de reclutas marchando al paso.
Los dos policías saludan al hombre marcialmente.
—Buenos días, inspector Domínguez.
—Buenos días, señores —les devuelve el saludo el hombre.
Y entonces mira de nuevo a los dos frailes:
—Inspector Domínguez, para servirles, padres —les dice con una media sonrisa irónica, ahora que se ha revelado su identidad de inspector de la secreta.
—Que tenga buenos días, señor inspector —le contesta Bruder a modo de despedida.
En la parada hay colgados unos carteles con los fugitivos más buscados. Son fotografías en blanco y negro, con descripciones debajo de los delitos por los que se les busca.
Entonces, Carrau ve con horror su fotografía.
Siente cómo el corazón se le acelera y el sudor frío le cae por la espalda.
¿Cómo han podido ir tan deprisa? ¡Si solo hace unos días que huyó del Pueblo!
Bajo la fotografía de Carrau se puede leer:
«¡Peligroso asesino! Buscado por matar a un hombre y por dejar en coma a una rica heredera. Los arrojó a un pozo».
El inspector, al ver que Carrau se ha quedado inmóvil mirando fijamente las fotografías, las mira también con curiosidad.