Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XI
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XI

La excelsa rama para asir el griego

avanza, y desenróllase deforme

dragón, vibrando por los ojos fuego;

blande, cual lanza, en derredor su enorme

cola, y con garra y dientes inhumanos

por poco le cercena entrambas manos.

Él hurta el cuerpo, y con el pie, sereno

la cabeza le aplasta, el monstruo humilla

el vuelo casi exánime; veneno

sanguinoso las flores amancilla,

y su mirada, que espantosa vaga,

cual luz de exhausta lámpara se apaga.

Muriendo, al tronco enróscase y se anuda

haciéndolo crujir y descuajarse

entre las bascas de la muerte ruda,

y al verle las Hesperias desangrarse,

con doliente y tristísimo lamento

alzan al cielo el virginal acento:

—Atlántida, ¡ay de ti! Mas ¡ay de aquellos

que madre te llamaron! Los destellos

del alba nueva acaso no verán.

Pues ya de nuestro Padre el vaticinio

se cumple, y condenados a exterminio

Atlantes, Dioses, Patria a morir van.

Gaudí, de pie junto a la Puerta del Dragón, cierra el ejemplar de La Atlántida con cuidado.

La voz épica de Jacint Verdaguer todavía parece vibrar en el aire.

El dragón Ladón lo mira con sus ojos de fuego.

Contemplándolo con la mandíbula abierta y las alas inmóviles, atrapado eternamente en la lucha, guardián perpetuo del jardín de las Hespérides que el mismo Gaudí ha forjado en la Finca Güell.

Completamente solo, allí delante de la obra acabada, le viene a la mente cuando conoció a Eusebi Güell, su mecenas.

El señor Comella le había encargado un expositor de guantes, para su tienda.

Él vio en aquella vitrina una oportunidad de expresar sus ideas.

La hizo en el taller de su amigo, Eudald Puntí, en la calle de la Cendra.

La base de madera, reforzada en los ángulos con contrafuertes decorativos.

El cuerpo de seis cristales y una cubierta de dos vertientes.

Las dos pequeñas piezas metálicas para unirlo todo, en discreta disposición.

Y coronándola, la cresta metálica, con la decoración de motivos vegetales.

Cuando Eusebi Güell vio la vitrina en París, en la Exposición Universal, quiso saber quién había sido el artífice.

Impresionado, cuando volvió a Barcelona, lo buscó.

Y se conocieron, precisamente, en el taller de Eudald.

Gaudí se estremece al recordar cómo, por primera vez, alguien entendió verdaderamente su visión del mundo.

Sumido como está en sus pensamientos, Gaudí no oye llegar al hombre hasta que ya está a su lado. Su voz grave lo sorprende.

—Maestro Gaudí, se ha superado —dice el hombre mirando el dragón—. Seguro que Mosén Verdaguer se entusiasmará cuando lo vea.

Gaudí se gira con un sobresalto. A su lado hay un mosén, vestido de negro riguroso con el alzacuellos clerical blanco, una muceta negra de canónigo y una cruz sobre el pecho.

—Disculpe, monseñor. No creo tener el honor —comienza a decir Gaudí. Pero entonces, cuando vuelve a mirar la cara seria de su interlocutor, lo recuerda—. ¡La defensa de mi proyecto final de carrera! ¡Con el profesor Rogent! ¡Usted estaba allí! Recuerdo aquella mirada, severa pero justa.

—Veo que tiene buena memoria, Maestro Gaudí —responde complacido el mosén—. Soy el Canónigo Josep Torras i Bages.

Gaudí hace una reverencia.

—Un auténtico placer, reverendísimo señor Canónigo.

—Ya hace tiempo que sigo su progresión, Maestro Gaudí. De hecho, desde que casualmente una persona de mi absoluta confianza vio precisamente los planos de su paraninfo.

—Ya comprobó que el tribunal no apreció mucho aquella propuesta, mucho me temo. Aprobado justo —contesta Gaudí.

—Pero, en cambio, mucha otra gente sí la supo entender. Y supo apreciar la promesa que en ella se vislumbraba.

—¿La promesa, dice?

—Sí, y este Dragón Ladón y este jardín de las Hespérides no son sino una confirmación total de que esa otra gente no iba errada.

—Monseñor, me temo que no lo estoy siguiendo.

—Para que pudiera hacerlo, tendría que explicarle primero una historia antigua.

Una historia descubierta recientemente por uno de nuestros estudiosos, escondida en unos pergaminos del Califato Fatimí de Egipto que la Iglesia custodia desde las cruzadas.

¿Conoce a Muyahid, el antiguo esclavo que llegó a ser Emir de Denia?

Gaudí hace que no con la cabeza. En sus ojos brilla su curiosidad natural.

—Pues escúcheme bien, porque esta historia le concierne más de lo que piensa.

Y entonces, Torras i Bages comienza a narrar con voz pausada pero intensa:

Muyahid era un niño cuando Almanzor, el que fue el más glorioso Califa de Al-Ándalus, lo compró como esclavo. Le enseñó poesía, pero también guerra. Belleza, pero también muerte. Con los años, aquel muchacho llegó a ser su guerrero más temido…

8 de agosto del año 997. Muyahid tiene 26 años

La lucha a las puertas de Iria Flavia es encarnizada. El día es gris y parece presagiar muerte. Un fuerte olor a hierro oxidado impregna el aire, quizá por la sangre derramada.

La caballería musulmana choca una y otra vez contra la milicia local que defiende la ciudad episcopal.

Hay algunos soldados, pero el grueso de la guardia está atrincherado en la sede episcopal.

La mayoría de los que luchan en la calle son campesinos y artesanos que han sido equipados a toda prisa con lanzas y espadas cortas, cascos de cuero y escudos de madera reforzada.

Luchan con desesperación, por su vida. Se saben el último bastión antes de Santiago y parecen estar consiguiendo debilitar a los musulmanes.

Entonces el líder musulmán grita a sus tropas desde lo alto de su caballo:

«!انسحاب »

Insihab!

¡Retirada!

Los jinetes musulmanes se miran entre ellos, pero nadie osa contradecir a Muyahid. Este hunde su saif en la espalda de un miliciano, que lanza un grito espeluznante, y después levanta el sable ensangrentado y vuelve a gritar:

«!انسحاب! بسرعة »

Insihab! Bisur'a!

¡Retirada! ¡Deprisa!

Con esto gira el caballo blanco y comienza a galopar en dirección a las afueras de la ciudad.

La milicia cristiana enloquece a gritos. No pueden creer que lo hayan conseguido:

—¡Se retiran! ¡Victoria!

El capitán de la guardia contempla la escena desde lo alto del Palacio Episcopal, junto al obispo Pelayo Rodríguez.

—¡Rápido! ¡A los caballos! ¡Perseguidlos! —exclama, contagiado también del fervor que les ha insuflado la retirada de los musulmanes.

—¿Cree que es prudente abandonar la sede episcopal? —le pregunta el obispo—. Podría ser una trampa.

—¡Monseñor, es el mismo diablo Muyahid, a quien estamos en disposición de derrotar y capturar! Ha sembrado el terror y la muerte por allí donde ha pasado, desde que Almanzor inició su aceifa hacia el norte. Arrasan nuestras villas y matan a todos, sin hacer prisioneros.

Dicho esto, el capitán abandona el Palacio y monta en su caballo para dirigir la persecución. Los caballeros de la guardia episcopal lo siguen, saliendo en formación de la ciudad.

A diferencia de los que combatían en las puertas, sus armaduras son pesadas y los caballos de batalla van acorazados. Forman el grueso de la tropa que protege al obispo.

Bajo las corazas, los caballeros sudan, bajo el cielo encapotado. Cruzan la puerta de la ciudad en medio del clamor de los aldeanos. El capitán va seguido del abanderado, que lleva la cruz roja sobre el fondo blanco.

Ante ellos, se escapan ganando distancia los guerreros árabes. Sus corceles son ligeros, ágiles y resistentes. Huyen en retirada hacia una zona boscosa situada a las afueras de la ciudad.

Mientras cabalgan, Muyahid aprovecha para girarse y con su arco compuesto lanza flechas precisas contra la tropa que los persigue. Sus flechas abaten al abanderado, que cae muerto pesadamente al suelo. Esto no parece sino enfervorizar todavía más a los cristianos.

—¡Adelante, no desfallezcáis! ¡Tenemos que atrapar a este demonio! —grita el capitán cristiano mientras espolea su corcel y blande la espada en dirección al bosque donde han desaparecido los andalusíes.

Cuando la tropa perseguidora llega al bosque, este los recibe silencioso y sombrío. La caballería entra en tromba, rompiendo el silencio.

Enfilan por el estrecho camino que han seguido los guerreros de Muyahid. Con todo, no han hecho sino un centenar de metros cuando tienen que reducir al trote, ya que las ramas les impiden avanzar más deprisa.

Se adentran más y más en aquel bosque, que es tan denso que parece haberse hecho de noche de golpe. Ahora ya van al paso. Los caballeros están desconcertados. La euforia de hace unos instantes, olvidada.

—¡Malditos! —exclama su capitán clamando contra la oscuridad que los envuelve. Comienza a temer que quizá los árabes se le escaparán de las manos.

Como si este grito hubiera sido una señal involuntaria, una lluvia de flechas rompe el silencio. Su silbido mortífero es seguido por los gritos de dolor y de horror de caballeros y caballos. El caos se apodera de todos ellos.

—¡Es una emboscada! —gritan.

El caballo del capitán gira sobre sí mismo mientras su jinete mira con terror cómo su tropa es descuartizada implacablemente por el alud de flechas.

Entonces una saeta le atraviesa la mejilla, por el lado del protector metálico nasal. Cae del caballo con un dolor insoportable mientras intenta en vano sacarse la flecha clavada.

Los musulmanes irrumpen aullando de las sombras del bosque para rematarlos. Los pocos caballeros que han sobrevivido a la descarga son abatidos cuando intentan escapar enloquecidos.

Un guerrero se aproxima al capitán, su gumía brillando en la noche del bosque.

—¡Muyahid! —exclama el capitán antes de morir.

Después de esta victoria, las tropas de Almanzor avanzaron prácticamente sin oposición hasta Santiago, en muchos tramos guiadas por nobles gallegos rivales del rey cristiano.

Al llegar a Santiago, dos días después, el mismo Muyahid cortó las cuerdas de las campanas de la Catedral y estas fueron llevadas a lomos de esclavos cristianos a Córdoba, como botín.

Almanzor, en recompensa, lo nombró general.

Año 1010, macizo del Montgó. Muyahid tiene 39 años

Muyahid contempla el mar y la fortaleza de Denia, evaluando su muralla de recinto doble, con alcazaba y albacar. Sus guerreros, poco más de medio centenar, lo observan en silencio, esperando órdenes.

Todavía oye el choque de espadas, el grito agónico de Almanzor herido por una flecha.

Almanzor, su mentor, al que amaba como a un padre.

Sucedió cerca de Soria, hacía ya casi ocho años.

Fue en un pueblecito llamado Calatañazor.

Todos los reyes cristianos se aliaron y les plantaron cara.

Derrotados y con Almanzor herido, se retiraron a Medinaceli. Allí murió.

El alba despunta sobre la blancura de tu rostro

y la victoria y el triunfo son pruebas de tu valentía.

Los versos de la casida, que uno de los poetas predilectos del visir le dedicó, resuenan dentro de su cabeza mientras ordena a sus guerreros descender sobre Denia.

Aquel día Denia fue conquistada casi sin derramar sangre, después de que su guarnición se rindiera.

Bajo el reinado del antiguo niño esclavo convertido en emir, la taifa de Denia vivió una época de esplendor, llegando a tener una flota de más de cien barcos, y conquistando las Islas Baleares y parte de Cerdeña.

Año 1021, Muyahid tiene 50 años

—Amīrī, un barco ha llegado de Egipto. ¡Trae noticias terribles y una petición del mismo Califa!

Muyahid está reunido con sus lugartenientes en la sala de mapas. Están preparando un nuevo intento de invasión de Cerdeña, después de los anteriores fallidos.

—¿Qué petición? —pregunta Muyahid levantando la vista del mapa del Mediterráneo que tiene delante, sobre la mesa.

En vez de responder, el chambelán hace una reverencia, se dirige hacia la puerta y hace pasar a un visitante. El hombre se postra ante el emir.

—Sayyidī, traigo una misiva del mismo Califa —le dice sin levantar la cabeza del suelo. En la mano tiene un sobre lacrado.

El chambelán le coge el sobre y se lo da a Muyahid. Este lo abre y comienza a leer.

«Muyahid, amigo fiel y defensor de nuestro pueblo: te dirijo estas palabras mientras el hambre devora las calles de El Cairo. Una plaga ha arrasado las cosechas, y no tengo pan ni esperanza que ofrecer a los míos. Te ruego, por lo que más quieras, que no nos volváis la espalda en esta hora oscura».

Muyahid queda conmovido por la desesperación del Califa. Mira al hombre que tiene postrado delante, las inclemencias de la travesía por mar reflejadas en la ropa maltrecha y en sus brazos morenos de sol.

—Detendremos la invasión de Cerdeña y enviaremos barcos con víveres a Egipto.

El hombre levanta el rostro del suelo y mira al emir con ojos emocionados.

—Emir Muyahid, su fama de hombre justo no es sino merecida. Las noticias de su ayuda al Califato Fatimí se extenderán por todo el Mediterráneo y los poetas cantarán alabanzas en su nombre. El Califa sabrá recompensarlo por este gesto.



Año 1044, Muyahid tiene 72 años

La barca que lleva a Muyahid bordea la costa bajo la luz de la luna llena. Una capa le cubre la espalda, protegiéndolo del frío.

Cuando llegan a la altura de la cueva donde tendrá que reunirse con el rey cristiano, el timonel ordena a sus hombres que cojan los remos y con mucho cuidado los conduce hacia la oscura entrada.

El emir mira la caja forrada de piedras preciosas, que tiene entre las manos arrugadas. La recibió del Califa de Egipto, hace muchos años. Como recompensa por enviarles comida durante el hambre que los asoló.

«Es algo muy preciado por los cristianos», decía el pergamino que le entregaron con la caja. ¿Cómo podía una cosa en apariencia tan humilde, que parecía mucho menos valiosa que la caja que la guardaba, ser tan importante?

El timonel deja el timón y enciende una antorcha. La mueve de un lado a otro. En la cueva, se enciende también una antorcha como respuesta.

Muyahid vuelve a mirar la caja, los diamantes brillando bajo la luz de las llamas, mientras los remeros hacen avanzar la barca hacia la cueva iluminada.

La taifa de Denia fue la única a la que no atacaron los ejércitos del Rey Fernando I. Las leyendas dicen que el Emir entregó al Rey un presente que no tenía precio para comprar la paz.