Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) X
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Aquella misma tarde

Los monjes que cuidan el huerto están encantados. ¡El franciscano recién llegado les está haciendo el trabajo de una semana él solo!

Con el hábito de franciscano ya limpio, Carrau trabaja bajo el sol en el huerto del monasterio.

Ha aprovechado para hacer más hondos los surcos entre los cultivos con la azada y después ha desbrotado las tomateras.

Contento de poder centrarse en estas labores que tan bien se le dan y olvidarse de los muchos problemas que tiene encima.

Está justo indicando a uno de los monjes cuándo es mejor plantar las patatas, cuando el Abad llega al huerto acompañado de un monje que abulta el doble que él.

—Padre Abad —saluda el monje que está con Carrau, y se retira hacia otra parte del huerto, intuyendo que la conversación quizá será privada.

—Fra, veo que está aquí trabajando —dice el Abad mirando complacido el huerto.

—Sí, padre. Ya tenía bastante de estar encerrado en la celda.

—Quería presentarle a una persona que creo que lo puede ayudar en su búsqueda.

Y con la mano hace un gesto de presentación hacia Bruder, que inclina la cabeza.

—Bruder, este es el hermano franciscano de quien le he hablado.

—Pax vobiscum —lo saluda Bruder.

Carrau también inclina la cabeza ante la mirada del Abad y responde igual que lo ha saludado Bruder.

—Pax, hermano.

—Bruder es un monje alemán que nos visita para estudiar documentos en la biblioteca del Monasterio —continúa el Abad.

Bruder se toca instintivamente las gafas y con un pañuelo que saca de dentro del hábito se enjuga el sudor de la frente. Su piel blanca y reluciente revela que no está nada acostumbrado a estar bajo el sol.

Carrau se pregunta qué puede tener que ver aquel monje de complexión robusta y aires de rata de biblioteca con sus tribulaciones.

—Sus investigaciones son de carácter teológico, pero podríamos decir que no se centran en los temas habituales… —con esto el Abad mira sonriendo a Bruder, que le devuelve la sonrisa y al hacerlo entorna los ojos detrás de las gafas.

Entonces Bruder continúa la frase que ha comenzado el Abad.

—Efectivamente, Padre Abad. Con todo, me atrevería a decir que se centran en uno de los misterios más significativos y fascinantes que tiene la Iglesia.

Carrau, cansado de las vueltas que están dando los dos monjes, le pregunta sin rodeos.

—¿Y cuál sería ese misterio, hermano?

Bruder lo mira a los ojos y le contesta:

—El misterio del Santo Grial.

Después de conversar brevemente en el huerto, Carrau ha sugerido un paseo casual por la Montaña. En su mente está el conjunto escultórico que vio en la subida. El conjunto con el trencadís que parece hecho por Gaudí. Quizá aquel monje tan culto sepa algo.

Bruder resopla tratando de seguir a Carrau.

—Como estás comprobando, hermano, no estoy muy acostumbrado a caminar por la naturaleza. Con todo —continúa casi sin aliento—, la excursión ha valido completamente la pena por la visita que hemos hecho a la capilla de la Santa Cueva.

Carrau continúa caminando a buen ritmo, mientras piensa que aquel monje alemán no calla ni debajo del agua. Y en un catalán perfecto, de libro.

—Un espacio humilde y austero, sin duda —sigue Bruder, mientras se pasa el pañuelo por la frente perlada de sudor—.

Excavado literalmente en la roca viva de esta montaña prodigiosa.

Supongo que sabrás que es en este lugar donde se dice que se descubrió la imagen de la Virgen Negra.

La fachada, rehecha a finales del siglo pasado, es de un estilo neorrenacentista que busca sencillez sin renunciar a la elegancia.

Carrau busca con la mirada la curva donde se encontrarán el grupo de esculturas, desconectando de la explicación detallada de Bruder, que ahora habla de la fuerza telúrica de la piedra en contraposición con la delicadeza de los elementos ornamentales añadidos por la piedad humana.

De repente, la luz del sol de la tarde, cálida y dorada, parece iluminar una parte de la pared un poco más allá de donde están ellos. Haciendo brillar el trencadís como un diamante engastado en la roca blanca.

—¡Allí está! —se le escapa a Carrau.

—¿Allí? ¿El qué, querido Fra? —acierta a preguntar desde más atrás Bruder.

El corazón de Carrau se vuelve a estremecer de nuevo ante la presencia de aquellas esculturas blancas como la luz del alba.

—¡Ah! ¡Las tres Marías! Y el ángel: «Resurrexit, non est hic». ¡Ha resucitado, no está aquí! —exclama Bruder con verdadero placer, mientras mira extasiado el conjunto de esculturas.

Carrau solo parece tener ojos para el trencadís brillante.

—¡El Primer Misterio de la Gloria! Encargado por la Lliga al arquitecto Antoni Gaudí.

En 1903, si no voy errado —continúa Bruder, que parece tener un conocimiento enciclopédico alrededor de cualquier tema sagrado—.

El Cristo es obra de Josep Llimona. Como tantas otras obras de Gaudí, sufrió muchas penurias para financiarse, y no se acabó hasta 1916.

—¿Gaudí, dice? —pregunta sobresaltado Carrau.

—Sí, Gaudí —Bruder mira con curiosidad al franciscano misterioso, que ahora ha dejado su semblante serio para emocionarse ante aquella obra—. No me había parecido que el arte sacro fuera de tu interés —le comenta como quien no quiere la cosa.

—Mi padre trabajó con Gaudí, era uno de sus picapedreros —responde Carrau, que parece decidido a dar algún detalle más a aquel monje culto, por si lo puede ayudar.

—¿De verdad? ¡Qué gran honor! He estudiado en profundidad todas las obras gaudinianas. Siempre he pensado que mucha de la simbología que emplea Gaudí parece relacionarse de alguna manera con mi búsqueda principal…

—Gaudí le dio a mi padre un Objeto para que lo escondiera —lo corta Carrau.

—¿Un objeto? —pregunta ahora verdaderamente intrigado Bruder, acercándose a Carrau y mirándolo directamente a los ojos—. ¿Qué tipo de objeto?

Carrau desvía la mirada y piensa en la Pubilla, la medalla de trencadís en su cuello, manteniéndola con vida. Y piensa en el mensaje que le dejó su padre en el fondo de la Falconera: «algo mucho más grande».

Entonces le dice:

—Un Objeto capaz de curar heridas.

—Un Objeto con estas propiedades… —exclama Bruder excitado una vez Carrau le ha explicado cómo sus manos abrasadas se curaron— parece algo muy cercano al tipo de reliquias asociadas al Grial en las leyendas antiguas.

Carrau lo escucha atentamente. No quiere desvelar nada más por ahora.

—¿Y qué forma tiene ese Objeto? —le pregunta Bruder.

—Es como una pequeña astilla. Algo que parece ser parte de una cosa mucho más grande.

—¿Una astilla? No conozco ninguna reliquia que tenga esa apariencia.

Carrau le explica entonces la fuerza que sintió dentro de sí, y cómo la astilla y todo lo que estaba en contacto con ella parecía refulgir.

—¿Sentiste una fuerza dentro? —pregunta pensativo Bruder. Y le vienen a la cabeza las historias que su padre explicaba a los turistas, allá en el castillo de Neuschwanstein. Las historias de Parsifal, el héroe ingenuo que fue el único que pudo acceder al Grial.

Bruder mira a aquel franciscano con un interés renovado. Sus manos no son las de un monje erudito, sino más bien las de alguien acostumbrado a trabajar al aire libre, a trabajar la tierra.

Los ojos claros de Carrau lo miran atentos.

Y esta mirada franca, piensa Bruder. Parsifal.

Entonces Carrau le dice:

—Cuando esta mañana he visto por primera vez el conjunto de esculturas, y en especial el trencadís, he sentido algo parecido.

—¿Parecido? ¿Parecido a qué? ¿Qué quieres decir? —Bruder habla ahora muy deprisa. Le sudan las manos. ¿Qué quiere decir con eso? ¿El Grial?

—Lo mismo que sentí cuando el Objeto me curó las manos.

Bruder tartamudea cuando le pregunta en voz baja:

—¿Y ahora lo sientes?

Por toda respuesta, Carrau se gira y camina hacia la cueva, hacia donde está el mosaico con la inscripción en latín, bajo el Cristo resucitado.

La Montaña misma parece contener la respiración mientras el rabassaire vestido de franciscano se acerca a la cerámica, que ahora parece refulgir todavía más. Dorada bajo la luz cálida de la tarde.

Carrau acerca un dedo a los fragmentos coloridos y señala una pequeña inscripción. No entiende los caracteres. Son muy pequeños, solo distinguibles si uno se acerca mucho. La toca con los dedos. Es rugosa al tacto.

—¿Qué es eso? —dice Bruder, acercándose hacia Carrau.

—No lo sé —le responde este. Su voz resuena extraña dentro de la cueva que aloja las esculturas.

Bruder se coloca bien las gafas e intenta leer los pequeños caracteres grabados en la parte de abajo del trencadís.

«ΔΡΑΚΩΝ»

—¡Drakōn! —dice en voz alta, mirando a Carrau con los ojos como platos, mientras un escalofrío intenso le recorre el espinazo—. Dragón, en griego antiguo.