IX
Cuando está seguro de que los policías con los que se ha cruzado delante de la capilla ya no lo podrán ver, sale del camino y se adentra en la sierra. Corre tan deprisa como puede por entre los arbustos bajos. Alejándose al máximo de sus perseguidores.
Su cabeza va dando vueltas a todas las posibilidades. ¿Habrán ido a casa? ¿Habrán interrogado a Madre? ¿Quizá habrán encontrado al Fra en la capilla?
¿Quién era el fraile con el que nos hemos cruzado? ¡Nos la ha jugado! Le parece oírlos rabiosos mientras sube sierra arriba.
Entonces, por el oído bueno lo escucha. Primero es como un eco lejano.
Un ladrido perdido que le llega desde el lado del Pueblo.
Después son más. Perros ladrando. ¡Perros!
Deben de haber cogido los del carnicero, que es cazador y tiene muchos, y buenos.
Y deben de haberles hecho olfatear su ropa. ¡Lo están cazando!
Baja saltando como una cabra hacia la vaguada de la Cueva mientras los ladridos secos se acercan amenazadoramente. Salta por en medio de un margen y cruza una viña a la carrera. Piensa quizá en esconderse dentro de uno de los pozos que conoce. Pero seguramente los perros lo encontrarían.
Así que sigue corriendo, adentrándose de nuevo en el bosque. La jauría cada vez más cerca de él. Siguiéndole el rastro. La desesperación devorándolo mientras corre como si le fuera la vida en ello.
Entonces la ve. Unos metros más allá del bosque.
Baja medio llena, medio vacía. Puede sentir desde aquí el olor penetrante.
Trepa a un árbol que se alza por encima de las cañas que la bordean y desde allí arriba mira atrás.
Las siluetas de sus perseguidores se recortan en la sierra de arriba, bajando con el ruido de los perros enloquecidos delante de ellos. Cazando a su presa. Cazándolo a él.
Desde el árbol da un salto y cae a cuatro patas en medio de la riera, como un animal herido.
El olor es muy fuerte. De algún resto en descomposición.
El agua sucia le empapa la lana de la túnica.
Se levanta, medio sucio, y continúa corriendo riera abajo, chapoteando por entre la poca agua que baja, las sandalias sobre las piedras inciertas y redondas por la erosión, tratando de no dejar rastro, saltando por encima de troncos que han quedado atravesados en la riera, quizá arrastrados por las últimas lluvias.
Aprovecha una roca grande que tapa parcialmente la riera para encaramarse a otro árbol que se tuerce sobre ella y desde allí salta a tierra firme y continúa zigzagueando por el bosque, alejándose de sus cazadores.
Oye el ladrar feroz todavía durante un buen rato, pero cada vez está más lejos.
Reza para que le hayan perdido la pista.
Bien entrado el anochecer, llega cerca de Sant Sadurní.
No ha bebido nada desde la tarde, cuando ha dado un trago al botijo en la viña, antes de que Madre le trajera las malas noticias.
Antes de que toda su vida se fuera al traste.
Pero quizá eso ya pasó cuando ella cayó al pozo.
O quizá cuando vio al Vecino huyendo, a través de las llamas de la Destilería, antes de que lo encontrara ahorcado.
Envuelto en estos pensamientos, que son más oscuros que el crepúsculo que planea sobre él, continúa avanzando sin parar hacia la Montaña. En la distancia, las agujas imponentes de Montserrat se recortan bajo el sol rojizo que se pone rápidamente detrás de ellas.
Va a buen ritmo, a ratos al trote, pasando por senderos que conoce bien por dentro de la sierra.
Escondiéndose cuando oye algún ruido fuera de lugar.
Vigilando en todo momento no cruzarse con nadie.
Solo cuando atravesaba por en medio de una viña ha visto de lejos a un payés que ya acababa la jornada.
Ha esperado acurrucado detrás de una cepa para evitar ser visto y ha aprovechado para descansar un poco.
Después ha continuado caminando, pasado Sant Pau d'Ordal, bordeando el pueblo.
Siempre en dirección a Montserrat, divisando Sant Jeroni en el centro del macizo.
Ahora, cuando ya es casi noche cerrada, la sed lo domina y las luces de una masía solitaria parecen invitarlo a acercarse y pedir agua. Lo hace cautelosamente y cuando está a una decena de metros, un perro comienza a ladrar.
—¿Quién anda ahí? —grita una voz femenina desde dentro.
Él duda unos instantes, pero entonces responde, acercándose hacia la puerta, que está abierta.
—No tema, soy un fraile franciscano —la voz le sale rasposa, sedienta.
En el marco de la puerta aparece una mujer robusta de unos cincuenta años, que hace callar al perro bravucón que, a su lado, ladra con ganas al recién llegado.
Ella va descalza y lleva un delantal sucio.
Mira su túnica, el sencillo cordel que la ata, y las piernas, llenas de barro seco de la riera y de arañazos de la huida.
—No tema, soy un fraile —vuelve a repetir él, levantando las manos en señal de paz.
La mujer se mantiene quieta en la puerta, mirándolo con recelo. Entonces el perro se le acerca. Carrau se arrodilla lentamente, deja que el chucho le olfatee la mano, y le acaricia suavemente la cabeza. El animal le lame los dedos cansados con confianza.
—Sí que es joven, padre —le dice ahora ella, cuando le puede ver bien la cara.
—Debe de tener la edad de mi hijo.
Carrau no dice nada.
—Está haciendo la mili en el Sáhara desde el cuarenta y siete. No sé nada de él —continúa la mujer, que quizá hacía días que no hablaba con nadie, y que ahora se confiesa con aquel fraile de ojos claros. Su voz teñida de un punto de desesperación.
Él no sabe muy bien qué decir. Piensa en lo que diría el Fra del Pueblo.
—Rezaré por él.
—Gracias, padre. ¿Quiere tomar un bocado? —le responde ella agradecida con una sonrisa.
—Con un poco de agua y pan me basta —le contesta él humildemente.
La mujer le ofrece un cazo de agua fresca y un mendrugo de pan. Le prepara también un poco de queso seco envuelto en un paño limpio, para el camino.
De Sant Sadurní enfila hacia Masquefa, siempre por caminos. Esta zona no la conoce tanto y solo lo guía ir en dirección a la Montaña. Ve su silueta de sierra, alzándose como una masa oscura bajo la luna, casi llena. Es un paraje boscoso con pinos y encinas bajas.
Cuando ya hace un rato que ha dejado atrás Masquefa, oye el ruido de un camión.
La carretera de Barcelona ya debe de estar cerca.
Efectivamente, la divisa desde el bosque.
Espera un rato vigilando por si ve algún policía.
Otro camión, un Pegaso Mofletes todo sucio y cargado de sacos, pasa ahora en dirección a la Ciudad Condal.
Se agacha por miedo a que, con las luces del camión, el conductor lo vea.
Cuando ya ha pasado, se decide y se acerca a la carretera, mira a ambos lados y cruza por el asfalto, evitando una mancha de aceite que hay en medio del otro carril y que brilla bajo la luna.
Ahora ve el rótulo en la carretera. Indica Madrid 573.
Ya es plena noche y el fresco lo ayuda a seguir adelante.
No sabe cuántas horas lleva, pero las piernas le duelen.
Ha pasado por el camino Real de Esparreguera a Collbató y después ha dejado atrás el pueblo y llegado al Camino Viejo.
Allí decide descansar antes de emprender la subida final.
Aunque querría estar ya en el Monasterio para darle la carta al Abad, piensa que será mejor llegar de día que no de noche.
Así que se aparta del camino un centenar de metros, adentrándose en el bosque, y cuando encuentra una zona con suficiente pinaza, se tumba e, invadido por el cansancio, se duerme profundamente.
Un sueño sin sueños. Duerme como hacía semanas que no dormía. Como un niño.
Lo despiertan los ruidos del bosque cuando todavía no se ha hecho de día, pero comienza a clarear.
Con las fuerzas renovadas después de haber dormido unas cuantas horas, inicia la subida por el Camino Viejo.
El camino asciende empinado haciendo zigzags.
Hace rato que sube por el suelo empedrado cuando llega a un desvío marcado con una pequeña cruz de madera clavada en el margen.
No sabe por qué, pero decide tirar por allí en vez de continuar por el camino de piedra.
El día se está despertando y las vistas son impresionantes mientras tira hacia arriba.
Las agujas parecen seres petrificados. Las mira embelesado mientras sube.
El macizo cambia de color ante sus ojos con cada minuto que pasa.
De gris a ocre, de rosado a dorado. Mirando montaña abajo se extiende el paisaje de viñas y de pueblos dormidos que ha cruzado hace unas horas caminando.
Cuando gira uno de los tramos más empinados no puede creer lo que ven sus ojos.
La luz rosada del alba ilumina con delicadeza unas figuras blancas de piedra dentro de una cueva, como si quisiera acariciarlas con cuidado infinito.
Son tres mujeres y un ángel. Tiene la sensación de que en cualquier momento se girarán hacia él.
Y detrás de las figuras, la pared brilla extraña, decorada con un mosaico de trencadís que parece vibrar con cada pequeño cambio de luz, con cada paso que da acercándose.
¿Está soñando? Se estremece, pues está seguro de que aquel trencadís lo ha hecho la misma mano que el trencadís del collar que mantiene con vida a su amada.
Su corazón se acelera mientras da un paso más, acercándose como hipnotizado. ¡Gaudí!
Y entonces, bajo el trencadís, la luz de la mañana ilumina la figura del Cristo resucitado.
Y en ese momento vuelve a sentir la fuerza de la luz que emanaba del Objeto.
Y mientras lee la inscripción en latín, grabada bajo el trencadís, intuye que su búsqueda no ha hecho más que empezar, pero que encontrará alguna respuesta en Montserrat.
Aquellas palabras se le graban a fuego en la retina:
«Resurrexit, non est hic»
Las campanas tocan por tercera vez mientras atraviesa el arco de entrada al Monasterio. Un monje lo mira desde la portería.
Carrau está a pie de explanada, se ha quitado la capucha y gira embelesado la cabeza hacia la fachada de la iglesia primero y las montañas que los rodean después. La calma fresca de la mañana los envuelve una vez se han apagado los últimos ecos de las campanas.
—Alabado sea Jesucristo —se dirige a él el portero mientras continúa mirándolo de arriba abajo. Ha visto llegar a muchos peregrinos en los últimos años, pero el aspecto de este franciscano ciertamente supera al de la mayoría. ¡Va sucio y arañado como si lo hubieran perseguido montaña arriba!
Carrau lo mira sin saber muy bien qué decir. Decide responder como si estuviera en misa.
—Por los siglos de los siglos, amén.
Eso parece complacer al monje portero, que ahora le pregunta, con una sonrisa afable:
—Pasa, hermano. El camino te ha traído hasta aquí. ¿Cómo debería llamarte?
Carrau piensa en el Fra del Pueblo.
—Fra. Con Fra bastará —le dice.
El monje portero inclina ligeramente la cabeza en señal de reverencia. Es el segundo visitante que tienen que insiste en renunciar a su nombre. Bruder, en el caso del alemán. Es un acto muy bello de humildad, piensa.
—Traigo una carta para el Abad —aprovecha para añadir Carrau, y antes de que el otro le pueda preguntar continúa—. Tengo encargo de dársela en persona.
—Acompáñame, pues, querido Fra —le dice el monje portero, indicándole con la mano que lo siga.
Y lo conduce con pasos calmados al recinto de detrás de la portería. Entran por un pasillo de piedra desnuda que da a una serie de puertas. El ambiente es austero y hay un silencio monacal.
—Aquí podrás limpiarte —le dice abriendo una de las puertas con el manojo de llaves que lleva colgado del cíngulo, el cinturón de tela que le ata el hábito.
La celda es humilde pero limpia: un banco con una manta plegada encima. Y delante, una palangana con agua y una toalla pequeña.
—Te traeré un poco de comida mientras esperas al Abad. Te recibirá después de la misa de la mañana.
Carrau se limita a asentir. No puede evitar estremecerse cuando el monje portero sale de la celda y oye el ruido de la cerradura cerrando la puerta.
Carrau se está acabando el mendrugo de pan y el agua que le ha traído el portero cuando oye pasos fuera. Ya debe de hacer más de una hora que han sonado las campanas que llamaban a la misa monacal, así que quizá es el Abad que viene a verlo.
Se levanta del banco y se acerca a la puerta.
Va vestido con un hábito benedictino que le ha traído también el portero.
Su hábito sucio de franciscano está doblado en el suelo junto con la toalla con la que se ha dado el lavado de gato.
En la celda no hay ningún espejo, de manera que no puede saber qué aspecto tiene.
Se oye un ruido de cerrojo y la puerta de la celda contigua que se abre y acto seguido se cierra. Debe de ser otro monje que se aloja allí, piensa Carrau.
Vuelve a sentarse en el banco a esperar. Los acontecimientos de los últimos días parecen pesar como una losa sobre su cabeza. Si se tumba seguro que se dormirá, pero tiene que estar bien despierto para cuando venga el Abad.
Se toca la carta del Fra que ha guardado en el hábito. ¿Qué debe de poner? ¿Tiene que explicárselo todo al Abad tal como hizo con el fraile? Quizá tiene que pedirle que lo confiese y explicárselo así bajo secreto de confesión.
En esto, se oyen más pasos fuera, ahora de unas cuantas personas. Sin que Carrau tenga más tiempo que apenas levantarse de nuevo del banco, alguien abre la puerta de su celda con la llave.
Es el monje portero. Detrás de él hay un monje de complexión robusta y rostro ovalado. Sonríe afablemente a Carrau y sus ojos atentos lo miran desde detrás de unas gafas de pasta oscura gruesa. Lleva una cruz pectoral prominente.
—Buenos días, hermano —le dice el Abad.
—Padre Abad —responde Carrau.
—Siempre es un placer recibir a hermanos franciscanos, aunque se disfracen… —el Abad mira atentamente la reacción de Carrau y continúa— de monjes benedictinos.
Carrau no sabe muy bien cómo responder, así que saca la carta de dentro del hábito.
—Padre Abad, le traigo esta carta del Fra del Pueblo. Me dijo que eran amigos de juventud.
El Abad coge el sobre, lo abre y comienza a leer la misiva. De repente, se queda inmóvil, la mano le tiembla ligeramente mientras baja el papel y mira a Carrau sorprendido.
—¿Cómo puede ser esto? ¿Un milagro? —exclama.
Carrau lo mira fijamente, nervioso, pues no sabe lo que el Fra le habrá explicado en la carta. El monje portero lo mira con la boca abierta.
El Abad continúa leyendo y cuando acaba le dice a Carrau:
—Hermano, creo que tengo a la persona idónea para ayudarlo.
En la celda de al lado, Bruder está con la oreja pegada a la puerta, tratando de no perder detalle de aquella conversación sorprendente que el Abad está teniendo con un fraile franciscano misterioso. ¿Un milagro?