VIII
—Le queda muy poco tiempo de vida. Quizá unas semanas.
El médico lo mira a los ojos, tal como lo entrenaron a hacer en la facultad, ya hace muchos años.
El hombre que tiene delante lo tiene todo. Es rico. Es poderoso. Hasta hace unos días, se iba a casar con una de las pubillas de la familia Güell, hecho que lo habría ligado definitivamente a la clase alta y habría hecho olvidar sus orígenes humildes.
El hombre que tiene delante lo tenía todo.
—Es un mal maligno. Incurable. No podemos hacer nada. Lo siento —continúa el médico, intentando emplear el elusivo tono empático que le enseñaron, y que ha usado tantas veces a lo largo de su exitosa carrera, cuando tiene que dar este tipo de noticias.
El hombre se levanta pausadamente del lujoso sillón en el que estaba sentado, en la consulta del doctor. El más caro en su especialidad de todo Barcelona.
El médico piensa que ahora el hombre se marchará, o le dará la mano. O dirá alguna cosa. Alguna frase de las que ha oído mil veces antes. Pero su reacción lo deja atónito.
Los ojos del hombre parecen congelarse por unos instantes mientras procesa aquella sentencia mortal. De golpe, una ira irrefrenable se apodera de su rostro.
Agarra la figura de mármol que el médico usa de pisapapeles y, con una furia que parece incontrolable, la lanza contra uno de los muchos diplomas que el médico tiene colgados en la pared, enmarcado en cristal.
Es el diploma con el que lo hicieron médico, mucho antes de la guerra.
La figura ha impactado justo donde aparecía la nota que sacó: matrícula de honor.
El diploma cae al suelo por el impacto y el cristal se quiebra en mil pedazos.
—¡No! ¡No! —grita el hombre fuera de sí. Clava los dos puños sobre la mesa, ante la mirada asustada del médico, que instintivamente se echa atrás en su butaca. Por primera vez teme por su vida.
Con el dorso de la mano el hombre, fuera de sí, tira al suelo todos los papeles que había sobre la mesa, y entonces escupe en medio de ella.
—¡No quiero morir! —grita el hombre, que ahora se ha puesto a llorar como un niño, la furia de hace unos instantes completamente evaporada.
La puerta de la consulta se ha abierto y la secretaria del doctor, que ha acudido al oír el estruendo, mira la escena como si no pudiera estar pasando.
El hombre se gira bruscamente hacia ella y entonces parece recuperar instantáneamente su ira anterior y, cogiendo el elegante sombrero de fieltro que había dejado en el otro sillón, se lo encaja en la cabeza con violencia, da una patada al sillón, que se vuelca estrepitosamente, y con un grito de «¡Desgraciados!
», sale con paso rápido de la consulta, apartando de malas maneras también a la secretaria.
—¡Quiero que lo atrapéis! —grita el Mercader al teléfono.
Está hablando con uno de los lugartenientes de Odessa, la red secreta que ayuda a criminales nazis a desaparecer, en muchos casos a huir a Sudamérica.
—Sí, señor. Ya hemos enviado mensajes a todos nuestros hombres y a la gente que forma parte de la red en toda la península.
Hemos incluido la descripción física y la fotografía que tenemos de él.
También el hecho de que está sordo de un oído y la herida de guerra que tiene en la oreja.
Solo es cuestión de tiempo que lo atrapemos.
—La policía fue a buscarlo al Pueblo y se les escapó inexplicablemente. ¡Solo es un maldito payés! —continúa gritando fuera de sí el Mercader.
Un sudor frío le recorre el cuerpo de repente. La enfermedad se extiende por dentro de él sin que nadie pueda detenerla. El miedo le hiela el corazón. ¡No quiere morir! Se enjuga el sudor con un pañuelo de seda natural.
Las paredes de su despacho, ricamente amueblado, como los de los abogados más caros, parecen querer echársele encima. Las mira despavorido, como si avanzaran lentamente hacia él.
Al teléfono, su subordinado intenta calmarlo, diciéndole que con esa descripción no podrá escapar.
Él solo piensa en el Grial. ¡Es su última esperanza!
Todos los textos antiguos que ha leído lo describen como la fuente de la vida.
Lo puede curar todo. La puerta a la inmortalidad.
Los locos de Odessa lo quieren para instaurar el cuarto Reich.
Él solo lo quiere para salvarse. Siempre ha sido así.
Los ha ayudado solo para conseguir sus objetivos.
Si supieran que su madre era una gitana.
Sonríe amargamente ante este pensamiento mientras decide poner toda la carne en el asador. Por lo que le dijo el Capataz, aquel estúpido rabassaire tiene la clave para encontrar lo que buscan.
—Añade a la descripción que es un criminal peligroso. Ha matado a uno de nuestros hombres más capaces y ha dejado en coma a mi prometida, la heredera de una de las bodegas más importantes del Penedès. Tenemos que atraparlo como sea.
El lugarteniente al teléfono apunta todo lo que le dice su jefe.
—Ofrece doscientas mil pesetas a quien me dé una pista que nos permita atraparlo —dice el Mercader con voz helada.
—¿Doscientas mil pesetas, señor? —el lugarteniente parece haberse quedado sin habla—. ¿Está seguro? ¡Es una auténtica fortuna!
Su voz revela un punto de codicia. Se diría que nada más colgar saldrá personalmente a buscar al perseguido.
—Sí. Doscientas mil pesetas a quien me lo traiga vivo. ¡Tiene algo que me pertenece!
Unas horas después en Mequinenza, en la ribera del río Ebro
La mujer todavía no se puede creer el telegrama que acaba de recibir.
Allí dentro de la caseta donde descansa mientras no viene ningún cliente que quiera cruzar el río con la barcaza que fue de su marido, y que desde que se quedó viuda por la guerra lleva ella misma, vuelve a revisar el texto para ver que no lo haya descifrado mal.
Ha seguido los pasos que tiene apuntados en la libreta y ha usado los códigos que le dieron los nazis.
¡Pero esto es el sueldo de toda una vida! Podrían marcharse de allí para siempre. Ir a vivir a la ciudad y no tener que sufrir nunca más por el dinero. Ni ella ni su hija.
Mira la carta que hay al lado del telegrama. Le han vuelto a denegar la cartilla de racionamiento. Viuda de rojo. ¿Qué esperaba? Ese dinero haría que nunca más tuviera que depender del estraperlo.
Debe de ser un asesino muy peligroso este que están buscando, piensa. ¡Doscientas mil pesetas!
Entonces piensa en avisar también a su hija, para que esté alerta. Se levanta de la silla y va hacia la ventana de la caseta de madera. Mira hacia fuera, pero no la ve. ¿Dónde se habrá metido esa cabeza de chorlito?
—¡Luna! —grita la mujer, incapaz de imaginar lo que aquella recompensa acabará provocando.