Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) VII
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VII

Unos días después, en la viña cerca del Pueblo

Carrau está acabando de hacer unas pasadas entre las cepas, bajo el sol que ya comienza a bajar, tiñendo de dorado los campos alrededor del Pueblo.

Desde que volvió del hospital no puede hacer nada más que no sea pensar en la Pubilla. Teme por su vida y no sabe cómo puede ayudarla.

Está con estos pensamientos cuando la ve llegar. Camina deprisa por el camino, casi al trote. Si no fuera por la edad que tiene, parece que arrancaría a correr. Es Madre.

—¿Qué pasa, Madre? —le grita desde donde está.

—La telefonista… —le dice ella también gritando, resoplando por el agotamiento. El rostro desencajado por la angustia.

Carrau deja las herramientas y sale de la viña por el margen en dirección al camino, por donde ya está llegando Madre.

—¿La telefonista? —le pregunta.

—La telefonista… ha venido a casa. La Guardia Civil… —Madre está con las manos apoyadas en las rodillas, intentando recuperar el aliento.

Él ya se teme lo peor, las sospechas que lo han atormentado los últimos días, ahora a punto de confirmarse. Madre lo mira y enseguida lo ve.

—No lo hiciste tú, ¿verdad, hijo? —le dice, tocándole amorosamente la barba que él no se ha afeitado desde que volvió de Sitges.

—El Capataz nos intentó matar, a mí y a la Pubilla.

Ella se abalanzó sobre él para impedirlo y cayeron los dos al pozo.

Por suerte se agarró a la cuerda y pude frenar un poco la caída —todavía no le había explicado los detalles a Madre, para no preocuparla aún más.

Hasta entonces solo le había dicho que la Pubilla estaba en el Hospital de Sant Joan de Sitges, muy grave por una caída.

Madre pone cara de espanto al oír este relato y se persigna dos veces.

—¡Tienes que marcharte, ahora mismo! —le grita agarrándolo por el brazo con desesperación.

Él la mira sin decir nada.

—Han puesto una orden de busca y captura contra ti. Una amiga de la telefonista, que trabaja en el cuartel, la ha llamado para decirle que están viniendo hacia el Pueblo para detenerte. La telefonista ha venido corriendo a casa en cuanto han colgado y yo he venido tan rápido como he podido.

—¡Yo no he hecho nada! —dice Carrau—. Hablaré con la policía y ellos lo entenderán.

—La Pubilla se lo podrá explicar todo, cuando se recupere —le contesta esperanzada Madre.

—Ella está muy grave, Madre. Está en coma. No sé si sobrevivirá —la voz de Carrau tiembla. Piensa en la Pubilla allí tendida en la cama. La medalla de trencadís en su cuello.

Madre se tapa la boca ahogando un grito y coge las manos de su hijo y se las estrecha con ternura. Ya hace tiempo que intuye que Carrau ama a la Pubilla en secreto.

—Lo siento mucho, hijo.

Entonces una chispa de determinación parece volver a la mujer mayor y le dice:

—Con más razón, pues. ¡Tienes que escapar!

—¿Pero adónde?

—¡Vamos a hablar con el Fra, seguro que él sabrá qué hacer!

Madre es muy devota y desde que hace unos meses en la capillita del Pueblo se ha instalado un fraile franciscano mendicante, le lleva cada día huevos y caldo caliente.

El fraile vive en la pobreza más absoluta, durmiendo en un camastro cerca del altar que le han puesto los vecinos, y que esconde durante el día.

Es un hombre muy culto que cuando dice misa hace unos sermones profundos que fascinan a los vecinos, y que le gustan mucho a Carrau.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

—Bendígame, padre, porque he pecado.

Carrau se detiene, dudando.

—Dime, hijo —le contesta el Fra.

—Hace tiempo que no me confieso —dice Carrau en voz muy baja. Fuera del confesionario, Madre espera sentada en uno de los bancos de la capillita.

—Dios esté en tu corazón para que puedas arrepentirte sinceramente de tus pecados —le contesta el Fra.

Y Carrau inicia su relato. La historia de su padre, el Gran, del Objeto que escondió, bajo instrucciones de Gaudí y quizá de alguien más. El Fra lo escucha desde detrás de la celosía. Su frágil figura estremeciéndose en silencio a medida que avanza la confesión.

Cuando llegaron de la viña, desesperados, el Fra estaba dentro de la capilla rezando.

Iba vestido con la túnica de lana marrón, muy desgastada por el uso.

La capucha grande echada a la espalda y el cinturón de cuerda gruesa con los tres nudos, significando los votos de pobreza, castidad y obediencia.

En cuanto lo vio, Madre no se pudo contener y se lo explicó todo, entre sollozos. ¡Iban a detener a su hijo, acusado por un crimen que no había cometido!

El Fra no perdió la calma y les dijo que los ayudaría, pero solo si Carrau se confesaba primero con él. Quería saber la verdad, bajo secreto de confesión.

Ahora Carrau detiene su relato. El fraile puede notar la duda en su voz.

—Solo te podré ayudar si me lo explicas todo, hijo mío. Sé que eres inocente, pero hay algo que escondes.

Los ojos claros y sabios del fraile lo miran desde el otro lado de la celosía.

Y en ese instante Carrau sabe que puede confiar en él y no se guarda nada.

Las manos abrasadas por la cuerda ardiente en un instante, y curadas al siguiente.

La Pubilla, herida de muerte en el fondo del pozo.

El Objeto refulgiendo sobre ella. Cerrándole la herida y manteniéndola con vida.

Puede ver la mirada sorprendida del confesor. Notar su estupor al otro lado. Pero una vez ha comenzado ya no puede detenerse. Explicárselo todo a alguien le resulta liberador.

—Es un milagro… —susurra para sí mismo el Fra. Y puede oír cómo coge aire y respira profundamente.

—¿Cómo dice, padre? —se detiene Carrau, inmerso en su narración.

—Montserrat —murmura ahora el Fra, cerrando los ojos.

—¿Montserrat? —pregunta Carrau, que está arrodillado en el reclinatorio, a su lado de la reja de madera.

—¡Tienes que ir a Montserrat! El Abad es amigo mío, de otra época, de cuando éramos jóvenes. Él te podrá ayudar —le dice el Fra.

Entonces, como si recordara dónde están, el fraile le da la absolución.

—Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

—Amén —responde Carrau.

—Ve en paz, hijo mío, que Dios te ha perdonado.

—Gracias, padre —dice Carrau levantándose y saliendo del confesionario.

El Fra también abre la puerta y sale de la parte central. Madre se levanta del banco y los mira expectante.

Por toda explicación, el Fra va hacia la sacristía.

—¿Qué te ha dicho? —le pregunta Madre a Carrau.

—Que me marche a Montserrat. Conoce al Abad y dice que él me ayudará.

—¿Pero cómo? La policía llegará al Pueblo pronto.

¡Te detendrán antes de que puedas llegar!

—Madre arranca a llorar de nuevo y Carrau se le acerca y la abraza para consolarla.

Quizá Madre tiene razón y está todo perdido.

Por un momento Carrau piensa que seguramente sea mejor así.

Solo la imagen de la Pubilla en la cama del hospital parece darle fuerzas.

En esto, el Fra sale de la sacristía. Lleva una túnica como la suya en una mano y un sobre en la otra.

—Ponte esto. Si alguien te pregunta, di solo que eres un franciscano mendicante y que vas hacia Montserrat.

Entonces le da el sobre.

—Dale esta carta al Abad. Él sabrá interpretarla. Corre, no hay tiempo que perder.

Carrau entra en la sacristía, se quita su ropa y se pone el hábito franciscano. Mientras se ata la cuerda con los tres nudos, se siente desnudo, vulnerable. Se cubre la cabeza con la capucha y se guarda el sobre dentro del hábito.

Cuando sale de la sacristía, Madre suelta un grito de espanto.

—¡Ay! ¡Hijo mío! ¿Qué será de nosotros? —llora ella, que parece aterrada al ver a su hijo vestido de aquella manera.

—Todo irá bien, Madre —la tranquiliza Carrau, cogiéndole la mano.

Fuera se oye el ruido de una sirena que se acerca por el camino. Carrau mira la puerta de la capilla y le dice:

—Escóndase en la sacristía, Madre. No salga hasta dentro de una hora.

Y entonces, con paso decidido, se dirige hacia la salida.

Cuando abre la puerta y sale de la capillita, el sol parece querer penetrar por el tejido grueso y poroso de la túnica franciscana.

El coche con la sirena se ha detenido unos metros más abajo, en la entrada del Pueblo, y de él han bajado cuatro policías que ahora suben camino arriba. Puede ver que van armados.

Carrau baja la mirada y se dirige hacia ellos, bajando por el camino con paso tranquilo.

Nota cómo el sudor le impregna la espalda y la cabeza bajo la capucha. Su corazón es como un caballo desbocado.

Cuando llegan a la altura del monje franciscano, uno de los policías le dice:

—Buenos días, padre.

—Buenos días les dé Dios —responde él, sin detenerse a mirarlos.

Los policías siguen subiendo y oye que uno de ellos dice:

—Es un padre franciscano que vive en la capillita del pueblo.