Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) VI
16%

VI

Al mismo tiempo, en la biblioteca del monasterio de Montserrat

El monje joven se remueve inquieto en su silla. Esta es la suya.

—Bruder, debería irme a Completas —se atreve a decirle con voz quebrada, esperando que el otro le dé permiso después de todo un día encerrados allí dentro. Y que quizá dé por acabada su maratoniana jornada de estudio.

El Abad lo eligió a él porque habla bien el alemán. Después resultó que el erudito, que insistió en ser llamado simplemente Bruder, hermano en alemán, hablaba perfectamente el catalán y el castellano.

Bruder sonríe cordialmente y le contesta.

—Claro, hermano. Solo si fuera usted tan amable de dejarme las llaves de las estanterías, para poder servirme yo mismo los volúmenes que necesite —y ante la mención de comida, no puede evitar soltar una risa corta y suave que hace temblar ligeramente su amplia panza.

El monje joven sonríe aliviado. Normalmente, no le habría dejado las llaves a nadie, pero el Abad había insistido mucho en que Bruder tenía permiso para acceder a cualquier volumen.

Eso, sumado al cansancio acumulado durante todo el día, hace que suelte un suspiro discreto mientras pone el manojo de llaves antiguas sobre la mesa.

Al levantarse, siente cómo un peso invisible le cae de los hombros.

—Aquí las tiene. Que pase una buena noche, pues, Bruder —le dice haciéndole una ligera reverencia.

— Noctem quietam et finem perfectum concedat nobis Dominus omnipotens —le responde Bruder, todavía sonriendo.

— Amen —responde el monje joven.

«In calice ex onychino lapide, Ioseph sanguinem Iesu crucifixi acceperat»

«En el cáliz hecho de piedra de ónice, José había recogido la sangre de Jesús crucificado»

Traduce mentalmente Bruder. Aunque ha leído esta frase muchas veces, en numerosos textos medievales, Bruder no puede evitar que un escalofrío le recorra el cuerpo. Está completamente solo, inmerso en el silencio absoluto de la biblioteca.

Sigue leyendo:

«Calix quem Iesus Christus in ultima cena accepit»

«El cáliz que Jesucristo tomó durante la última cena»

Las visitas al castillo de Neuschwanstein, con su padre, que hacía de guía turístico, vienen a la mente de Bruder.

El castillo, emergiendo entre la niebla.

Las torres puntiagudas y las murallas blancas reflejando el primer sol de la mañana.

Y allí, en la sala del trono, las paredes decoradas con pinturas de leyendas medievales, y en el centro, Parsifal, arrodillado ante el cáliz sagrado.

Rodeado de ángeles dorados, explica su padre a un grupo fascinado de turistas.

El bigote cuidado y el uniforme elegante.

El pequeño Bruder, escondido silenciosamente entre las armaduras plateadas, mientras Parsifal, rodilla en tierra, alza con las manos temblorosas el cáliz de ónice lleno de una luz sobrenatural.

La potente voz de su padre inunda la sala mientras Bruder y los turistas lo miran embelesados.

Un resplandor que rompe la oscuridad como un faro de luz divina.

La siguiente frase hace que una conmoción reverencial recorra la espalda de Bruder.

«Ioseph, metuens persecutionem, calicem sanctum in spelunca Hierosolymae occultavit»

«José, temeroso de la persecución, escondió el cáliz sagrado en una cueva de Jerusalén»

La respiración se le acelera ligeramente, con el corazón latiendo como si realmente hubiera estado ante el Grial auténtico.

En ese momento resuenan las campanas solemnes de Maitines. Son las tres de la madrugada.

Bruder saca una libreta de notas que tenía oculta dentro del hábito. La libreta está marcada con el sello inconfundible de la Ahnenerbe. Las runas germánicas y las dos eses encabezando la página, llena de anotaciones en alemán, hechas con letra pequeña y disciplinada.

Lee en ella el nombre de un libro, un incunable. Largamente buscado. Se levanta lentamente de la silla, molido después de todas las horas de estudio. Mira a su alrededor como si quisiera asegurarse de que está completamente solo, y coge el manojo de llaves.

Media hora más tarde vuelve a estar sentado a la mesa. Ante él, unos pergaminos egipcios que ha encontrado inesperadamente dentro del incunable. Son posiblemente lo más valioso que ha pasado por sus manos desde que está en Montserrat.

Contiene la respiración mientras sigue los caracteres bizantinos lentamente, con gran delicadeza. Usando el dedo de algodón blanco, saboreándolos uno a uno:

«Καὶ ἐδόθη ἐντολὴ ὑπὸ τοῦ Χαλίφη μὴ λίθον ἐπὶ λίθον ἀφεῖναι»

«Kai edóthē entolḗ hypò tou Khalíphē mḕ líthon epì líthon apheînai»

«Y fue dada orden por el Califa de no dejar piedra sobre piedra»

Bruder levanta la cabeza, y allí, en medio de la noche de Montserrat, completamente solo en la biblioteca, los gritos y el fuego de aquella otra noche del año 1009 en Jerusalén se le aparecen delante.

La voz del comandante resuena potente:

—¡No ha de quedar piedra sobre piedra!

Los soldados levantan el ariete y, al grito al unísono del comandante, lo embisten violentamente contra la gran puerta de la Iglesia del Santo Sepulcro. La puerta tiembla con cada impacto, pero no cede. A su alrededor Jerusalén arde. El fuego devora casas, torres y edificios sagrados.

De una puerta lateral sale una mujer que se les echa encima.

Lleva una daga en la mano y grita enloquecida.

Él la encara y con un golpe preciso de su espada curva la corta por la panza.

La mujer cae al suelo con gritos horribles, la sangre escurriéndosele por entre las manos que intentan tapar en vano la herida profunda.

Él saca la gumía, la daga del cinturón, y remata a la mujer.

El sudor le forma un río caliente que le baja por la espalda.

El casco le pesa sobre la cabeza, el aliento agitado bajo la tela que le cubre parcialmente el rostro.

En ese instante la enorme puerta cede con un gran estrépito y los soldados entran en tromba en la Iglesia. Dentro, un grupo de monjes intenta en vano detenerlos. Se oyen gritos espeluznantes mientras los soldados los asesinan sin piedad.

Él se ha quedado un poco atrás, guardando la entrada, y entonces ve que llegan los picapedreros, que han de asegurar que la destrucción sea total.

Entra con ellos en la Iglesia, que es un baño de sangre, un caos de gritos, golpes de espada contra mármol y piedras sagradas. Algunos de los soldados están rematando a los monjes que, malheridos, se lamentan en el suelo en medio de los fuegos que los asaltantes han encendido para arrasarlo todo.

Los picapedreros comienzan a picar los ornamentos de las paredes. Hay dos que están destruyendo el altar principal. Las mazas impactan con ritmo sordo sobre la piedra, levantando nubes de polvo.

Sigue entonces a un picapedrero viejo, pálido de cansancio.

Se ha metido por detrás de la sacristía, en un pequeño túnel.

Caminan un rato por el estrecho pasillo, los sentidos agradecidos de dejar atrás el caos de destrucción.

El túnel baja todavía un poco más y de repente se acaba extrañamente en una pared.

El picapedrero acerca la oreja y golpea expertamente la piedra. Entonces lo mira.

—Está hueco —le susurra, como esperando que se le repitan las órdenes.

—¡No ha de quedar piedra sobre piedra! —su voz resuena ronca en las paredes de aquel extraño corredor.

El picapedrero alza la mano y pica con la maza, golpeando una y otra vez. Él siente un nudo en la garganta cuando la piedra se quiebra, revelando una pequeña cavidad. Dentro, casi brillante en medio de la oscuridad, hay una caja de oro finamente decorada.

Las manos del viejo picapedrero tiemblan polvorientas cuando abre la caja lentamente, ante su mirada atenta.

En el interior descansa un humilde cáliz de piedra de ónice, tan simple como inexplicablemente poderoso bajo la luz del fuego que quema Jerusalén.