V
«Tendrás que encargarte…»
«… de la Bodega. De la Bodega».
—Tendrás que encargarte de la Bodega.
Ahora la escucha nítidamente. Intenta girar la cabeza, pero no puede. ¿Por qué está todo oscuro? ¿Qué me pasa?
«Sí, claro. No te preocupes».
La voz del hombre le susurra al oído izquierdo y, a la vez, resuena potente. Un miedo profundo la invade. Las manos le queman: la cuerda atada a la muñeca le abrasa la piel.
«Sí, claro. No te preocupes. Déjalo en mis manos».
Quiere decirles que no, que ella puede ocuparse; que su Carrau la ayudará —ella con los números, él con las viñas—, pero el cuerpo no obedece. Todo está oscuro. A lo lejos, un rumor de mar.
—Lo han encontrado muerto en el fondo del pozo —informa el hombre.
Entre la niebla negra distingue al Mercader. Él es el culpable de todo. ¡No, no, no!
—¡Qué horrible! —exclama ahora la Tía. ¡Tía, ayúdame! ¡Cuidado!
«Creen que el rabassaire le hacía chantaje. Cuando el Capataz los sorprendió, allá arriba en la Falconera…»
El recuerdo estalla: el Capataz, el arma reluciente, apuntando a su amor. Sabe que él está vivo. Él la salvará. ¡Cómo lo ama!
—El rabassaire los empujó dentro del pozo —prosigue el Mercader.
¡No! ¡No fue así! El Capataz quería matarlos; ella lo empujó y el gigante la arrastró al vacío. Vuelve a sentir la caída, la cuerda que le sangra la piel.
—Ya han dictado orden de busca y captura. Pronto lo atraparán.
La Pubilla prueba a abrir los ojos, pero ya no le pertenecen.
—Lo que no entiendo es por qué bajó al pozo y la trajo aquí, al hospital —dice la Tía.
—Hablamos de alguien obsesionado con ella. Un loco peligroso. Me encargaré de que lo atrapen, vivo o muerto.
Con un esfuerzo extremo, la Pubilla intenta mover los dedos para advertir a la Tía, pero el cuerpo la ha abandonado. Aterrorizada, solo oye voces en la oscuridad. En el pecho, la cadena de trencadís brilla como la única luz en la noche.