Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) IV
9%

IV

Atraviesa el vestíbulo y sube corriendo por la escalera de honor en dirección a la primera planta. Se cruza con algunos estudiantes, pero no los conoce. Quizá son de Letras.

Ya arriba, el ruido de las obras del nuevo paraninfo es ensordecedor.

Gaudí debería apresurar el paso hacia la sala de reválidas donde lo esperan los profesores para la defensa de su proyecto de fin de carrera, pero la obra lo atrae como un imán y no puede evitar asomarse, como cada vez que pasa cerca.

—Maestro, ¿tiene los planos? —le grita uno de los obreros, quizá creyendo que es uno de los ayudantes del arquitecto.

Eso despierta a Gaudí de su ensoñación.

—Solo si puedo convencerlos de que curven las columnas —contesta como hablando para sí mismo.

Hace que no con la mano al obrero, mientras le sonríe tímidamente y se gira para marcharse. Entonces su pie topa con algo. Una baldosa en el suelo, medio rota.

Gaudí la coge y, sin pensárselo, quiebra un trocito y deja caer el resto.

Levanta el pequeño fragmento de trencadís, casi una medalla, hacia los pilares.

Y se los imagina cubiertos con miles de trozos de aquella piel rota.

Trozos de diferentes colores. Siguiendo su forma.

Y quizá los pilares podrían no ser rectos, sino seguir formas más naturales, más orgánicas.

Como troncos que se alzaran hacia lo alto, en un bosque cubierto de trencadís.

El sonido de la torre del reloj dando el cuarto lo vuelve a despertar.

—¡La reválida! —exclama mientras arranca a correr saliendo del paraninfo y guardándose el pequeño fragmento de trencadís en el bolsillo.

Por suerte la sala de reválidas está cerca, pasada la sala de juntas y el Aula Magna, en el ala derecha del edificio, en la parte que ocupan las Ciencias.

La puerta está cerrada y cuando llama, la voz impaciente del director se puede oír como un trueno al otro lado.

—¡Adelante!

Gaudí entra en la estancia, donde ya lo espera Elies Rogent, director de la Escuela de Arquitectura, que lo mira con cara de pocos amigos.

Con él, sentados todos detrás de la mesa, como si fueran jueces en un tribunal, están también Lluís Domènech i Montaner, uno de sus profesores y discípulo de Rogent, y Leandre Serrallach, también profesor suyo y a quien Gaudí tiene en gran estima.

En una silla en el lateral hay sentado un desconocido.

Lleva sotana negra impecable y mira a Gaudí con curiosidad, ajustándose las gafas pequeñas y redondas.

—Llega tarde, señor Gaudí —le dice el director.

—Disculpen. Me he entretenido en las obras del paraninfo.

—Procedamos, pues, señor Gaudí —y le señala la serie de documentos que hay ante él en la mesa.

Y Gaudí se acerca a la mesa del tribunal y mira la documentación que constituye su trabajo de reválida. Entonces elige un plano y comienza su disertación. Los ojos le brillan.

Tres horas más tarde, Gaudí espera sentado en el banco que hay en el pasillo que lleva a la sala de reválidas.

La puerta permanece cerrada y dentro los profesores llevan deliberando ya casi una hora.

A través de la puerta ha podido oír la voz de Rogent, y sonaba exaltada.

Y también la de Serrallach, que parecía oponérsele, aunque no ha podido entender lo que decían. Solo que estaban discutiendo.

—¿Y se puede saber qué lo llevó a hacer un diseño para el paraninfo?

¿Un diseño confrontado con el que yo ya había propuesto, respondiendo al encargo que me hizo la universidad, y que ya se está llevando a cabo?

—las palabras airadas del director durante el examen de reválida resuenan todavía en su mente.

Gaudí aún puede notar la mirada inquisitiva del mosén desconocido.

Vuelve a sacarse del bolsillo el trozo de trencadís y su mente vuela libre de nuevo a su proyecto, mientras, pasada la sala de actos, le llega amortiguado el ruido de los obreros, llevando a cabo el diseño de Rogent.

—¿Y cómo pretende que se construyan esas curvas que ha propuesto para las cubiertas?

¿Arcos y columnas con formas dinámicas? ¿Qué significa todo esto?

¿Esta fantasía? —le había preguntado sin entender nada el director.

Y después había continuado leyendo de la memoria presentada por Gaudí—: ¿Líneas sinuosas inspiradas en formas naturales?

La puerta de la sala se abre y sale el mosén, serio. Se acerca a Gaudí y le dice:

—Maestro Gaudí, lo están esperando.

Gaudí parece volver de sus pensamientos y se levanta del banco, dispuesto a entrar en la sala y oír el veredicto.

—No deje nunca que la razón mate el misterio. Algunas formas solo las puede entender quien sabe mirar con fe —le dice el mosén, antes de marcharse.

Gaudí entra en la sala de reválidas.

—Cierre la puerta, señor Gaudí —le espeta secamente el director—. Y siéntese.

Gaudí se sienta lentamente en la silla ante el tribunal, conteniendo la respiración y dispuesto a recibir el veredicto. El corazón le late con fuerza.

El director sostiene un largo silencio, mirándolo fijamente. Las palabras de oposición del tribunal mientras les exponía sus ideas le vuelven a venir a la cabeza. ¿Quizá lo habrán suspendido?

—Aprobado justo —confirma el director con tono grave, pronunciando cada sílaba con una claridad cortante. La nota mínima. Entonces se levanta y le tiende el diploma a Gaudí.

—No sé si acabamos de dar el título a un loco o a un genio. Solo el tiempo lo dirá —le dice el director mientras le da el diploma.

Gaudí agarra con decisión el diploma, decidido a demostrar cuál de las dos cosas será.