III
Hace buen día y la barca, que debe de medir unos seis metros, faena cerca de la costa.
Pintada hace poco de azul y blanco, se ven en ella dos pescadores atareados, además del patrón.
Este, un hombre ya mayor, lleva el timón, a popa.
El palo principal, alto e inclinado hacia proa, sostiene la vela en diagonal.
Es una vela latina triangular, de lona gruesa y de un color crudo, envejecida por el uso.
Cerca de la escotilla tienen las sardinas y los boquerones que han pescado durante la mañana.
De repente, uno de los marineros grita, señalando:
—¡Un hombre! ¡En la Falconera!
El patrón desvía la mirada hacia la cueva y, efectivamente, se puede ver a un hombre que les hace señales desesperadamente.
—¡Cazad vela, ceñimos hacia la roca! —ordena con voz ronca el patrón, que no se lo ha pensado dos veces. Y ahora los pescadores ciñen la vela y la barca maniobra hacia la costa.
El hombre de la cueva ha visto el giro y desciende por el acantilado, acercándose al mar.
Las rocas ahora ya se ven sobresaliendo peligrosamente del agua. Para tener mejor control de la barca, el patrón les ordena arriar la vela.
—Amollad escota, arriamos vela, preparaos para los remos. ¡Deprisa!
Con la vela arriada, los dos pescadores toman los remos para controlar con precisión la embarcación y evitar así los escollos sumergidos, que les pasan cerca.
—¡Poco a poco! —les dice. El patrón dirige el timón con cuidado, vigilando constantemente la proximidad de las rocas. Un choque sería fatal. Sus órdenes son cortas y precisas.
—Remos a babor. Con suavidad, ¡atención a las rocas!
Ahora ya están muy cerca de donde está el hombre en el acantilado. Oyen que les grita desde lo alto:
—¡Deprisa! ¡La Pubilla! ¡Está muy malherida!
—Remos fuera, acercadnos lentamente y con cuidado —ordena el patrón a sus hombres.
Y entonces mira al hombre en lo alto de la roca y le grita:
—¿Qué pasa ahí arriba?
—La Pubilla. Está herida dentro de la cueva y no puede moverse. ¡Necesitamos ayuda!
El patrón, sin soltar el timón, ordena sacar una cuerda de la bodega.
—¡Sacad la cuerda larga, rápido! Tenemos que hacerla llegar arriba.
Uno de los pescadores coge la cuerda, le ata un plomo y la lanza con precisión hacia la pared del acantilado, donde el hombre la agarra.
—¡Átala fuerte a alguna roca! —le grita el patrón.
El hombre asegura la cuerda a un saliente firme del acantilado. Por suerte la mar está en calma y la barca no parece correr peligro.
Los pescadores, mientras tanto, han sacado rápidamente una red de pescar resistente, con la idea de usarla como camilla.
Uno de los pescadores se ata la red a la espalda, mientras el otro comprueba la seguridad del punto de anclaje.
El marinero que lleva la red tira de la cuerda para asegurarse de que aguanta bien, y después se la enrolla en el brazo y va subiendo haciendo nudos intermedios.
Cuando llega arriba ve con horror que el hombre tiene las manos llenas de sangre y que, pese a ir vestido con ropa de domingo, presenta un aspecto feroz. Como si hubiera pasado muchos días durmiendo en la montaña. Lo mira sobrecogido.
—¿Qué ha pasado, hombre? —le pregunta con un nudo en la garganta. Traga saliva mientras no puede apartar la mirada de las manos llenas de sangre del otro.
—¡El Capataz nos ha atacado! Arriba, en el pozo de Eusebi. Me ha disparado y la Pubilla se ha abalanzado sobre él para evitar que me matara. ¡Los dos han caído al pozo! —Carrau explica la historia tal como ha sucedido, pero el otro pone unos ojos como platos.
—¿Te ha disparado? ¿Y han caído por el pozo de Eusebi? ¿Y están vivos? ¡Es una caída de cincuenta metros! —le responde nervioso el pescador, sin quitar los ojos de las manos ensangrentadas.
—La Pubilla ha conseguido agarrarse a una cuerda mientras caía y he podido frenarla. Además, ha caído encima del otro. Está muy malherida.
—¿Y el que te ha disparado?
Carrau ya tiene bastante de explicaciones. Se gira y comienza a subir rápidamente hacia la entrada de la cueva, seguido por el pescador, que no las tiene todas consigo. La pregunta sigue en el aire. Mientras suben, le responde.
—El Capataz está bien muerto. ¡Rápido! Ella está muy grave. Tenemos que llevarla a un hospital.
El pescador se persigna mientras continúa subiendo detrás del hombre. Carrau trepa lo más rápido que puede y el otro lo sigue ligero. En un instante están arriba, en la cueva.
Antes de entrar, el pescador se gira hacia abajo del acantilado y, haciendo bocina con las manos, grita a su patrón:
—¡Entramos en la cueva! Parece que hay una mujer muy malherida. ¡Han caído por el pozo de Eusebi!
Desde abajo, el patrón no se puede creer lo que oye.
—¿Han caído por el pozo de Eusebi? ¿Y él todavía camina? La mujer ya debe de estar muerta —refunfuña—. Todo esto no me gusta nada.
El otro pescador asiente mientras toma un trago de agua, sentado junto a un remo.
Mientras tanto, Carrau y el que lo acompaña han entrado en la cueva. Ahora Carrau medio corre con el corazón encogido, y el otro lo sigue con pasos inciertos, un poco más atrás, atemorizado, hacia la oscuridad.
Cuando llega adonde están el Capataz muerto y la Pubilla, Carrau se arrodilla a su lado y vuelve a tomarle el pulso. Antes de marcharse le ha colgado la medalla, que ahora reposa inerte sobre su pecho.
—¡Todavía respira! —dice Carrau aliviado, en voz alta. Sus palabras resuenan por las paredes de la cueva. Mientras la mira, contiene como puede las lágrimas, y también el impulso de besarle la mejilla, como antes, porque el otro ya ha llegado adonde están, al pie del pozo.
El pescador contempla la escena estremecido, luchando por no marearse. La montaña deshecha que es el Capataz, todo lleno de sangre. La muchacha que yace sobre él como una muñeca rota, con la cabeza ensangrentada, y el hombre feroz, que lo mira arrodillado junto a la muchacha.
El pescador levanta incrédulo la mirada hacia la boca del pozo, que se ve muy pequeña allá arriba.
Como si quisiera comprobar la historia que le han contado.
Una caída imposible. Y entonces vuelve a mirar al hombre, y a la muchacha.
Y ahora podría jurar que ella refulge como una aparición, allí en medio de la oscuridad de la cueva.
La barca embarranca en la playa de Sant Sebastià.
Uno de los marineros salta a la arena para asegurarla.
Carrau y el marinero que ha entrado con él en la cueva bajan a la Pubilla con cuidado y la llevan sobre la red, que hace de improvisada camilla, en dirección al paseo.
Un paño limpio le tapa la herida de la cabeza.
Se lo han puesto cuando han conseguido bajarla laboriosamente a la barca desde lo alto del acantilado.
El patrón les grita desde la embarcación:
—¡Corred! ¡Tiene que verla un médico inmediatamente!
Durante la travesía desde la Falconera, el patrón ha interrogado a Carrau sobre la identidad de la Pubilla.
¡Es la hija del Amo de la Bodega! Y el hombre muerto en la cueva era su Capataz.
¿Y usted, quién es?, le pregunta a Carrau mirándolo a los ojos claros mientras la barca va haciendo rumbo hacia Sitges.
Yo solo soy un rabassaire que trabaja para ellos. Les llevo algunas viñas.
El patrón es un hombre muy observador y, desde el timón, no le ha pasado inadvertido el gesto de Carrau cuando, después de limpiarse la sangre de las manos en el mar, mientras la barca avanzaba, ha mirado que el paño estuviera bien puesto en la cabeza de ella y después le ha cogido tiernamente la mano.
Casi sin pensarlo. Cuando ha visto que el patrón los miraba, la ha soltado.
Ahora que Carrau y el pescador ya están lejos, enfilando tan deprisa como pueden paseo arriba, el patrón le ordena con su voz ronca al pescador:
—Ve al cuartelillo y avísales. Aquí ha pasado algo muy gordo.
El Hospital de Sant Joan está algo alejado del centro del pueblo, en la zona de la pedrera de Sans. Lo construyeron allí para aislar a los enfermos lo más posible de las infecciones. Es un edificio grande de dos plantas, todo blanco y con una iglesia en la parte central.
Los dos resoplan mientras se acercan por el camino, llevando a la Pubilla tendida en la red, bajo el sol del mediodía que cae a plomo. Cuando están llegando a la escalinata que sube a la entrada, se cruzan con una Monja concepcionista que bajaba.
—¿Qué ha pasado? —les grita. Inmediatamente coge la mano de la Pubilla y le toma el pulso—. Metedla dentro. ¡Rápido! —su rostro muestra preocupación.
En cuanto entran por la puerta del Hospital, otra hermana los ayuda a llevar la camilla improvisada. El pasillo resuena de pasos. Algunos enfermos —un niño vendado, un viejo con tos seca— se apartan sorprendidos.
Entran en una habitación muy blanca y, levantándola con cuidado de la red, la tienden en la cama metálica con sábanas de hospital. Los ojos de ella permanecen cerrados. La cadena con la Virgen sobre el pecho. El olor a fenol y yodo es penetrante.
—Avisa al Doctor y que preparen la sala de radioscopia —ordena la Monja a la otra hermana.
El pescador se ha quitado la gorra y la tiene respetuosamente en las manos.
Permanece cerca de la puerta de la habitación, como si estuviera de visita.
Carrau se queda junto a la cama, mirando a la Pubilla con preocupación.
Por la manera en que Carrau la mira, la Monja parece intuir sus sentimientos hacia ella.
Entonces se oyen pasos fuera, es el médico que llega.
Antes de que entre, Carrau se acerca a la Monja y le susurra:
—Hermana, es muy importante que no le quiten la medalla.
La Monja mira la humilde medallita de trencadís con la Virgen de Montserrat en el cuello de la Pubilla.
—Qué forma más curiosa para una medalla. ¿Ella es muy devota? —le pregunta afablemente.
—Sí. La Virgen la mantendrá con vida —le contesta Carrau, justo cuando entra el médico por la puerta.
—Buenos días. ¿Qué tenemos? —dice con voz potente.
El médico se acerca a la Pubilla y le toma el pulso. Saca una linterna del bolsillo y la acerca a las pupilas de la Pubilla.
—Isocóricas, pero lentas… —murmura. Le quita el paño de la cabeza y mira la herida.
—Esta herida hay que limpiarla, rápido. Tintura de yodo, gasas esterilizadas y diez mil unidades de suero antitetánico —les dice a las dos monjas con cara de preocupación—. La contusión le ha provocado un coma. Tenemos que inmovilizarle el cuello.
Mientras las hermanas se ponen manos a la obra, el médico se dirige a Carrau.
—¿Es su mujer?
Carrau hace que no con la cabeza. La Monja lo mira mientras prepara los utensilios para limpiar la herida. La otra hermana le está inyectando la penicilina.
Entonces el médico le pide detalles de lo que ha pasado. Carrau se lo explica todo tal como antes lo ha hecho con los pescadores. Las cejas del médico se van frunciendo a medida que va oyendo la explicación.
—¿Una caída dentro de un pozo? ¿Y era muy hondo? —le pregunta perplejo.
Desde la puerta, es el pescador el que responde en voz alta.
—El pozo de Eusebi tiene unos cincuenta metros. Es un pozo de servicio, no hay agua en el fondo. Solo roca.
El médico lo mira sin poder creérselo.
—Cincuenta metros. ¿Y sin fracturas óseas?
Entonces las hermanas le preguntan algo al médico y este se vuelve a centrar en la Pubilla.
—Por favor, salgan. Ahora el Doctor la examinará para ver que no tenga ninguna otra herida —les dice la Monja, mirando a Carrau.
Carrau sale con pesar de la habitación, siguiendo al pescador. Echa una última mirada a la Pubilla mientras la Monja cierra la puerta.
—Voy a la barca a dar parte al patrón —le dice el pescador todavía con la gorra en la mano.
—Yo me esperaré aquí, a ver qué dice el médico cuando salga —le contesta Carrau. Y después añade—: Muchas gracias por vuestra ayuda. Le habéis salvado la vida.
Y le tiende la mano rugosa para darle un apretón. Es la mano que antes estaba llena de sangre. El pescador, sin embargo, no se la estrecha. Simplemente, se pone la gorra y le contesta, fríamente:
—Cualquiera habría hecho lo mismo. Que usted lo pase bien.
Un escalofrío recorre a Carrau mientras el otro se marcha pasillo adelante.
Se gira hacia la puerta cerrada de la habitación, abatido.
Dentro de su cabeza resuenan las palabras con las que les ha explicado lo que ha pasado.
Y ve por primera vez con claridad que es un relato inverosímil.
Ve la cara de perplejidad del doctor cuando las escuchaba.
Y la cara del pescador, mirándolo todo el rato acusador desde la puerta, con la gorra en la mano.
Quizá nadie lo creerá. Con la Pubilla en coma, ¿quién lo apoyará?
Le viene a la cabeza la acusación de ella, en los instantes antes de caer al pozo: «Fue el Mercader. Él es el jefe de Odessa. Fue él».
¿Qué es Odessa? ¿El Capataz trabajaba entonces para el Mercader, el prometido de la Pubilla, y para Odessa?
Y piensa entonces en la astilla. En el Objeto. El Capataz lo quería por encima de todo. Hasta el punto de estar dispuesto a matar. « El Objeto es solo una parte muy pequeña de algo inmenso », escribió su padre en el mensaje que encontró en el fondo del pozo. Dentro de la cajita de Gaudí.
Entonces la puerta de la habitación se abre, interrumpiendo sus pensamientos, y sale una de las hermanas.
Cuando Carrau la mira para preguntarle por el estado de la Pubilla, ella evita su mirada agachando la cabeza, y sin decir nada se marcha rápidamente pasillo adelante, antes de que él pueda abrir la boca.
Carrau tiene la misma sensación que con el pescador y el médico. No lo creen.
Al poco sale la Monja. Ella sí se dirige a Carrau.
—Está en coma debido al fortísimo golpe en la cabeza. Milagrosamente no tiene ningún hueso roto —lo dice persignándose.
—La medalla —le vuelve a decir Carrau.
La Monja le coge la mano y le dice, mirándolo a los ojos:
—No se preocupe. Me encargaré de que nadie se la quite.
—Ella… es muy importante para mí —añade Carrau con un nudo en la garganta.
—Está en buenas manos. La cuidaremos bien —y lo dice mirándolo a los ojos—. Ahora, sin embargo, creo que haría bien en marcharse.
—Yo… no puedo dejarla en este estado —responde Carrau sorprendido.
Pero la Monja añade:
—El Doctor nos ha pedido que avisemos a la Guardia Civil.