Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2)
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II
Por un instante, con el corazón desbocado, teme lo peor. Grita una y otra vez su nombre, con fuerza, hacia las profundidades del pozo, pero solo recibe el eco de sus propios gritos como respuesta.
Mira atrás buscando el árbol cercano donde ha atado la cuerda cuando la ha preparado antes para descender bajo la amenaza del Capataz.
El nudo, hecho precipitadamente, pero con fuerza, todavía resiste en el tronco del pino.
Sin pensárselo más, aparta la reja, agarra de nuevo la cuerda con firmeza y, decidido, comienza a bajar rápidamente por el pozo.
Baja sin arnés. A pulso. Como poseído. Sin notar el cansancio.
El frío se cierra a su alrededor mientras desciende y cuando pasa por el punto donde ella ha chocado contra la pared rugosa del pozo de servicio, la mancha de sangre le encoge todavía más el corazón y vuelve a gritar su nombre fuera de sí, acelerando todavía más la velocidad, los ecos resonando lúgubremente.
Como si estuviera descendiendo a una tumba.
Cuando ya solo quedan unos metros para llegar al fondo los ve, extrañamente iluminados por la luz que viene de la cueva que da al mar. El cuerpo de ella, precioso sobre la montaña descoyuntada que ahora es el Capataz, que le ha amortiguado sin quererlo la caída. Los dos inmóviles.
Hace pie en el suelo y se abalanza sobre ella, gritando su nombre, desesperado, pero ella no se mueve.
Su cabeza ha quedado sobre la panza muerta del Capataz.
Tiene una herida profunda de la que no para de salir sangre.
Está muy pálida. Y hay tanta sangre que no sabe cómo levantarla para no hacerle más daño.
Temblando, le pone la mano en el cuello y ve que todavía hay pulso.
¡Todavía respira! Le besa la mejilla contusionada. Está gélida.
En su angustia, le vienen a la cabeza las manos curadas, después de ser quemadas por la cuerda, allá arriba, y se saca el Objeto del bolsillo del pantalón.
Y juraría que refulge en su mano. No es más que una pequeña astilla, engastada en una humilde medalla de trencadís, con la Virgen de Montserrat en la otra cara, como la que llevaba siempre ella.
Se la pone en la cabeza, cubriéndole toda la herida con su mano rugosa de payés.
No se da cuenta, pero mientras llora, está rezando en voz baja.
La mano grande sobre la pequeña medalla con la astilla, sobre la herida que no para de sangrar.
La herida por la que se escurre la vida de la Pubilla.
Están unos instantes así, el tiempo suspendido, y es el rumor lejano del mar el que le hace levantar la mirada llorosa, y ve la luz de la entrada de la cueva, la salida que da al azul. Una luz cálida que ahora parece envolverlos. Que le calma un poco la profunda agitación que siente.
Y cuando vuelve a mirar a la Pubilla, ahora envuelta también en aquella luz, podría jurar que la herida bajo su mano refulgente quizá no se ve tan profunda y que ha parado de sangrar. Y no se atreve a mover la mano, que ahora también nota cálida, de la cabeza herida de ella.
Y con la otra mano le acaricia de nuevo la mejilla maltrecha, y se la besa, mojándola con las lágrimas que no puede contener.
Y cuando levanta los labios, un escalofrío le recorre todo el cuerpo al darse cuenta de que la contusión de su mejilla ya no está.
Y la mano que tiene sobre la herida le tiembla.
Una mezcla de sorpresa, miedo y alegría lo embriaga, cuando allí, en el fondo del pozo de Eusebi, la palidez que hace unos instantes hacía presagiar lo peor, ahora ha dado paso, como empujada por la luz que viene del mar, a su belleza.