Arcanum Gaudí (El legado secreto de Gaudí 2) XXXII
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XXXII

El sol se está poniendo cuando lo sacan al patio de armas. La humedad de Barcelona se pega a la piel.

Mi última puesta de sol, piensa Carrau mientras los soldados lo escoltan en formación hacia donde lo fusilarán, sus botas resonando implacablemente sobre el suelo de piedra del patio.

Unos minutos antes, dentro del cuartel, el capitán del pelotón de ejecución le ha leído su sentencia de muerte. Lo condenan por el asesinato del Capataz. Por dejar en coma a la Pubilla. Y por la muerte de Luna.

Lo colocan contra la pared y le quitan las esposas. El capitán le pregunta si tiene una última voluntad. Él le pide que no le digan a su madre cómo ha muerto. El capitán asiente serio. Entonces le pregunta si quiere que le tapen los ojos. Él responde que no.

El capitán camina hacia donde están sus soldados, ya preparados. Desenvaina el sable y lo levanta.

—¡Carguen armas! —ordena con voz seca.

Una ristra de clacs metálicos llena el patio cuando los soldados amartillan los fusiles.

Carrau piensa en aquel último momento en la Pubilla. En la cama del Hospital de Sitges. Y también en Luna. Su cuerpo abatido mientras corría escapándose como una frágil gacela.

—¡Apunten armas!

El inspector Domínguez deja el coche mal aparcado delante del cuartel y corre hacia la puerta.

Los soldados que están de guardia lo detienen.

—¡Alto!

Él les enseña su placa.

—¡Policía secreta! ¿Adónde han llevado al detenido? ¡Es un error!

Los soldados se miran confusos. Son muy jóvenes. El nombre de la secreta parece atemorizarlos y le indican al inspector la dirección del patio de armas.

El inspector Domínguez arranca a correr hacia allá, por dentro del cuartel.

Mientras tanto en la Cripta de la Sagrada Familia

—¿Por qué no funciona? —grita el Mercader con desesperación.

El Oficial ha dejado de tocar Parsifal y mira a Bruder, que sigue con el Cáliz de Doña Urraca alzado ante el altar.

—¡No quiero morir! —aúlla el Mercader, y sus gritos resuenan como una pesadilla dentro de la cripta.

Bruder recuerda entonces a su padre. Todo lo que le contó del Grial, cuando él era un niño y lo acompañaba en las visitas al castillo de Neuschwanstein.

Se gira para mirar con asco al Mercader, que agoniza ante la tumba de Gaudí.

¿Dónde están los ángeles que habían de proteger el Santo Grial?, piensa Bruder mientras mira al moribundo que no para de gritar. Una sensación nauseabunda parece apoderarse de él.

¿Qué hago yo aquí?

Entonces el Oficial coge la pistola de encima del órgano y, levantándose, le pregunta a Bruder con voz grave:

«Was ist das Problem, Herr Obersturmbannführer?»

—¿Cuál es el problema, teniente coronel?

En el mismo momento, en el Hospital de Sitges

Siente cómo se precipita hacia el abismo.

Es una caída lenta, hundiéndose en las aguas negras que ya parecen ser parte de su piel.

Intenta pensar en su amor. Que la imagen de él sea el último pensamiento que su mente abrace.

Pero no lo consigue, y la negra noche se la lleva irremisiblemente hacia las profundidades.