Capítulo 23
Morgan se tambaleó hacia atrás, alejándose de la figura del leal guardaespaldas de Natasha, Isac, un hombre del que había leído en las notas de Martin, que conocía a Natasha desde la infancia.
—Ahora terminaremos lo que mi señora empezó en Londres. Este es un lugar digno para el sacrificio de una guerrera, porque morirás por mi mano.
Morgan vio el destello en sus ojos al hablar de Natasha y encontró una posible defensa en provocarlo.
—¿Por qué estás aquí, Isac? ¿Por qué no llevó los fragmentos del arca a Jerusalén?
Él se lanzó hacia ella.
Morgan saltó hacia atrás, consciente del daño que sus puños podrían hacerle a un cuerpo ya magullado.
—Sabes que el bebé no es tuyo, ¿verdad?
Los ojos de Isac brillaron y ella comprendió que él no sabía con certeza sobre el hijo que Natasha esperaba. Corrió hacia ella, furioso.
Morgan se mantuvo firme y giró en el último momento, atrapando su brazo y doblándolo hacia atrás.
En un solo movimiento le pisó la parte posterior de la rodilla, Isac cayó, pero no pareció sentir el dolor, se impulsó de nuevo hacia arriba, y la parte trasera de su cabeza pasó a milímetros del rostro de Morgan.
Lo soltó y corrió lanzándose por su arma en la arena, él la sujetó por el tobillo y la hizo caer de golpe. Morgan gimió al sentir cómo su cuerpo golpeado recibía otra descarga de dolor, pero se arrastró hacia adelante, pateando y lanzando arena a la cara de Isac.
—Lo pagarás —rugió él, y Morgan percibió su furia contenida, su deseo de proteger a Natasha, aunque jamás pudiera poseerla.
Las puntas de los dedos de Morgan rozaron el arma, pero Isac la alcanzó y le sujetó la mano.
Mientras sus dedos escarbaban en la arena, tocó una piedra.
La tomó y usó todas sus fuerzas para girarse y golpear a Isac con fuerza en la cara, hundiéndosela en la cuenca del ojo.
Isac aulló de dolor y se cubrió la cara con una mano mientras la otra intentaba sujetarla, pero fue suficiente distracción.
Morgan se arrastró hasta su arma, giró y disparó justo cuando Isac se lanzaba hacia ella. Su impulso lo hizo caerle encima, pero la sorpresa en sus ojos era total mientras escupía sangre.
Al tiempo que Morgan se apartaba desde debajo de su cuerpo, Isac estiró la mano hacia el templo.
—Natasha…
Sus ojos se nublaron e Isac se unió a los faraones en el inframundo.
Morgan se arrodilló para cerrarle los ojos, comprendía el valor de la lealtad y esperaba que alguien hiciera lo mismo por ella algún día. Después se levantó y se acercó con cautela a la entrada del templo, donde avanzó sigilosamente por el corredor de piedra.
A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, Morgan distinguió altos pilares tallados con la figura de Ramsés sentado, vestido como el Osiris resucitado. Bajorrelieves de escenas de batalla cubrían las paredes.
El eje del templo se había mantenido incluso después de su traslado a ese sitio: dos veces al año, en los solsticios, al igual que en los tiempos antiguos, los rayos del sol penetraban el santuario e iluminaban las estatuas del muro del fondo.
Los dioses verían el sol, excepto Ptah, dios del Inframundo, que siempre permanecía en la oscuridad.
Conforme Morgan avanzaba dentro del templo, un canto inquietante se deslizaba alrededor de las columnas y se mezclaba con el silbido del viento a través del antiguo corredor de piedra. Finalmente llegó a la cámara principal y se quedó en las sombras observando.
Natasha estaba arrodillada frente a un altar sobre el que descansaban los fragmentos envueltos del arca, a cada lado había un brasero quemando incienso que llenaba el aire con un humo dulzón y denso.
Entre cada canto, Natasha bebía hondo de un cuenco de cobre, dando grandes tragos a su contenido.
Por sus mejillas corrían las lágrimas, como si viera gloria y terror en el humo.
Mientras Morgan observaba, las palabras de Marietti volvieron a su mente, no podía simplemente dispararle a Natasha.
Ya no era solo una vida la que estaba en juego.
De pronto, Morgan se dio cuenta de que su rabia y su necesidad de venganza habían volado como cenizas de una pira funeraria, dejándola solo con un sabor amargo en la boca.
Lo que la movía ahora era la necesidad de proteger a Israel de la amenaza de la destrucción.
El arca siempre sería un peligro para su amado país.
Salió del corredor empuñando su arma frente a ella.
—Se acabó, Natasha —la voz de Morgan resonó en el templo que había atestiguado tantas oraciones a lo largo de los milenios.
El canto cesó y Natasha rio sin darse la vuelta.
—¿Por qué no me sorprende que me hayas encontrado, Morgan? Al menos pensé que los hombres te contendrían en la pista hasta que hubiera terminado. Pero ya es demasiado tarde.
Se puso de pie y giró, apartando la capa para mostrar un chaleco suicida.
—Ahora morirás aquí conmigo.
El chaleco no estaba activado, todavía tenía tiempo, pero Natasha estaba al límite y Morgan debía mantenerla hablando.
—¿Por qué no llevaste el arca a Jerusalén? —preguntó dando un paso lento hacia adelante.
Los ojos penetrantes de Natasha brillaron con el reconocimiento de una verdad que iba más allá de la comprensión mortal.
—Tú sabes por qué. En Londres también experimentaste el poder del arca.
Debes entenderlo. No me permitió llevarla a Jerusalén.
El arca solo puede regresar a la Ciudad Sagrada en el fin de los tiempos, y ese momento aún no ha llegado.
Antes no creía nada de esto, pero ahora lo entiendo.
Hay mucho que puede revelarse ahora que las piezas están juntas de nuevo.
Ven, Morgan, acompáñame, juntas veremos a Dios.
Natasha giró hacia el altar y desenvolvió uno de los fragmentos del arca, retiró el paño con sus propias manos mientras acariciaba el fragmento con reverencia.
—No lo hagas —le suplicó Morgan con el arma temblando entre sus manos que vibraban. Una parte de ella moría de curiosidad por saber qué ocurriría, pero los versículos bíblicos sobre el poder mortal del arca la impulsaban a impedir lo que estaba a punto de suceder.
La risa de Natasha resonó en el templo mientras retiraba el resto de los envoltorios para dejar al descubierto once fragmentos recogidos de las logias masónicas de Inglaterra y el fragmento de Etiopía.
Cuando el último vio la luz, los fragmentos comenzaron a brillar y un sonido de aguas torrenciales llenó la enorme sala como si estuvieran en el fondo de una catarata inmensa que caía desde el cielo; las motas doradas de la madera se hicieron translúcidas, titilaban con una visión que trascendía el velo y los fragmentos se elevaron del altar y giraron juntos para formar la silueta de un arca antigua mientras querubines dorados flotaban sobre ella como una ilusión.
El humo del incienso se mantenía en el aire suavizando los bordes del arca renacida.
Morgan parpadeó, intentaba despejar de su vista lo que debía ser algún tipo de alucinación. La cabeza le daba vueltas y extendió una mano para aferrarse a una columna cercana mientras un presentimiento creciente la llenaba por dentro.
Los ojos de Natasha estaban abiertos de par en par, llenos de asombro y emoción.
—Después de miles de años, el arca está viva una vez más —dijo y extendió la mano para tocar los fragmentos animados.
Morgan añoraba unirse a ella, pero las escrituras hablaban del arca como un arma ancestral; su energía había derribado los muros de Jericó y exterminado a los que quedaron adentro. ¿Qué podría hacer en este lugar?
Un latido profundo retumbó desde el artefacto.
Natasha echó la cabeza hacia atrás y clamó oraciones en una lengua antigua mientras la luz, canalizada desde los fragmentos, la atravesaba y se entrelazaba con el humo de los braseros en un vórtice giratorio. Morgan retrocedió por el corredor, aquel no era un espectáculo para ojos mortales.
Un haz de luz que atravesó la oscuridad surgió del arca, se escuchó un siseo cuando el rayo impactó contra el muro; la piedra humeó al disolverse como ácido sobre piel. Otro rayo salió disparado y golpeó una columna que silbó de la misma forma.
Morgan se agachó detrás de uno de los pilares de piedra para protegerse de los rayos que salían disparados.
Se abrió una grieta en una de las paredes, un trozo de piedra cayó del techo y se estrelló contra el suelo. El antiguo templo no resistiría tal violencia mucho más tiempo.
Morgan retrocedió poco a poco hacia el corredor, lista para huir. Natasha seguía allí, transfigurada por los rayos de luz, con los brazos levantados hacia el cielo mientras clamaba, triunfante, a los dioses.
Un solo rayo salió disparado del arca y la atravesó levantándola en el aire, quedó suspendida, mientras se retorcía sobre la luz. El horror absoluto se extendió por su rostro, como si contemplara a los demonios del infierno. Entonces, la luz del chaleco suicida cambió a verde.
Morgan dio vuelta y corrió. Los haces de luz explotaron contra las losas detrás de ella, quemaban el suelo a su paso.
Llegó al túnel entre las imponentes estatuas del faraón… entonces la explosión la levantó del suelo y la catapultó hasta la arena ardiente junto al lago. Llovieron fragmentos de roca como misiles a su alrededor mientras se cubría la cabeza con los brazos.
Un estruendo profundo resonó bajo la tierra, el suelo tembló y una columna de fuego y humo giró sobre el templo. Las estatuas del faraón se desmoronaron, los grandes tocados se vinieron abajo mientras el antiguo templo de Abu Simbel colapsaba sobre la arena.
Morgan se arrodilló a la orilla del lago y miró hacia las ruinas. Lloró por la pérdida… por la gloria del arca, por todo lo que pudo haber sido. Tal vez, incluso, por Natasha.