Capítulo 22 #2
—¡Espera, detente! —gritó un soldado desde atrás— Detecto señales de calor alrededor del borde de la pista —tecleó en su computadora—. Se acercan por el costado de la avioneta; seis, siete, quizá.
Morgan miró a Nejev.
—Tenemos que ser rápidos y silenciosos si queremos llegar hasta el templo. ¿Puedes mantenerlos ocupados?
Nejev asintió.
—Salgan por la compuerta de mantenimiento, debajo de la nave. Crearemos una distracción y los mantendremos aquí. Si creen que estamos acorralados tendrás suficiente tiempo para llegar. Te avisaremos si hay cambios de posición por el auricular.
Tomó su mochila, se puso el dispositivo de comunicación, después le indicó a un soldado que la acompañara. Juntos, se agacharon y salieron por la compuerta de mantenimiento, bajo la avioneta.
El aire era cálido y denso, y una gota de sudor le recorrió la espalda mientras permanecía en silencio y escuchaba la noche: pequeños ruidos de animales del desierto se deslizaban entre el polvo del reino muerto, depredadores cazando en la oscuridad.
Pero los soldados de Natasha también estaban ahí, esperaban en silencio el momento en que salieran los ocupantes de la avioneta.
Las puertas delantera y trasera de la nave se abrieron, ambas del lado derecho. Una voz baja llegó a través del micrófono en su oído.
—Vamos a atraer el fuego. Rodea por la línea de la cerca.
Morgan asintió al soldado que la acompañaba, quien respondió con un gesto de preparación.
Una ráfaga de disparos rompió el silencio.
Confiando en que Nejev manejaría la situación de combate, Morgan corrió agachada y veloz para alejarse de la avioneta hacia la cerca.
Otra ráfaga de disparos llegó desde los árboles frente a ellos.
El soldado cayó al suelo con un gemido de dolor.
Morgan respondió el fuego hacia la silueta en las sombras mientras corría zigzagueando hasta la cerca. La figura cayó y los disparos cesaron, pero seguro habría más soldados, entonces solo tenía una pequeña ventana de oportunidad para llegar al templo.
—Hombre herido —susurró en el auricular—. Está sobre el asfalto, sigue con vida.
—Enviaremos a alguien a recogerlo —contestó Nejev—. Te enviaré otro hombre.
—No hay tiempo —susurró ella—. Iré sola.
Con los cortadores de alambre que sacó de su mochila, Morgan hizo un agujero en la cerca y se deslizó a través de él con la mochila como protección de las púas; ya del otro lado avanzó a empujones entre árboles y arbustos densos, guiada por los altos acantilados que se alzaban sobre ella.
El sonido de los disparos se fue apagando a medida que se alejaba rápida y silenciosamente de la pista. Recargó el arma y la mantuvo lista mientras avanzaba. No volvería a subestimar a Natasha.
Minutos después, Morgan giró en una curva por el sendero y emergió a los pies del faraón Ramsés II, cuyo cuerpo gigantesco se alzaba veinte metros por encima de ella.
Había cuatro de esas estatuas, reyes colosales tallados en la roca, todos con la doble corona Atef del Alto y Bajo Egipto. Las estatuas de su familia, en tamaño real, flanqueaban sus pies y un friso de veintidós babuinos danzaba en lo alto del templo, vivos en una jungla petrificada.
El templo había sido diseñado para rendir culto al faraón, pero también a las deidades estatales de Egipto: Ra-Horajti, Ptah y Amón. Junto al templo principal había otro más pequeño donde Nefertari, su reina, era venerada como la diosa Hathor.
Esos templos gigantes fueron tallados originalmente en el acantilado de una gran pendiente en Nubia, en el sur de Egipto.
Miraban hacia las tribus que llegaban del África subsahariana, con la mirada de los gigantes como advertencia del poder de Egipto.
Pero el templo fue trasladado durante la construcción del lago Nasser, cuando el Nilo fue represado y el lago inundó todo a su paso.
Los templos habían sido desmantelados, cortados en enormes bloques y reconstruidos muy por encima de su ubicación original.
El lago Nasser era considerado por algunos como la desgracia de Egipto, dado que había alterado los antiguos ritmos de las crecidas del Nilo que durante milenios renovaron al país.
La presa también había ahogado la tierra natal del pueblo nubio, volviéndolos refugiados en su propia nación.
El sacrificio humano había sido considerable, pero Abu Simbel sobrevivía después de tres mil años.
Morgan apartó la vista del templo y miró hacia el lago mientras el graznido de un ave nocturna rompía el silencio. Todo estaba en calma… demasiado en calma.
Avanzó con cautela, pero la única entrada al templo era el corredor que se extendía entre los pies de las estatuas colosales, una boca oscura en los acantilados.
No había dónde ocultarse o refugiarse ni vegetación ni más estatuas.
Se arrastró frente al templo, una sombra recortada por los reflectores, muy consciente de que cualquiera que estuviera vigilando podría verla con claridad.
Del interior llegó el sonido de un canto, un himno ancestral a los dioses.
Continuó avanzando, despacio con el arma lista, apuntando al oscuro corredor frente a ella.
Un ruido brusco sonó a sus espaldas.
Volteó… y un poderoso golpe que la hizo desvanecer explotó contra su mandíbula. Su arma y el auricular cayeron a la arena.