Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Hampstead, Londres.

Morgan caminaba por la arbolada calle suburbana, observaba las placas azules conmemorativas en las paredes de las casas señoriales que señalaban los nombres ilustres de la historia que alguna vez habitaron esa zona.

Esas marcas salpicaban todo Londres, siglos de intelecto superpuestos en la memoria de la ciudad, y esa área en particular estaba llena de ellas.

En las últimas horas, mientras los médicos la atendían y le administraban analgésicos había investigado el pasado de Natasha gracias al acceso de ARCANO a archivos secretos.

Martin incluso había hackeado la base de datos del Servicio de Investigaciones de Seguridad del Estado Egipcio (SIS), para obtener información sobre varias generaciones de los El-Behery.

El abuelo de Natasha, Daoud El-Behery, un hombre de negocios, instruido y con contactos internacionales, había sido contemporáneo de Sigmund Freud.

De forma oficial comerciaba antigüedades, pero también había sido contrabandista y admirador del psicoanálisis.

Freud coleccionaba antigüedades y muchos de sus artefactos provenían del antiguo Egipto; varias llevaban el sello de los El-Behery.

No tenían más pistas y era una jugada arriesgada, pero la colección egipcia de Freud se encontraba ahí, en Londres, y Morgan estaba convencida de que Natasha se escondería en algún lugar que significara algo para ella. Tal vez podría hallar alguna pista en la colección.

La antigua casa de Sigmund Freud, en el número 20 de Maresfield Gardens, en Hampstead, ahora era un museo, Morgan tuvo que pagar para entrar como cualquier otro turista interesado en la psicología.

Siempre asociaría a Freud con Viena, pero cuando los nazis llegaron al poder, los judíos que pudieron huyeron de la ciudad de los valses, entre ellos Freud y su familia.

Llegaron a Inglaterra como refugiados en 1938, cuando Freud tenía ochenta y dos años, y pasó su último año en el exilio.

Londres fue su refugio mientras los nazis devastaban Austria, pero Freud murió al estallar la guerra, antes de que se conociera la magnitud de las atrocidades cometidas contra los judíos.

Morgan cruzó el vestíbulo y entró al estudio de Freud.

La habitación estaba atestada, repleta de objetos alineados en estantes desbordados por las esquinas, las paredes estaban saturadas de libros, casi todos de pasta dura y encuadernados en cuero.

Pasó los dedos por los lomos de un estante: La tumba de Tutankamón, Osiris: la resurrección, La rama dorada, Totemismo y exogamia ; libros que se impregnaron en el subconsciente del psicoanalista, los que miraba cuando su mente divagaba.

En una mesita lateral encontró la Biblia familiar de Freud, la que había despertado su temprano interés en la religión y los dioses egipcios, la abrió en el capítulo cuatro del Deuteronomio, con ilustraciones de dioses egipcios con cabeza de halcón y otros ídolos.

Las imágenes acompañaban los versículos que prohibían adorar tales criaturas, pero su sola presencia había encendido la pasión de Freud por el antiguo Egipto.

La discusión sobre la idolatría y el politeísmo fue, en una paradoja, lo que lo llevó a volver una y otra vez a esas figuras, y el texto estaba lleno de subrayados en rojo, azul y verde.

Vendajes de momias egipcias, inscritos con conjuros y manchados con ungüento de embalsamar descansaban en estantes cercanos, junto a delicadas estatuas helenísticas y amuletos eróticos romanos.

La colección era un fascinante catálogo de civilizaciones del mundo, donde objetos raros y sagrados, deteriorados y hermosos, estaban expuestos a la vista de todos.

Morgan pensó en su propia caja en el ático, sus tesoros secretos, y notó que, de manera similar, esa colección era la mente de Freud hecha tangible; los objetos que había reunido eran representaciones externalizadas de su personalidad.

Tal vez la propia casa de Morgan estaría llena de historia cuando llegara a los ochenta, si es que lograba llegar, pensó mientras el dolor le punzaba en todo el cuerpo.

Se quedó de pie frente al escritorio de Freud, lo miraba al mismo tiempo que se preguntaba sobre el hombre que había escrito ahí, el fundador de lo que algunos llamarían el culto al psicoanálisis.

El mueble era de caoba, con incrustaciones de cuero rojo, de un tamaño modesto para la inmensa sombra que este hombre proyectó sobre la psicología, la literatura europea y el arte.

Solo había un pequeño espacio para escribir, apenas suficiente para una hoja tamaño carta; dos hileras de figurillas ocupaban un tercio del escritorio.

Los dioses que se sentaban con él y lo observaban trabajar.

Morgan se inclinó para examinar un babuino de mármol con una luna creciente sobre la cabeza, era una encarnación del dios egipcio Thot, el dios de la escritura, el conocimiento y el misticismo.

El babuino era considerado la más impulsiva de las encarnaciones del dios, la que conectaba con los instintos sobre los que a veces actuamos, pero Thot también era el dios que pesaba el corazón al final de la vida, según El Libro de los Muertos .

Si el corazón pesaba más que la pluma de Maat, diosa de la verdad y la justicia, entonces la persona era arrojada a las fauces de Ammit, la devoradora de los muertos.

Había más bustos de dioses que observaban hacia el escritorio desde un estante bajo; tal vez ese panteón le susurraba verdades divinas a Freud mientras trabajaba.

Morgan sonrió ante su propio pensamiento.

Era una colección increíble para un aficionado, pero Freud había vivido a inicios del siglo xx , cuando hallazgos importantes, como la Troya de Schliemann y el Tutankamón de Carter eran noticia mundial, y la colección de antigüedades era una moda en la alta sociedad.

El austriaco creía que el psicoanalista era como un arqueólogo que excavaba capa tras capa de la psique del paciente hasta llegar a los tesoros más profundos y preciados, tenía una pasión por desenterrar secretos, por sacar a la luz lo oculto, quitar el polvo y unir fragmentos de un pasado quebrado.

Morgan observó todo el espacio: el estudio era una habitación doble y alargada con ventanales franceses cubiertos por pesadas cortinas, techos altos y pisos de madera, dominada por los ricos colores de las alfombras y tapetes turcos.

Los tonos profundos de rojo y dorado hacían que el lugar se sintiera más acogedor, casi como una cámara secreta.

Al otro extremo del estudio distinguió una reproducción de Rembrandt donde Moisés sostenía las tablas de la ley, las mismas que alguna vez estuvieron guardadas en el arca de la alianza. Era un dibujo en blanco y negro, hecho a base de líneas cruzadas, rodeado de letras hebreas.

Durante una visita a Roma, Freud quedó fascinado por la escultura de Moisés, en San Pietro in Vincoli, hecha por Miguel Ángel; era una estatua cornuda debido a una mala traducción del hebreo de la palabra resplandeciente , pero los cuernos le daban al personaje una gravedad especial.

Freud la estudió y la dibujó durante semanas y en su último libro, Moisés y la religión monoteísta , sugirió que Moisés había sido egipcio y sacerdote del culto monoteísta de Atón, miembro de la casa real de Akenatón.

Eso coincidía con la investigación del curador Abasi Gamal, y Morgan sintió renacer una chispa de esperanza mientras continuaba revisando el estudio.

En un nicho al fondo de la sala encontró una acuarela de Abu Simbel, un gigantesco templo construido en el sur de Egipto al borde del desierto para intimidar a las hordas bárbaras.

Tres cabezas gigantescas del faraón Ramsés II miraban hacia las aguas del río Nilo bajo un cielo estrellado que iluminaba los rostros de los antiguos reyes.

Una cuarta figura estaba derrumbada en la arena a sus pies y una luz brillaba en el interior, como si el templo estuviera en uso una vez más, una resurrección de la fe ancestral en el mundo moderno.

Había una nota en la impresión, Morgan se inclinó para leerla y soltó una exclamación. El cuadro había sido un regalo para Freud de parte de Daoud El-Behery, el abuelo de Natasha. ¿Habría compartido esa pasión por Abu Simbel con su nieta?

Al contemplar la luz en el templo interior, Morgan se preguntó si tal vez esa pasión se vivía en ese mismo instante.

Abu Simbel, Egipto.

Más tarde esa noche la pequeña avioneta viró en la oscuridad rumbo a Abu Simbel, en el gran desierto rojo, a doscientos treinta kilómetros de Asuán, la ciudad egipcia más cercana.

Morgan miraba por la ventana hacia la noche y se preguntaba si cometía un error al llevar al equipo hasta allá.

Si no encontraba a Natasha, otros podrían hallar el arca primero.

Aquella podría ser su única oportunidad.

Nejev, uno de los miembros locales de ARCANO, giró de su asiento más adelante.

—Un par de hombres se quedarán en la avioneta. Yo te escoltaré al templo con dos hombres más como apoyo.

Morgan asintió. Ella hubiera preferido ir sola, pero Marietti había insistido en que la acompañara un pequeño grupo dada la tendencia de Natasha a la violencia.

Nejev era profesional y cortés, pero Morgan no podía evitar pensar en Jake y en el asalto nocturno en Túnez durante la búsqueda de las piedras de Pentecostés. Deseó que Jake estuviera a su lado.

La avioneta aterrizó con dificultad en una pista desierta y se detuvo cerca de un moderno edificio turístico; tenía una cerca de alambre a cada lado, pero Abu Simbel estaba tan alejado de la civilización que no había gran necesidad de reforzar la seguridad.

De día, los vuelos chárter llevaban turistas para maravillarse con las ruinas, pero por la noche el lugar estaba desierto.

Morgan caminó hacia el frente de la avioneta mientras Nejev daba instrucciones a sus hombres.

Abrió la puerta.