Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 20
84%

Capítulo 20

Jerusalén, Israel.

Mientras el odio y la rabia hervían bajo el sol del mediodía, las fuerzas del caos se reunieron sobre la Ciudad Vieja.

La multitud se empujaba al avanzar por la calle El Wad HaGai hacia el Muro Occidental.

Los gritos eran esporádicos, aún no se cristalizaban en un canto de violencia…

pero bastaría poco para desatar un motín.

Avi Kabede, Al-Hirbaa, se subió la capucha de la chamarra para ocultar su rostro.

No quería aparecer en los reportajes de los medios sobre ese evento, así que se mantuvo al margen de la multitud, enviando mensajes a individuos clave infiltrados entre los extremistas judíos de derecha.

Así podría dirigir el caos sin formar parte de él.

Avi observaba a la multitud, saboreaba de antemano la violencia en su boca mientras distinguía los rostros y las ropas de las razas que cohabitaban ahí.

Las culturas chocaban en Jerusalén, las ideologías religiosas colisionaban y las familias se convertían en daño colateral en la lucha interminable.

Dios estaba partido en tres dentro de esos muros: judíos, musulmanes y cristianos peleaban por un lugar mientras sus oraciones subían al cielo en un solo aliento y las maldiciones contra el otro contaminaban el aire en el siguiente.

Era hora de que las guerras libradas en el corazón humano se desbordaran en aquellas calles sagradas.

Avi frunció el ceño al revisar su teléfono por quinta vez en apenas unos minutos.

Había intentado, sin éxito, comunicarse con Natasha El-Behery varias veces durante las últimas diez horas.

En su último mensaje le había confirmado que recuperó los fragmentos del arca de varias logias masónicas de Inglaterra y que su equipo volaba hacia Israel. Pero el avión nunca llegó a Israel.

Natasha y su equipo habían desaparecido, y con ellos el arca que Avi necesitaba para encender a la multitud para lanzarla contra el Monte del Templo y provocar una guerra religiosa.

Ya se habían puesto en marcha los acontecimientos, era demasiado tarde para detener a la muchedumbre.

Después de atizar la violencia durante días a través de los medios con su propia marca de retórica extremista, la firma del Acuerdo de Paz estaba a solo dos horas; Avi tenía una ventana muy estrecha de oportunidad y se aferraba a la esperanza de que Natasha aún apareciera mientras la multitud marchaba hacia el Muro Occidental.

Los hombres a su alrededor gritaban con más fuerza, llevaban sus rostros marcados por la ideología y los puños apretados en una agresión apenas contenida.

Avi había elegido bien a sus aliados: un grupo decidido a construir un Tercer Templo sobre el sitio de los dos anteriores, para hacerlo debían liberar el Monte del Templo del control musulmán y destruir la mezquita existente, pues ningún templo judío podía ser consagrado mientras subsistiera lo que consideraban un santuario ofensivo.

Los judíos llevaban demasiado tiempo apartados del lugar sagrado… pero hoy lo recuperarían.

Los gritos se convirtieron en cánticos: “Jerusalén, unida”. “Liberen el Monte del Templo”. “Shoah para los árabes”.

Avi también había avivado la inquietud entre grupos musulmanes fundamentalistas en la ciudad, quienes esperaban en puntos clave, listos para encender la resistencia y responder al ataque.

Algunos oraban dentro de la mezquita Al-Aqsa mientras otros esperaban afuera de las puertas en el Barrio Musulmán la menor señal de derramamiento de sangre para unirse a la pelea.

Avi maldijo el fracaso de Natasha. Todo estaba dispuesto y la ciudad pendía de un hilo de violencia, pero sin el arca como símbolo para unir a las masas, la mayor parte de la ciudad se mantendría al margen, optaría por la paz en vez de tomar por la fuerza aquello que, en silencio, consideraba que les pertenecía por derecho.

Era paradójico que ambos grupos extremistas coincidieran en algo: las conversaciones de paz debían fracasar, como tantas veces antes.

Incluso después de que Yitzhak Rabin y Yasser Arafat se dieran la mano en los jardines de la Casa Blanca en 1993, no pasó mucho tiempo para que los halcones volvieran a dominar Israel y la eterna enemistad se perpetuara en una nueva generación.

Tal vez hoy los dioses de las alturas serían honrados con un sacrificio de sangre a ambos lados del abismo religioso.

La multitud se acercó a la explanada, Avi revisó su teléfono una vez más, no podía esperar más a Natasha.

La turba estaba enloquecida y era momento de desatar el caos en la plaza frente al Kotel, el Muro Occidental.

Mientras enviaba una ráfaga de mensajes a sus contactos clave, Avi sentía el impulso de liderar la marcha, marcar el tiempo de los tambores a medida que los cánticos se intensificaban, pero en el anonimato residía el verdadero poder, así que se mantuvo en los márgenes.

Un grito surgió al frente, seguido del estruendo de pasos rápidos que resonaban en las calles mientras la multitud corría hacia el Muro Occidental esquivando los puestos de mercado y desbordándose sobre las aceras de la Ciudad Vieja.

Derribaban mesas, pateaban vendedores, destrozaban sus mercancías al pasar; algunos gritaban y trataban de resistir, mientras otros se refugiaban en los portales para evitar la confrontación. Una turba desbocada era salvaje e incontrolable.

Avi revisó su teléfono, aún quedaba tiempo para que Natasha metiera el arca de contrabando mientras los soldados lidiaban con el disturbio.

Si el arca era revelada, entonces el shofar, el cuerno de carnero, sonaría en la plaza como un nuevo comienzo simbólico.

Su eco había resonado desde las densas nubes del Sinaí en el Éxodo y volvió a escucharse cuando los soldados judíos liberaron el Muro Occidental de los jordanos en la guerra de 1967.

Muchos sentían que aquel sacrificio, arduamente ganado, había sido menospreciado por las restricciones del Monte del Templo y el shofar polarizaría a quienes se hubieran resistido.

Ya solo quedaban quince minutos para posicionarse. Si Dios lo permitía, tomarían el Monte del Templo por la fuerza.

La multitud corrió hacia la plaza, sus cánticos reverberaban en los muros del lugar sagrado.

Los soldados israelitas se congregaban para defender la base de la pasarela de madera que llevaba a la Puerta de Mughrabi, la única entrada al recinto del Monte del Templo desde el lado israelí.

Los vehículos de la prensa y reporteros se abrían paso entre los curiosos.

Avi sonrió ante su ansia de conflicto. Los soldados israelitas no abrirían fuego contra su propia gente, mucho menos lo harían en televisión en vivo.

Muchos de ellos compartían el sentir de los manifestantes, incluso podrían dejarles el paso libre.

La multitud arremetió.

Los soldados entrelazaron los brazos y los empujaron hacia atrás.

Cuando la multitud comenzó a pelear, los soldados sacaron macanas y respondieron, pero el peso de la turba era demasiado y las fuerzas israelitas fueron desplazadas de la entrada.

Un manifestante logró separarse del grupo y avanzó hasta la mitad de la rampa, claramente se dirigía hacia la Puerta de Mughrabi.

Un disparo retumbó desde lo alto. El manifestante cayó al suelo, llevándose las manos al pecho, la sangre brotó por su ropa. El disparo había venido de las murallas que protegían el Monte del Templo.

La multitud rugió de furia y arremetió de nuevo, se abalanzó contra los soldados israelitas, cuya determinación se quebró ante el tiroteo. Un manifestante judío desarmado, abatido por un guardia musulmán, podía considerarse un acto de guerra.

El momento de indecisión cambió todo; los soldados aflojaron la línea y la turba se abrió paso.

Avi luchó por alcanzar un mejor punto de observación. El shofar ya debería haber sonado, pero no veía a Natasha ni nada que se pareciera al arca. Maldijo su incompetencia y murmuró venganza, pero incluso sin el arca, ese disturbio sería un golpe directo al corazón de los Acuerdos de Paz.

Llegaron más disparos desde las murallas superiores y esta vez los soldados israelitas respondieron al fuego.

La multitud se lanzó sobre la rampa como una sola fuerza, varios cayeron bajo los disparos desde lo alto, pero no se detuvieron.

Un extremista tomó un ariete de un puesto de seguridad y varios hombres lo usaron para golpear la puerta que conducía al recinto de la mezquita.

La puerta no resultó tan fuerte como para resistir el peso de los manifestantes, el ariete la destrozó y la masa irrumpió en el Noble Santuario, el Haram el-Sharif. Avi se mantuvo al margen de la violencia, solo disfrutaba el caos que había provocado.

Los cánticos crecieron en volumen y agresividad.

Un grupo de hombres corrió hacia la Cúpula de la Roca, y otro hacia la mezquita Al-Aqsa, prohibida para aquellos que no eran musulmanes.

Los guardias del recinto intentaron frenar la invasión, pero entonces unos combatientes musulmanes extremistas irrumpieron en el recinto con más armas y un llamado a la yihad en nombre de Alá.

Algunos soldados israelitas se unieron a los manifestantes, tal como Avi había previsto. La batalla se dividió, como era inevitable, en líneas raciales y religiosas.

Un camarógrafo esquivó los disparos y se protegió detrás de una fuente.

Las balas repiqueteaban contra los azulejos de esmalte, pero él continuaba filmando el tiroteo; las imágenes se transmitían en vivo por todo el mundo, desataban aún más violencia mientras los fieles de ambos bandos defendían sus derechos religiosos.

Avi corrió con la multitud hacia la Cúpula de la Roca, donde musulmanes devotos abandonaron sus rezos y los guardias intentaban proteger la retirada.

El imán salió y se plantó frente a la entrada del santuario con el rostro descompuesto de angustia ante la devastación.

Sus palabras de paz se perdieron entre el rugido de la multitud, sepultadas por una furia imposible de contener, fue rebasado y cayó al suelo, donde desapareció bajo la multitud que irrumpía en la Cúpula, pisoteado y pateado por quienes profanarían el santuario.

Después de que el imán cayó, Avi supo que la situación se volvería en contra de la turba fuera de control.

Maldijo a Natasha, ese debía haber sido el momento de triunfo, con el arca restaurada en su sitio legítimo.

La guerra habría sido inevitable, pero sin el arca como símbolo de su causa, la violencia sería solo otro disturbio de extremistas minoritarios.

Habría represalias por toda la ciudad, aunque al final el esfuerzo fracasaría. Era momento de recortar pérdidas.

Un devoto musulmán corrió a través de la plaza hacia él, huía de la pelea.

Avi lo jaló hacia unos arbustos, lo golpeó en la sien con la culata de su arma, le quitó la ropa exterior y se la puso encima de la suya; se deshizo de la kipá judía y la remplazó por una taqiyya , el gorro de oración musulmán.

Apropiadamente disfrazado se dirigió con rapidez hacia una de las puertas laterales que daban al Barrio Musulmán, justo cuando más jóvenes subían desde las calles hasta el recinto, listos para unirse a la turba.

Avi se hizo a un lado con calma para dejarlos pasar, siempre había gente dispuesta a pelear. Natasha El-Behery pagaría por su fracaso… y Al-Hirbaa encontraría otra forma de derribar a Israel.

El fin llegaría, pero no hoy.

Transmisión de Al-Jazeera.

La Ciudad Vieja de Jerusalén estalló en violencia esta mañana cuando estallaron enfrentamientos entre judíos y musulmanes.

Doce personas murieron, siete judíos y cinco musulmanes.

El imán de la mezquita Al-Aqsa se encuentra en estado crítico tras las heridas sufridas al intentar mediar por la paz.

La Cúpula de la Roca fue vandalizada con grafitis ofensivos.

Las autoridades israelitas condenaron la violencia perpetrada por extremistas marginales que intentaban sabotear los Acuerdos de Paz. Algunos líderes musulmanes calificaron los hechos violentos como un acto de guerra religiosa y pidieron la expulsión de los judíos de Jerusalén.

El ejército de Israel restauró el orden luego de varias horas a través de lo que algunos denominan “tácticas de mano dura”; lanzaron gases lacrimógenos y el recinto fue desalojado de no-musulmanes, conforme a la ley vigente que les prohíbe el acceso a la zona.

Ciento veintitrés manifestantes han sido arrestados y esperan juicio.

A pesar de la violencia, el presidente de Estados Unidos, junto con representantes de las delegaciones israelí y palestina, firmó hoy los Acuerdos de Paz.

En la conferencia de prensa, el presidente anunció: “Siempre habrá quienes busquen destruir el camino hacia la paz, pero hoy estamos juntos. El extremismo no puede ganar si la mayoría busca una solución pacífica. Hemos firmado estos acuerdos con el apoyo de la comunidad internacional. Puede que no compartamos una religión común, pero compartimos una humanidad y una esperanza para nuestro futuro colectivo. Es momento de empezar de nuevo… juntos”.