Capítulo 19
—Sé que estás aquí, Morgan —dijo Natasha con tono triunfal—. Tu supuesto genio de la tecnología no es rival para mis hackers. Hemos seguido con interés tu investigación sobre los masones.
Una ráfaga de disparos atravesó la sala y destrozó los tapices en un amplio arco a la altura de los hombros.
Morgan se encogió lo más posible mientras las balas perforaban la pared sobre su cabeza. Se deslizó aún más abajo, casi recostada al fondo del nicho, mientras Natasha seguía hablando.
—Cuando encontré un fragmento del arca en Etiopía, supe que sería difícil rastrear los demás, pero tú nos diste la clave en Jordania. Los masones tienen el resto de los fragmentos, repartidos entre las logias de Inglaterra como símbolo de su poder.
Hubo otra ráfaga de balas, ahora a la altura de la cintura, que pasó rozando a Morgan; dejaba la pared acribillada detrás de ella.
Retiró el micrófono de su oído y lo colocó justo bajo la esquina del tapiz.
Martin pediría refuerzos, pero llegarían demasiado tarde.
Al menos quedaría evidencia de lo que sucedería a continuación.
—Los otros fragmentos son recolectados en este momento.
Mis hombres asaltan logias por todo el país y pronto las piezas del arca estarán juntas de nuevo.
Mañana regresaré triunfante a Jerusalén y las calles se teñirán con la sangre roja de los creyentes que se levanten por la causa, aunque tú te perderás ese feliz evento.
El corazón de Morgan latía con fuerza mientras la ira crecía en su interior.
No iba a quedarse más tiempo agazapada detrás de un tapiz esperando morir envuelta en el sudario del templo.
Rodó fuera de su escondite. Dos hombres la sujetaron con fuerza mientras otros dos permanecían junto a Natasha en el santuario.
Natasha estaba enfundada en cuero negro, con el cabello recogido en un moño pulcro, y los labios pintados de un color rojo intenso. Una muñeca pintada… una asesina brutal.
—Has sido una piedra en mi zapato durante demasiado tiempo —exclamó Natasha, asintiendo hacia uno de sus guardias.
El hombre sonrió, con una mueca de anticipación. Bajó el arma y se acercó a Morgan, quien se preparó para no darle a Natasha la satisfacción de verla encogerse de miedo.
El puño del hombre explotó en un lado de su cara. Otro golpe llegó enseguida.
Morgan gruño mientras la sangre le brotaba por la nariz y la boca; un sabor salado y metálico la desbordó. Tosió y escupió, pero apenas pudo respirar antes de que el hombre la golpeara en el abdomen, el dolor se amplificó por la herida que aún no había sanado por completo.
Morgan se dobló, sin aliento, colgando en los brazos de los hombres que la sujetaban. Natasha se inclinó y pasó un dedo por los labios de Morgan, manchándolos con su propia sangre.
—Prueba esto, que sepas que morirás aquí.
Se irguió de nuevo.
—Una bala es demasiado rápida y no tengo tiempo para matarte a golpes, aunque lo habría disfrutado. Arderás atada al arca de Soane como testimonio de tu fracaso.
Morgan observó a través de una niebla de lágrimas y sangre cómo dos hombres levantaban el pequeño cofre dorado con los fragmentos sagrados y lo sacaban hacia el templo principal.
Una punzada de emoción le atravesó el pecho al verlo desaparecer de su vista, como si una parte de su alma se fuera con él.
—El arca es demasiado poderosa, incluso para ti —jadeó—. Sé que puedes sentir su fuerza.
Natasha frunció el ceño.
—Me sorprendes. Pensé que eras una mujer de ciencia, no de fe. El arca es solo un peón más en un juego de poder religioso, y yo la llevo de regreso a donde pertenece.
—No la lleves a Israel —le suplicó Morgan—. El país quedará destrozado luego de pelear por ella.
Natasha sonrió.
—Hay muchos que celebrarían esa consecuencia. Suficiente, átenla.
Un guardia metió un trozo del tapiz desgarrado en la boca de Morgan, después dos de los hombres la empujaron contra el arca de Soane y la envolvieron con más tela hasta inmovilizarla.
Natasha se apartó para observar el resultado, sus ojos brillaban con sed de sangre.
—Estiren su mano.
Morgan forcejeó en vano. Los hombres la sujetaron, le extendieron el brazo izquierdo y la sujetaron por la muñeca. Natasha sacó un cuchillo ritual ornamentado.
—Esto estaba en el museo, aquí cerca, pensé que quedaría bien en mi colección personal, pero quizá deba quedarse aquí contigo.
Acarició los nudillos cerrados de Morgan con la punta de los dedos, luego los cortó con la hoja. El dolor tardó un milisegundo en llegar, entonces Morgan jadeó mientras la agonía la atravesaba y el guardia le abría la mano a la fuerza.
Natasha clavó el cuchillo a través de su palma y la clavó al arca de Soane.
Gritó a través de la mordaza, un rugido de frustración y rabia mezclado con dolor al mismo tiempo que luchaba por respirar.
—Tu sangre goteará en el espacio donde antes descansaban los fragmentos del arca verdadera —advirtió Natasha—. El sanctasanctórum, profanado por la sangre de una mujer, un final apropiado.
Los dos guardias terminaron de atar a Morgan; las formas del arca de Soane se clavaban en su espalda y solo pudo mirar mientras los hombres rociaban algún tipo de acelerador que inundaba el ambiente con su olor acre.
Se lo echaron encima, empaparon su cabello, y cuando cayó sobre sus heridas le quemó la piel y aulló a través de la mordaza.
Natasha hizo chasquear un encendedor y prendió fuego al tapiz junto a la puerta, luego encendió otros dos puntos. Las flamas crecieron y el humo llenó la sala; giró para verla quemarse.
—Nos vemos en el infierno, Morgan. Espero que sigas ardiendo cuando llegue.
Y salió hacia el templo.
El fuego creció, rozó con suavidad su camino hacia Morgan, el calor se volvió insoportable en cuanto se prendió el acelerante.
A lo lejos escuchó disparos, y en lo profundo de su dolor solo pudo esperar que Martin escapara del caos.
El humo la hizo toser bajo la mordaza, luchó contra sus ataduras mientras el dolor de su mano apuñalada le subía por el brazo, pero no podía liberarse.
El arca de Soane era madera vieja y seca, ardería rápido… y ella la acompañaría.
Morgan recogió los pies para alejarse del fuego tanto como pudo, el humo de los tapices formaba una nube acre a su alrededor.
La primera caricia de la llama en su piel fue casi fría; luego, de pronto el aire se llenó de colores. Vio el cielo tal como lo había descrito Isaías: la gloria de Dios y ángeles de seis alas.
El dolor la atravesó como un rayo y su visión se desvaneció hasta hundirse en la oscuridad.
Martin escuchó cómo sucedió el desastre desde la seguridad de la camioneta.
Paralizado y sin saber qué hacer escuchó cómo torturaban a Morgan mientras veía a Natasha y a sus hombres salir por la puerta destrozada de la Gran Logia, subir el cofre a la camioneta y desparecer en la oscuridad de la noche.
Sabía que debía hacer algo, pero no sabía qué. Estaban en una misión ilegal de la que el director no tenía conocimiento y Martin desconocía el protocolo para esa situación.
Morgan estaba herida, o peor, y él solo se quedó ahí, congelado por el miedo; su lado académico le decía que era un reflejo de parálisis, un mecanismo de supervivencia.
Él era investigador, programador, destacaba en un mundo virtual de datos y símbolos, de unos y ceros, no de carne y fuego, no debía estar en campo.
Jake sabría qué hacer, pero estaba inconsciente en el hospital, y ahora Morgan se estaba quemando viva en el templo.
Una ventana explotó arriba de la camioneta, hizo llover trozos de vidrio azul sobre la acera, el humo brotó en una nube y se escuchó un zumbido cuando el aire se precipitó hacia el edificio avivando las llamas. La desesperación lo invadió, gimió. Tenía que moverse. Tenía que hacer algo.
Se escuchó un súbito golpe en la puerta de la camioneta.
—Abre, Martin. Soy Ben, estamos aquí para ayudar —la voz del anciano sonaba urgente mientras golpeaba la puerta. Martin salió de su parálisis y quitó el seguro para ver al padre Ben Costanza y, junto a él, a otro hombre mayor.
—¿Dónde está Morgan? —preguntó Ben.
El rostro de Martin palideció y señaló hacia la logia. Los cuerpos de los guardias habían quedado a la mitad de la entrada, dejando un rastro sangriento tras la carnicería de Natasha y sus hombres.
Ben se arremangó la sotana y corrió tan rápido como sus viejas piernas se lo permitieron hacia el templo, seguido por el otro hombre. Volteó para llamar a Martin.
—Vamos, quizá necesitemos tu joven fuerza.
Martin sintió una oleada de vergüenza por su indecisión al ver que esos dos ancianos no dudaban en lanzarse al edificio en llamas y saltó de la camioneta, activó el seguro y corrió tras ellos; los alcanzó en el vestíbulo mientras revisaban los cuerpos de los guardias.
—¿Están vivos, Sebastian? —preguntó Ben, con una mano sobre el pecho, luchando por recuperar el aliento.
Sebastian tocó con los dedos el cuello de los guardias para buscar el pulso.
—No lo parece, pero los servicios de emergencia ya deben venir en camino, aquí todas las alarmas son electrónicas. Morgan debe estar arriba, en el templo. Vamos, debemos darnos prisa.
Sebastian avanzó a toda velocidad y Martin se lanzó tras de él.
Ben se detuvo, comenzó a caminar despacio, se llevó la mano al pecho y les indicó con un gesto que siguieran adelante.
—Vayan, yo los alcanzo. Encuéntrenla por favor.
Ya arriba, Sebastian empujó las enormes puertas de bronce. Nubes de humo salieron en oleadas sofocantes.
—Mantente pegado al suelo y sígueme —Sebastian se tiró de rodillas y avanzó a gatas hacia la sala llena de humo.
Martin miró hacia la oscuridad mientras las nubes de humo ascendían hacia el friso de mosaico.
El estallido solar de Jehová estaba a punto de ser devorado por las llamas; era el infierno hecho realidad por obra de maleantes.
Eso era contra lo que realmente luchaba, siempre a la distancia, desde su computadora, en la impersonalidad del código, pero ahora estaba ahí, en el corazón de Londres, poniendo en peligro a su amiga. No podía aplazar más el enfrentamiento.
Se arrodilló y gateó detrás de Sebastian, con mucha tos mientras avanzaba. Tardó una eternidad en cruzar el suelo de mármol, hasta que sintió una mano a través del humo, escuchaba gritos por encima del rugido de las llamas.
—El sanctasanctórum está por ahí. Quédate aquí y sujeta esta cuerda, cuando sientas que tiro dos veces, jala de inmediato.
Martin asintió, agradecido de que Sebastian tomara el control. Sujetó la cuerda ceremonial y se pegó al piso, donde el aire era menos denso. Podía sentir el calor de las llamas en la sala contigua. ¿Podría alguien sobrevivir ahí adentro?
Pasó un minuto.
Justo cuando Martin pensó que debía entrar por Sebastian sintió dos tirones bruscos en la cuerda, casi se la arrancaba de sus manos.
Se afianzó contra los escalones de lo que suponía era el estrado del trono del templo y empezó a tirar de la cuerda; le costó trabajo, se sentía como un peso muerto. Un pensamiento oscuro le cruzó por la mente, pero lo apartó de inmediato. No muerta, seguramente solo herida.
Se puso en cuclillas y jaló la cuerda en dirección a las puertas dobles de bronce.
A mitad del camino el peso aumentó de nuevo, pero Martin siguió tirando hasta que por fin alcanzó la puerta.
Ben le ayudó en los últimos metros y juntos arrastraron la cuerda hacia afuera, revelando el cuerpo desmayado de Morgan en un extremo, aun atada, herida y cubierta de sangre y ceniza, envuelta en una mortaja de tapiz.
—Dios mío —exclamó Ben buscando el pulso—. Es débil, pero está viva. ¿Dónde está Sebastian?
Martin miró hacia el humo, donde los tentáculos de hollín formaban rostros demoniacos que lo retaban a regresar a su abrazo.
—Ahí adentro. Sentí que caía. Voy a regresar por él.
Martin volvió a arrastrarse al interior del templo; tanteaba a ciegas con los brazos extendidos. Sebastian debía haber sucumbido a la inhalación del humo mientras intentaba rescatar a Morgan, y ahora Martin era su única oportunidad.
Por fin sus dedos tocaron tela, luego un brazo.
Agarró la espalda del saco de lana de Sebastian y jaló; arrastró al anciano por el suelo ajedrezado, avanzó poco a poco hacia las puertas y la seguridad.
Jadeaba, tosía y los demonios de humo enroscaban sus tentáculos alrededor de su cuello bajándole por la garganta.
Sintió una arcada, escupió bilis y coágulos de ceniza, pero no dejó de jalar. No iba a fallar ahora.
Un paso más. Un paso más. Un paso más.
De pronto, bomberos vestidos de amarillo brillante surgieron entre el humo. En ese momento Martin se desplomó entre brazos fuertes mientras otros levantaban a Sebastian para ponerlo a salvo.
En el pasillo, un paramédico le colocó una mascarilla de oxígeno y lo ayudó a respirar.
Sebastian se encontraba en una camilla con los ojos cerrados y una mascarilla sobre su rostro.
Otros paramédicos atendían a Morgan, cuyo rostro lucía cetrino por el humo, su cuerpo estaba cubierto de sangre y cenizas.
Ben estaba a su lado, le apretaba la mano y acariciaba su frente. Martin podía ver cuánto la quería.
Parecía que todos habían logrado salir… pero habían perdido el arca.