Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Avanzó hacia las grandes puertas del templo y de pronto se sintió como una intrusa, una extraña que profana un lugar sagrado.

“Perdónanos nuestras ofensas”, pensó. Introdujo la llave en una cerradura desproporcionada respecto a las puertas de bronce, sobre ella, sacerdotes llevaban la resplandeciente arca de la alianza al Templo de Salomón.

¿Cuánto de esto era alegoría y cuánto verdad deformada por el tiempo?

Morgan giró la llave y empujó, la puerta se abrió en silencio: un portal a un templo interior.

Entró y empujó la puerta tras de sí al momento que percibía la inmensidad del espacio a su alrededor.

Su linterna no alcanzaba el techo, pero la luz de la luna entraba por uno de los costados a través de altos vitrales que representaban rayos que descendían desde el cielo hasta la tierra azul debajo.

Morgan respiró hondo y se acercó al trono del Gran Maestre, espléndido, en el centro de un estrado al fondo del templo.

Era una monstruosidad dorada, el tipo de trono arquetípico que dibujaría un niño para un rey de cuento.

Un dosel dorado lo cubría y a ambos lados había sillas menores tapizadas en brocado azul y amarillo.

Sebastian había dicho que había una llave para acceder al sanctasanctórum en el cofre del Maestre, colocado frente al trono. Tenía forma de altar, con Uraeus egipcios, cabezas de cobra estilizadas, a cada lado. Morgan tomó las cabezas de cobra y las levantó.

El cofre se abrió para mostrar las herramientas del Gran Maestre acomodadas en una bandeja de terciopelo azul diseñada para encajar a la perfección.

Cada herramienta estaba ricamente decorada y grabada con filigrana de oro.

La escuadra y el compás representaban la virtud y la sabiduría en la conducta, la paleta era una herramienta para extender el cimiento de la bondad entre hermanos, y el mazo representaba la autoridad.

Morgan tomó el mazo y notó su peso, era sorprendentemente pesado para algo simbólico. Miró las demás herramientas con duda sobre su uso, pero nada parecía siniestro, pese a la fama de los masones.

—¿Ya encontraste la llave? —la voz de Martin insistió en su oído.

Morgan volvió a colocar el mazo en su lugar y levantó la bandeja por completo; había otra capa debajo con herramientas antiguas de madera que descansaban sobre un trozo de cuero color castaño.

En el centro había una llave, que en sí parecía común, pero la forma en la que estaba colocada, rodeada de objetos sagrados, demostraba su importancia.

Tomó la llave y tocó su micrófono, luego se dirigió hacia una puerta a la derecha del trono que parecía la entrada a una antesala para cambiarse de ropa o algo similar, pero sobre el marco estaba inscrito el carácter yod, la representación de Jehová, igual que sobre las puertas de bronce del templo.

Morgan sintió un escalofrío al girar la llave en la cerradura.

Del otro lado, un pasillo corto desembocaba en una cámara circular, en el centro de la sala estaba el arca tributo de John Soane, que se suponía destruida en los incendios de 1863, pero que evidentemente había sido salvada y mantenida en secreto desde entonces.

Oficialmente había servido como un receptáculo de los Artículos de la Unión, cuando las dos grandes logias se unieron bajo un mismo estandarte, pero quedaba claro que esa era solo una parte de la historia.

La habitación estaba tapizada de piso a techo con ricas telas, ilustraba vívidamente la construcción del Templo de Salomón; daban al espacio la sensación de estar envuelta en un capullo de tela suave.

El arca de Soane medía poco más de un metro de alto, una estructura triangular de estilo clásico con columnas dóricas, jónicas y corintias en miniatura que simbolizaban sabiduría, fuerza y belleza.

Recordaba una tumba austera, con tres escalones y cojines para arrodillarse que llevaban a un par de puertas dobles, a cada lado ardían gruesas velas y el aroma a incienso impregnaba el aire.

Fuera lo que fuera ese lugar, estaba claro que no custodiaba solo los Artículos de la Unión, había algo digno de veneración.

—¿Está ahí? —la voz de Martin delataba su emoción.

Morgan se arrodilló en el escalón más alto y abrió las puertas dobles, estas se abrieron hacia afuera para revelar un cofre dorado con dos querubines en la parte superior; sus alas se tocaban en el centro, donde la presencia de Dios habría de descender.

El corazón de Morgan latía con fuerza al observar el objeto sagrado, aunque, por supuesto, ese cofre no podía ser el arca auténtica, era demasiado pequeño y parecía relativamente nuevo; aun así sintió un momento de inquietud, una vacilación al revelar lo que podría ser una reliquia poderosa.

Más allá de sus dudas sobre la religión, el arca tenía un valor histórico crucial.

Inhaló profundo, se inclinó hacia adelante y abrió el cofre.

Dentro de él había cuatro objetos: un trozo de madera dura con incrustaciones de oro en una de sus dos caras, un fragmento de piedra del tamaño de la palma de la mano con palabras talladas, un frasquito con escamas blancas, y un pedazo de una vara redondeada.

—El arca contiene las tablas de la Ley, el maná del cielo y la vara de Aarón —susurró Morgan justo cuando el sonido de aguas caudalosas llenó la sala como una cascada celestial.

De pronto la invadió una oleada de emoción abrumadora mientras su mente se llenaba de recuerdos de su infancia, fotografías de una fe ancestral. Quería llorar y postrarse sin importar ser descubierta, deseaba solo permanecer en la presencia de aquellas reliquias sagradas.

Extendió la mano para tocar el fragmento del arca verdadera.

—Morgan, tenemos problemas.

La voz de Martin destilaba pánico, Morgan retiró la mano de golpe, sacudió la cabeza para alejar la emoción que amenazaba con consumirla.

¿Qué demonios acababa de pasar? Era como si algo la hubiera poseído y su mundo se hubiera reducido a un solo objetivo: el arca auténtica; o al menos, un fragmento de ella.

—Una camioneta acaba de llegar a la entrada —Martin estaba frenético para ese momento—. Mierda, Morgan, han derribado las puertas.

El sonido ahogado de disparos se escuchó desde abajo.

—Son seis. Están armados. Sal de ahí.

Morgan por fin habló al micrófono.

—El arca está aquí, Martin, o al menos un fragmento. No puedo dejarlo para que se lo lleven.

—Por favor, Morgan. Ya van en camino, solo sal de ahí.

Los ruidos apagados de choques y golpes aumentaron, no era una misión sigilosa, era un intento violento y directo de llevarse el arca.

Morgan buscó a su alrededor algún arma, pero solo los grandes candelabros parecían útiles. Intentó levantar uno pero era demasiado pesado.

Giró hacia los tapices y jaló uno, detrás encontró un pequeño nicho, se puso en cuclillas y calmó su respiración.

Se escucharon voces desde el templo. Un guardia suplicaba por su vida mientras guiaba a los intrusos hasta el sanctasanctórum.

Se escucharon las pisadas de un grupo entrar a la sala.

—El arca ya fue abierta. Vaya, qué secreta resultó.

Se escuchó un golpe metálico contra la carne, un quejido y el sonido de un cuerpo desplomándose en el suelo.

Morgan reconoció esa voz. Natasha El-Behery la había encontrado de nuevo.