Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Una hora más tarde, Morgan contemplaba la imponente fachada de la Gran Logia Unida de Inglaterra, cuyos Grandes Maestres siempre habían pertenecido a la familia real.

Varios niveles art déco se alzaban hacia el cielo de Londres en memoria de los masones caídos en la Segunda Guerra Mundial, un mausoleo de marfil que albergaba no a una sociedad secreta, sino a una sociedad con secretos.

El edificio estaba abierto al público, con recorridos guiados varias veces al día.

Morgan entró y se registró para el recorrido de las cinco de la tarde, luego subió la amplia escalera hacia la biblioteca y el museo. Las estrictas medidas de seguridad la obligaron a entrar desarmada, pero esperaba que fuera una operación limpia y no necesitara defenderse.

La Gran Logia estaba llena de simbolismos: las manijas de las puertas llevaban el Sello de Salomón de seis puntas, los vitrales mostraban el lema latino audi video tace , escucha, observa y calla.

Abundaban las teorías de conspiración sobre los masones, pero las más altas esferas de la organización realmente guardaban silencio.

¿Sería posible que esa noche encontrara uno de sus más grandes secretos?

El simbolismo arquitectónico del gremio de canteros se extendía por los pasillos, con la escuadra y el compás integrados en la decoración.

Espadas y objetos rituales se encontraban en vitrinas de vidrio dentro del museo, junto a pinturas y figuras de cera de antiguos Grandes Maestres, banderines y estandartes elaborados colgaban de los balcones superiores.

—Todos los del recorrido de las cinco… acérquense, por favor.

El guía era un hombre mayor con acento de Yorkshire.

Mientras reunía al grupo hablaba con orgullo, pero sin arrogancia, y explicaba cómo nació la Gran Logia cuando varias de ellas, dispersas en Inglaterra se unieron.

Describió la arquitectura del edificio, construido con una estructura de acero y cimientos profundos para resistir incluso a un desastre.

Un monumento apropiado para los soldados caídos en la guerra.

Guio al pequeño grupo por las salas de preparación hasta llegar a un vestíbulo de techo alto, donde se detuvo frente a un par de puertas macizas de bronce.

El techo, decorado con hoja de oro y patrones azules geométricos, estaba iluminado por un candelabro cuyos brazos imitaban los rollos de la Torá.

El piso lucía un patrón lapislázuli turquesa, el azul del antiguo Egipto, y Morgan pensó en Khal, ahora tan lejos.

—Esta es la entrada al Gran Templo —explicó el guía—. Cada una de estas puertas pesa mil setecientos kilogramos y los paneles representan la historia de la construcción del Templo de Salomón.

Morgan se asomó por encima de los hombros de los demás y contuvo el aliento al notar un panel en la parte superior de la puerta: ujieres llevaban el arca de la alianza al Templo de Jerusalén, mientras un sacerdote estaba postrado en adoración.

Otros paneles mostraban la construcción del Templo de Salomón: bueyes y camellos transportaban los materiales para la estructura mientras obreros musculosos movían bloques y columnas, sirvientes vertían metal en moldes y mujeres tejían ricos tapices para colgar en el santuario divino del Santo de los Santos; los sacerdotes cargaban la menorá sagrada al Templo, mientras niños y fieles cantaban y tocaban instrumentos detrás de ellos.

Manojos de maíz flanqueaban la puerta en columnas que se alzaban hasta el techo simbolizando la vida nueva y la resurrección, sobre la puerta estaba inscrito el carácter hebreo yod, que representa a Jehová, y rayos de luz se extendían para tocar los dos globos, el celeste y el terrenal.

—Bienvenidos al Gran Templo —anunció el guía después de abrir las pesadas puertas para revelar un enorme salón con un techo que se elevaba al menos veinte metros hasta una bóveda pintada con estrellas.

El grupo entró y se sentó en las sillas azules y mullidas orientadas hacia el centro del templo.

Una alfombra de cuadros blancos y negros conducía hasta un estrado con el trono del Gran Maestre y, arriba, otra representación del arca de la alianza.

Las figuras del rey Salomón e Hiram, el arquitecto del Templo, se erguían imponentes, flanqueadas por dos columnas jónicas a cada lado.

Desde el arca, la Escalera de Jacob ascendía al cielo, cada peldaño contenía símbolos del Volumen de la Ley Sagrada.

—El arca de la alianza representa la promesa de Dios a David —dijo el guía—, y es a través de esa promesa que recibimos la continua misericordia de Dios por nuestros muchos pecados.

Mientras recorría la sala con la mirada, Morgan vio más evidencia de la influencia del judaísmo, pero también del paganismo y otras religiones.

En el friso superior, Helios, el dios del sol, cruzaba el cielo mientras que el Ojo que Todo lo Ve del Todopoderoso miraba al público.

El uróboro alquímico aparecía con elaborado detalle, la serpiente que se devora a sí misma en un círculo infinito de renacimiento.

Detrás del trono, a la izquierda, estaba la puerta donde Sebastian había dicho que guardaban el arca.

Morgan quería quedarse y absorber el ambiente, pero el recorrido terminaría pronto, así que tenía que actuar.

Tosió un poco, al principio lo hizo suave, luego tan fuerte que casi le provoca arcadas.

Se puso de pie y le hizo una señal de disculpa al guía mientras se dirigía a la puerta, aún tosiendo.

—No se preocupe —le dijo el guía con amabilidad—, ya casi terminamos. Vuelva a la biblioteca y le darán agua.

Morgan salió y se dirigió al baño más cercano. Una vez adentro sacó su teléfono y revisó los planos que Martin le había enviado. Los baños modernos estaban construidos con un espacio por arriba y detrás para permitir la circulación del aire.

Morgan se subió a uno de los inodoros y empujó una placa del techo. No se movió, así que intentó con la siguiente. Esa tampoco cedió. En el último cubículo lo intentó de nuevo, y esta vez la placa se desplazó.

Lanzó su mochila al espacio de arriba y se impulsó para trepar. Ahora solo tenía que esperar.

Morgan había aprendido el arte de esperar en silencio y sin dormir durante su paso por el ejército, así que contaba los minutos en ciclos mientras el tiempo pasaba.

Sebastian le había dicho que el turno nocturno lo cubrían guardias de bajo nivel, pero Morgan esperó hasta las dos de la mañana, cuando quienes estaban en el atrio ya estarían somnolientos y relajados.

Cayó de nuevo al baño y estiró los músculos en el pequeño espacio.

Encendió una linterna delgada, sacó un diminuto micrófono y se lo colocó en el oído. Lo tocó dos veces.

—Buenos días, Morgan —bostezó Martin en su oído.

Lo tocó dos veces más, solo hablaría si era de verdad necesario.

Martin estaba afuera en una camioneta y la rastrearía dentro del edificio por medio de GPS, también tenía un mapa térmico para monitorear a los guardias.

Había hackeado los sistemas de seguridad y los puso a funcionar en bucle para que Morgan pudiera moverse por el edificio sin ser detectada, y le avisaría si alguien se acercaba.

Habían planeado la incursión sin notificar al director Marietti.

No estaban seguros de que el arca en verdad estuviera ahí, pero dada la urgencia era mejor pedir perdón que permiso. Esa visita era de reconocimiento, pero si Morgan encontraba el arca le avisarían a Marietti para activar los canales oficiales.

Abrió la puerta del baño y aguzó el oído. Nada.

Se deslizó hasta el atrio con su pequeña luz iluminando la hoja de oro dentro de las estrellas entrelazadas en los mosaicos del piso, y el destello del bronce reflejado en la enorme puerta.

Estaba montada en bisagras especiales, de modo que se abrió con facilidad a pesar de su peso, pero primero tenía que localizar la llave que, como antigüedad, valiosa por derecho propio, la guardaban en el museo.

Se movió de puntillas por los pasillos y entró sigilosamente al museo por las puertas dobles, alumbrando la galería con la linterna.

Las sillas de madera de los Antiguos Grandes Maestres estaban cubiertas con elegantes adornos reales, y los retratos de hombres muertos hace mucho la observaban con ojos severos.

—Está en una vitrina bajo el estante de los loros —indicó Martin por el micrófono—. Oficialmente es argent a fesse gules between three parrots vert , si quieres la explicación heráldica. Pertenece al conde Scarborough, Gran Maestre en los años cincuenta, cuyo hijo…

Morgan tocó el micrófono.

—Lo siento —susurró Martin—. Me emociona estar contigo en campo.

Morgan enfocó su linterna hacia los estandartes que colgaban del balcón, todos ricamente bordados con los escudos de armas de los antiguos Grandes Maestres. Localizó los tres loros verde brillante y se acercó a la vitrina que había debajo.

—Revisa el panel lateral —pidió Martin.

Iluminó la vitrina con su linterna, revelaba una llave larga y ornamentada, decorada con lirios sobre aguas ondulantes en un estilo art déco , palpó el costado de la caja y esta se deslizó con suavidad, el mecanismo era tan fluido que quedaba claro que se usaba todos los días.

Metió la mano y sacó la llave, era pesada, fría y algo incómoda al sujetarla. Cerró la vitrina y tocó su micrófono una vez más. Hasta ahora, todo bien.

Morgan regresó al templo atravesando los pasillos bañados de luz de luna, tejidos de rojo por los vitrales ornamentales; apagó la linterna y se detuvo un momento para escuchar el silencio. Había un toque sagrado ahí, una sensación de fe que impregnaba el edificio.