Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

El vuelo privado de regreso a Londres le dio tiempo a Morgan para reflexionar sobre los últimos días y sobre lo rápido que había evolucionado su relación con Khal bajo la presión de la búsqueda del arca.

Él ya iba de regreso a Egipto, y aunque su piel aún vibraba con el recuerdo de su contacto, era probable que no volverían a verse nunca más.

Había sido un momento de escape, pero era todo lo que podía ser; no podía permitir que nadie se le acercara demasiado, inevitablemente, terminarían heridos…

o algo peor. Su hermana y su sobrina habían sufrido durante la búsqueda de las piedras de Pentecostés, Jake había terminado muy malherido en la cripta de huesos…

Khal estaría mejor sin ella, sobre todo porque Morgan tenía la intención de enfrentarse a Natasha una vez más.

Abrió las notas de Martin sobre el FEP y la posible excavación en el monte Nebo. Si el arca había sido descubierta en el siglo xix , el secreto se había guardado durante mucho tiempo, pero quizá existían rumores sobre su paradero que iban más allá de lo que Martin podía encontrar.

Le llamó al padre Ben Costanza, su querido amigo y mentor de los Blackfriars, en Oxford, que respondió al segundo timbrazo y la diminuta pantalla se llenó con su rostro arrugado.

—Morgan, qué alegría saber de ti.

Ella sonrió ante su entusiasmo. Después de la muerte de su padre, Ben se había convertido en la persona en quien más confiaba, además era muy sabio y sus conexiones dentro de la Iglesia se remontaban a varias décadas atrás.

ARCANO podía tener poderosas bases de datos, pero la mente de Ben era un catálogo de cosas que nunca se habían escrito.

—Siento molestarte, sé que allá aún es temprano.

—A cualquier hora, lo sabes. Estaba preocupado desde que supe que te diste de alta del hospital antes de tiempo. Ahora parece que ya estás en otra misión. ¿Qué sucede?

Ben frunció el ceño, preocupado, y Morgan percibió que intentaba descubrir la verdad. Él mismo había sido atacado durante la búsqueda de las piedras de Pentecostés, pero a pesar de eso la ayudaba. El suyo era un lazo que no era fácil de romper.

Morgan le contó sobre la búsqueda del arca y lo que habían encontrado hasta el momento. Ben, como lo había anticipado Morgan, se mostró fascinado. ¿Qué teólogo podría resistirse al arca de la alianza?

—He seguido las noticias de Israel, por supuesto —dijo—. Hubo una escalada de violencia en los últimos días, pero no tenía idea de que el arca estuviera detrás de eso. ¿Qué necesitas?

—Martin encontró un vínculo entre el arca y los masones británicos, pero no está claro a dónde deberíamos ir ahora y nos queda poco tiempo, la firma del Acuerdo de Paz es mañana. Ese es el plazo para que el arca aparezca en Jerusalén.

Ben asintió.

—Creo que conozco a la persona indicada para ayudarte. Te veré en Londres esta tarde.

Cuando terminó la llamada, Morgan tomó dos analgésicos más y se reclinó en su asiento para dormir unas horas antes de aterrizar. Su cuerpo estaba al borde del colapso, pero su determinación de detener a Natasha y evitar la violencia en Jerusalén la mantendrían en pie un poco más. Tenía que ser así.

Londres, Inglaterra.

Los oficinistas apresuraban el paso por Lincoln’s Inn Fields con sus pisadas marcando el pulso de la ciudad mientras se movían entre las oficinas de Holborn y Aldwych.

El padre Ben Costanza ya no estaba en edad de moverse con agilidad, así que Morgan lo tomó del brazo y caminaron juntos por la calle, detrás del parque. Ella también agradecía el ritmo pausado. Los últimos meses les habían pasado factura a ambos.

Ben respiraba con dificultad mientras avanzaba, pero sus ojos brillaban atentos mientras recorría con la mirada los edificios antiguos.

La gran plaza pública había sido, en el siglo xviii , una zona elegante de Londres donde las familias de alcurnia vivían en las casas señoriales; ahora, la Escuela de Economía, el Colegio Real de Cirujanos y varios despachos de abogados daban a la plaza un aire más profesional.

—Ya casi llegamos —Ben señaló calle abajo—. Números 12 y 13. El Museo sir John Soane.

—¿Quién fue John Soane? —preguntó Morgan.

—Nació en 1973, hijo de un humilde albañil, y aun así llegó a ser uno de los arquitectos más grandes de Inglaterra.

Fue arquitecto del Banco de Inglaterra y de la Oficina de Obras, responsable de los edificios gubernamentales en Whitehall y Westminster.

También fue un gran coleccionista que gastó la fortuna de su esposa en adquirir esculturas, pinturas y objetos de belleza de todo el mundo.

Los guardó aquí, en una casa que adaptó a sus necesidades particulares.

—El curador actual del museo es sir Sebastian Northbrook, aunque poca gente sabe que también es heredero de la fortuna, o al menos lo habría sido si no se hubiera entregado a la nación mediante una ley del Parlamento en 1833.

La colección de Soane es realmente un tesoro, tendré que sacarte a rastras de ahí cuando llegue el momento de irnos.

Ben soltó una risita, y ese aire ligero hizo sonreír a Morgan. A pesar de la presión del tiempo, ese momento era para saborear la amistad y disfrutar de una pequeña aventura juntos. Ben continuó.

—Sebastian conoce muchos secretos que no figuran en los registros oficiales. Vine aquí por primera vez hace casi treinta años para investigar un texto antiguo y pasamos muchas horas bebiendo coñac Rémy Martin Louis XIII bajo la mirada de los lares, los dioses de su casa.

Morgan arqueó una ceja.

—Todo en nombre de la investigación, ¿supongo?

—A Dios le gusta ver a los viejos amigos disfrutar los frutos de la vid juntos, y aunque últimamente no nos hemos visto mucho, hay cosas de las que hablamos bajo la bendición de ese líquido dorado que sugieren que Sebastian sabe algo sobre el arca. Es hora de cobrar algunos favores. Ya llegamos.

La casa solo se distinguía de las demás en la hilera por la placa en la reja que anunciaba la entrada al museo.

Era una casa adosada con altos ventanales arqueados, fachada blanca adornada con medias columnas de estilo griego y estatuas en el balcón del tercer piso que miraban desde arriba con desdén a los mortales que pasaban por debajo.

Ben levantó la aldaba de bronce en la pesada puerta, al dejarla caer la puerta se abrió hacia adentro.

—Benjamin, Benjamin, cuánto tiempo, amigo. Adelante, pasa.

Sir Sebastian Northbrook era un hombre delgado y anguloso; vestido impecable, llevaba el cabello blanco peinado hacia atrás con la raya de lado, de la misma manera que desde sus años en Eton y Oxford.

Era exactamente lo que Morgan habría esperado de un aristócrata británico. Les hizo una seña para que pasaran.

—Tú debes ser Morgan Sierra.

—Sir Sebastian —Morgan extendió la mano, pero él la atrajo para darle un breve abrazo.

—No hay necesidad de formalidades, querida —dijo él—. Benjamin me ha contado que eres prácticamente de la familia. Bienvenida a mi hogar, o al menos mi hogar hasta que el público regrese mañana.

Suspiró y Morgan captó un destello de frustración nacida de años viviendo bajo ese extraño arreglo.

Entraron por un estudio de paredes con un rico color rojo pompeyano, rodeado de libreros repletos de primeras colecciones encuadernadas en cuero, sillas antiguas se alineaban en las paredes, cada una con un cardo en el asiento, para disuadir a los turistas de sentarse en las valiosas piezas.

Sebastian abrió un par de puertas estrechas al fondo del salón y reveló un diminuto corredor forrado de cuadros, grabados y pinturas, iluminado por tragaluces empotrados en las paredes y el techo.

Afuera de la ventana, Morgan pudo ver un patio rectangular con esculturas clásicas y un jardín con estanques que recordaba una villa romana.

El corredor desembocaba en otra galería, atestada, desde el suelo hasta el techo artesonado, de esculturas clásicas, bustos, esculturas originales y objetos de todas las épocas históricas, un caos de antigüedades que la diosa egipcia Sejmet, con su cabeza de leona tallada en piedra, contemplaba con ojos insondables: había grilletes para esclavos, oxidados y desgastados como si hubieran sido arrancados a la fuerza de los cuerpos que sujetaban; perros dragón chinos jugaban junto a obeliscos de basalto, y una cabeza negra de Júpiter, seis veces el tamaño real.

Una colosal estatua de Apolo miraba hacia el sótano mientras frisos en relieve de conquistas cubrían las paredes alrededor del dios.

Era un laberinto de civilizaciones antiguas, dispuesto en una especie de orden caótico, y Morgan no sabía a dónde mirar ante tanta variedad.

Sintió el impulso de olvidar la búsqueda del arca y sumergirse en ese manantial de cultura.

Para cualquier amante de lo clásico, ese lugar era una especie de paraíso.

—¿Todo esto es auténtico? —preguntó, consciente de que los británicos del imperio extrajeron artefactos de todo el mundo.

Parte de la colección fue adquirida por medios oficiales, cuidada y puesta al servicio de futuras generaciones, pero otra parte de ella había sido obtenida por medios ilegales o saqueada.

—Soane era un hombre que siempre conseguía lo que quería —explicó Sebastian—, pero a veces lo único que quería era un molde; muchas de las piezas que ves aquí son moldes de los originales.

Era un poeta de la arquitectura, enamorado de los imperios egipcio, griego y romano, sobre todo.

La yuxtaposición de objetos aquí fue calculada para generar una impresión específica.

Para él, la arquitectura era la reina de las bellas artes, con la pintura y la escultura como sus damas de compañía.

Esta casa es su visión de los grandes poderes de la música, la poesía y la alegoría.

Pero bajemos al sótano para ver la verdadera joya.

Sebastian los guio por una estrecha escalera oculta detrás de más esculturas clásicas.

—Esperaré aquí. Es demasiado empinada para mí —dijo Ben—. Los escucho desde el balcón. Adelante.

Le indicó a Morgan que debía seguir a Sebastian.

Descendió hasta la penumbra, pero cuando sus ojos se acostumbraron vio que el sótano también estaba repleto de objetos valiosos.

Una luz natural pálida se filtraba gracias a la astuta disposición de tragaluces verticales y horizontales, reflejada en una serie de espejos.

En los días soleados, la luz penetraba hasta los rincones del sótano e iluminaba los rostros de los dioses muertos hacía siglos, petrificados en piedra.

Hoy, las nubes atenuaban el sol y daban un tinte fantasmal a las figuras que los rodeaban.

Al dar la vuelta en una esquina, Sebastian señaló hacia un sarcófago gigantesco, tallado en alabastro color crema.

—Este es el sarcófago de Seti I, adquirido por Soane cuando el Museo Británico lo rechazó por falta de fondos.

—Es una maravilla, ¿verdad? —la voz de Ben llegó desde arriba, Morgan levantó la vista para ver cómo observaba desde el balcón clásico— En el interior hay un grabado de la diosa Nut, quien reinaba sobre el cielo y la noche, protegía a los muertos en su viaje al más allá y era la única barrera que separaba el caos del orden en el mundo.

Morgan pasó la punta de los dedos por los jeroglíficos. Por un instante deseó que Khal estuviera ahí, él entendería lo que decían esas palabras.

Sebastian señaló el interior.

—Es la historia del paso del alma al inframundo.

Morgan se inclinó para observar los detalles.

—Es claro que Soane estaba obsesionado con el mundo clásico y las civilizaciones antiguas. ¿Esto también incluía un interés en el arca de la alianza?

Sebastian asintió.

—Soane era masón, pero no cualquier masón, fue Gran Superintendente de Obras en la cima de su carrera arquitectónica aquí en Londres.

La Gran Logia Unida de Inglaterra está a la vuelta de la esquina y él remodeló el salón y las cocinas, también diseñó un arca de la alianza para ser usada en ceremonias; no se parece en nada al arca bíblica, pero fue construida para un propósito secreto.

Sebastian hizo una pausa y sonrió con una picardía que no correspondía a su edad.

—Oficialmente, el arca fue destruida durante el gran incendio de 1863, pero yo sé que la mantienen oculta en el corazón de la logia… y puedo decirte dónde.