Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 16
68%

Capítulo 16

—¡Hey, deténganse!

El grito vino desde la entrada de la caverna. Morgan rodó hacia el sonido mientras Natasha giraba, sacaba su arma y apuntaba a los intrusos.

Un sacerdote estaba de pie, rodeado de un grupo de turistas estadounidenses, todos con sus cámaras y teléfonos en alto grababan el interior de la cueva… y la violencia que se desarrollaba dentro.

Natasha maldijo en árabe y se cubrió el rostro con la bufanda, después escondió el arma lo más rápido que le fue posible.

—Lárguense de aquí, esto no es asunto suyo, padre.

El hombre se irguió, fortalecido por su fe y el apoyo de su grupo de turistas, así como el potencial poder de los medios.

—Esta es una montaña sagrada, no la profanarán con su violencia.

Morgan percibió la impotencia de Natasha: quería disparar, pero había demasiados testigos, y no podía matarlos a todos.

— Yalla . Vámonos —dijo bruscamente a sus hombres—. De cualquier manera, aquí no hay nada. Déjenlos.

Salió enfurecida de la cueva y el grupo de turistas se apartó para dejarla pasar, apuntándole con sus cámaras al rostro y a los hombres que la acompañaban, sin dejar de hacerlo incluso cuando los helicópteros se alejaron volando hacia el sur.

Morgan se puso de rodillas y se arrastró hasta Khal mientras el sacerdote entraba en la cueva, seguido de cerca por sus preocupados feligreses. Todos hablaban al mismo tiempo, emocionados por haber presenciado semejante drama en lo que habría sido un día turístico normal.

—¿Están bien? ¿Quiénes eran esas personas?

—No lo sabemos, padre —respondió Morgan bajando la cabeza—. Solo queríamos explorar las cuevas, entonces ellos aterrizaron, nos encontraron aquí y empezaron a golpearnos.

Khal lucía aturdido. Un hombre en el grupo se abrió paso.

—Déjenme revisarlo. Tengo algo de entrenamiento en primeros auxilios y él podría tener una contusión.

Morgan se hizo a un lado sin querer mostrar su propio entrenamiento militar. Khal estaría bien, pero un poco de atención de los extraños le vendría bien.

—¿Alguien tiene algo con qué cortar estas esposas? —preguntó.

—Yo tengo un botiquín con tijeras —dijo una mujer tímida, con los ojos muy abiertos ante la escena.

Morgan apenas podía imaginar cómo debía verse en ese momento: cubierta de polvo, sangre en la cara. Se había raspado la cabeza contra una piedra al caer, pero la mayoría de sus heridas eran moretones de la golpiza. Le iba a doler muchísimo al día siguiente.

—Sería estupendo, gracias.

Era evidente que la mujer jamás pensó usar su botiquín de primeros auxilios de esa manera, y se hinchó de orgullo mientras se arrodillaba para ayudar.

Morgan imaginó cómo contarían esa historia en las iglesias del Medio Oeste.

Sentía debilidad por los turistas religiosos; tenían tantas esperanzas puestas en sus viajes, y aquel drama sería justo lo que necesitaban para darle emoción a sus fotos del desierto jordano.

Ya liberada de sus esposas, Morgan se talló las muñecas mientras Khal agradecía al grupo.

—Gracias de nuevo. No sabemos qué habría pasado si no hubieran llegado.

El sacerdote sonrió y levantó las manos al cielo.

—Dios nos guio hasta ustedes. No permitiría violencia en esta montaña sagrada.

Morgan pensó que lo más probable era que el ruido de los helicópteros atrajo a los turistas a investigar, pero a veces era mejor agradecer las bendiciones. Dudaba que fuera la última vez que vería a Natasha.

—Los ayudaremos a volver al estacionamiento —anunció el sacerdote, y se hizo cargo de sus nuevos casos de caridad.

Morgan se puso de pie con dificultad, respiraba con esfuerzo e hizo una mueca cuando el dolor en las costillas le atravesó el cuerpo; no sentía nada roto, solo más moretones sobre las heridas que ya llevaba.

Podría haber sido peor, Natasha apenas estaba calentando cuando interrumpieron la golpiza, y ya que sabía de lo que era capaz con un cuchillo, Morgan agradeció que el grupo de turistas hubiera llegado justo a tiempo.

Dos hombres ayudaron a Khal a levantarse y Morgan fue a recoger las mochilas.

Mientras los demás salían hacia la entrada, Morgan sacó su teléfono y se agachó rápido hasta el nivel del suelo para tomar algunas fotografías de los grabados en la base de la tumba, luego siguió al grupo de turistas hacia el sol.

De vuelta en el estacionamiento, el sacerdote y su grupo continuaron su recorrido y dejaron a Morgan y a Khal solos para recuperarse. Se sentaron en el auto rentado y por fin pudieron relajarse, lejos de las miradas curiosas.

Khal se recostó en el asiento, con los ojos cerrados bajo el sol del desierto y el entrecejo fruncido por el dolor.

—¿Estás bien? —susurró Morgan, consciente de que la cabeza de Khal debía punzarle luego de la golpiza. Ella también sentía los efectos de sus heridas, pero estaba más acostumbrada a ellos que el académico.

—Podría estar mejor —logró esbozar una débil sonrisa.

Morgan encendió el motor.

—Necesitamos ir a un lugar donde puedas recuperarte. Madaba está a solo treinta minutos; es una ciudad turística, así que podremos pasar desapercibidos entre la gente.

Khal recargó la cabeza contra el respaldo del asiento.

—¿Tienes alguna evidencia del ataque?

Morgan levantó una tarjeta de memoria que había tomado de la cámara de uno de los buenos samaritanos.

—Se la haré llegar a ARCANO para que Martin analice al equipo de Natasha.

Khal asintió y cerró los ojos.

Mientras Morgan conducía montaña abajo, pensó en los grabados en la piedra, era probable que Natasha regresara después de que los turistas se hubieran ido, de modo que los símbolos no permanecerían en secreto por mucho tiempo.

Tenía que avisarle a Martin de lo sucedido en cuanto pudiera, porque podría ser importante.

Revisó su teléfono de nuevo, pero la recepción seguía inestable, tendría que esperar hasta llegar a Madaba.

No pasó mucho tiempo antes de que Morgan encontrara el intenso tráfico de aquella ciudad turística.

Madaba era conocida como la Ciudad de los Mosaicos por su gran cantidad de restos bizantinos que incluían un famoso mapa de la Tierra Santa y Jerusalén en mosaico.

No estaban tan lejos una ciudad de otra, pero con las eternas presiones políticas, bien podrían haber estado en extremos opuestos del mundo.

Morgan se estacionó frente al hotel Mariam; era barato, agradable y tenía wifi, todo lo que necesitaban. Sacó su mochila y extrajo un sencillo anillo de oro de un pequeño compartimento, lo deslizó en el tercer dedo de la mano izquierda de Khal mientras empezaba a removerse en su asiento.

—Ya llegamos, podrás descansar pronto. Y, por cierto, ahora estamos casados.

Khal arqueó una ceja, Morgan sonrió.

—No te emociones. No quiero dejarte solo, en caso de que tengas una contusión.

Siempre cargaba un anillo cuando viajaba por Medio Oriente. Todo resultaba mucho más sencillo al responder las inevitables preguntas indiscretas. Su “esposo” solía estar de viaje por trabajo, pero esa noche, estaría a su lado.

Hicieron el check in y por fin llegaron a una habitación donde pudieron recuperarse en paz. Solo había una cama matrimonial, así que Khal se recostó de un lado, con una mueca de dolor en el rostro. Morgan abrió su mochila, sacó el botiquín de primeros auxilios y analgésicos fuertes.

—Tómate estos —le dijo al momento que le pasaba las pastillas junto con un vaso de agua.

Él las tragó y se recostó sobre la almohada.

Morgan observó cómo su respiración se volvía más lenta y natural, ya sin la tensión del dolor. Su culpa por haberlo puesto en peligro disminuyó un poco al verlo relajarse y quedarse dormido, pero sabía que la situación podría haber sido mucho peor… podría ser peor la próxima vez.

Ella también tomó un par de analgésicos y le envió por correo electrónico los grabados y el video del ataque a Martin Klein, en ARCANO. Era todo lo que podía hacer por ahora.

Las heridas en su costado punzaban de dolor, intensificado por los moretones que Morgan palpó con cuidado por los bordes que aún no terminaban de cicatrizar. Podía bloquear la sensación un tiempo, pero siempre volvía a aparecer.

Colocó una silla debajo de la manija de la puerta y arrastró una cómoda para reforzar la protección. No era suficiente para sentirse segura, pero ya no podía mantenerse despierta más tiempo, necesitaba tiempo para recuperarse.

Revisó la respiración de Khal una vez más. Era regular y tranquila. Se metió al otro lado de la cama y, en cuestión de segundos, se quedó dormida.

Mientras el llamado del muecín que resonaba por la ciudad hizo despertar a Morgan sobresaltada.

El reloj junto a la cama marcaba poco después de las cuatro de la mañana, así que el sonido era el Fajr, la oración antes del amanecer.

Ella y Khal habían dormido más de diez horas; era claro que necesitaban ese descanso.

Buscó su teléfono: cinco mensajes de texto y varias llamadas perdidas de Martin Klein.

—Buenos días —dijo Khal, con la voz ronca por el sueño y el proceso de recuperación. Morgan volteó para ver su silueta recortada por la penumbra de las lámparas de la calle.

Él estaba de lado, de cara a ella, con la sábana hasta la cintura. En algún momento de la noche debió quitarse la ropa; su pecho estaba desnudo y las sombras acentuaban sus músculos bien definidos.

Morgan lo observó desde el lado opuesto de la cama. Si se quedaba ahí, todo estaría bien, pero si lo tocaba…

La resaca de la violencia y la cercanía de la muerte a menudo solían provocar esa sensación. La energía vital de saber que seguías viva, que tu cuerpo aún funcionaba, que había aire en tus pulmones. El regalo de un día más… y alguien con quien compartirlo.

Khal extendió la mano y deslizó suavemente la punta de sus dedos por el brazo de Morgan. La sensación fue deliciosa, aunque buena parte de su cuerpo aún le dolía.

Él la miró, y Morgan vio la invitación en sus ojos, era su decisión.

Por un instante, pensó en Jake, pero luego lo apartó de su mente.

Aquello era Jordania, era el presente.

Se acercó y se dejó perder en los brazos de Khal.

Una hora después, el teléfono volvió a sonar. Lo habían ignorado antes, pero ahora la calle ya bullía afuera y oficialmente era de día.

—Tengo que contestar —aclaró Morgan en el momento que mordía suavemente el hombro de Khal, luego besó la marca de sus dientes.

—Por supuesto. Me bañaré —respondió él y se levantó despacio con un leve quejido al ponerse de pie.

Morgan lo miró con aprecio mientras él caminaba desnudo hasta el baño. Tomó su teléfono justo cuando empezó a sonar el agua de la regadera.

—¿Dónde te has metido, Morgan? Te he llamado toda la noche.

—Lo siento, necesitamos descansar después de nuestro encuentro con Natasha.

—¿Estás bien? ¿Y el doctor El-Souid?

Morgan no pudo evitar sonreír ante el título más formal de Khal.

—Estaremos bien, aunque un desayuno no nos caería mal. ¿Pudiste averiguar algo de las fotos?

—El grabado de la escuadra y el compás masónicos es interesante porque está junto a las letras FEP, esas siglas significan Fondo para la Exploración de Palestina, una sociedad británica que investigó la arqueología, cultura e historia natural de la Tierra Santa en el siglo xix .

Morgan interrumpió el entusiasta monólogo de Martin.

—¿Y qué tiene que ver el FEP con el arca o con los masones?

—Supón, por un momento, que el arca fue escondida en Jordania por Jeremías y que dejaron pistas en el Templo de Jerusalén.

Entre 1867 y 1870 se llevaron a cabo excavaciones en el Monte del Templo a cargo de sir Charles Warren, un oficial de los Ingenieros Reales Británicos, también masón.

A su regreso a Londres, ascendió en la logia masónica y se convirtió en comisionado de la Policía Metropolitana durante la época de los asesinatos de Jack el Destripador.

Morgan frunció el ceño.

—Sigo sin entender qué tiene que ver esto con el arca, Martin.

—Conseguí los diarios privados de Warren, de la herencia familiar. Hizo un viaje aparte a Jordania y anotó el hallazgo de un objeto importante cerca del monte Nebo; no entra en detalles sobre el objeto, pero en su diario escribió un versículo bíblico: 2 Samuel 6:14.

Morgan recordó el versículo.

—“David danzó ante el Señor con todas sus fuerzas”. Es del momento en que el arca entró en Jerusalén.

—Exacto —respondió Martin, triunfante—. El FEP nunca supo de ese otro viaje y es posible que Warren usara lo que encontró para impulsar su carrera. Sabemos con certeza que obtuvo el trabajo en Londres tras su regreso, pero el paradero de lo que halló sigue siendo desconocido.

—¿Tienes alguna idea? —preguntó Morgan.

—Por supuesto, pero tendrás que regresar a Londres para investigarlo a fondo, y tienes que darte prisa porque hay informes de que Natasha y su equipo regresaron a las cuevas después de que ustedes se fueron, puede que tengan la misma información —Morgan escuchó el golpeteo de teclas—.

Puedo conseguirte un vuelo privado desde Amman en dos horas.

Khal salió del baño con una toalla envuelta en su delgada cintura, su cabello estaba mojado y gotas de agua brillaban sobre su pecho musculoso. Sonrió para Morgan, con los ojos llenos de intención.

—Voy a necesitar un poco más de tiempo —susurró ella.