Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Morgan se lanzó cuesta abajo más rápido, casi al trote, Khal avanzaba a su lado, ambos conscientes de lo vulnerables que estaban en ese terreno abierto. Necesitaban cubrirse cuanto antes, y las cuevas eran su única opción.

La pendiente se transformó en una cuesta más suave, en cuanto pudieron correr con seguridad cruzaron el terreno pedregoso.

Había tres entradas grandes y una más pequeña a las cuevas, Morgan se agachó para entrar en la primera entrada amplia; respiraba con rapidez tras el esfuerzo, aún no se recuperaba por completo de sus heridas, Khal apenas mostraba señales de cansancio.

Sin duda estaba en muy buena forma para ser un arqueólogo académico.

El ruido de los helicópteros se hizo más fuerte y próximo hasta que el zumbido de los rotores se detuvo cuando aterrizaron muy cerca.

—Esos son helicópteros utilitarios militares —susurró—. No trajeron helicópteros de ataque Cobra, así que es un grupo civil escoltado por el ejército. No creo que vengan a buscar enfrentamiento.

Khal se relajó un poco, pero Morgan sabía que ser detenidos por cualquier fuerza militar de Medio Oriente no sería una experiencia agradable. Ella contaba con el respaldo del gobierno británico, pero Khal no tenía nada.

Morgan revisó su teléfono. Sin señal. Ni siquiera podía avisar a ARCANO para pedir refuerzos, aunque nadie llegaría a tiempo. No llevaban armas ni mucho dinero, tal vez aún podrían negociar.

Se asomó de nuevo y el corazón se le hundió en el pecho. Natasha El-Behery subía la pendiente hacia las cuevas: no habría negociación.

Morgan sintió un impulso abrumador de pelear, pero estaban en desventaja numérica y debía mantener a Khal fuera de peligro.

—Tenemos que escondernos.

Había algunas rocas grandes al fondo de la cueva, nada espectacular, pero eran mejor que nada.

Khal se encogió de hombros.

—Tal vez no busquen demasiado. Está claro que aquí no hay ningún arca de la alianza.

Morgan sonrió, apreciaba su sentido del humor en esa situación difícil y ambos se ocultaron detrás de las rocas. Ella se tensó, lista para actuar, mientras Khal disponía, incómodo, su cuerpo en el espacio reducido.

Escucharon voces en la entrada de la cueva, gritos en árabe y el sonido de pisadas sobre el polvo.

Morgan no escuchó la voz de Natasha, así que seguramente era su segundo al mando quien daba las órdenes.

Le indicó a los hombres que revisaran las cuevas por parejas y, un momento después, se oyeron pasos en la cueva donde se encontraban escondidos.

Morgan reguló su respiración mientras dos pares de pasos se acercaban desde direcciones opuestas alrededor del perímetro. La luz de las linternas proyectaba sombras contra las paredes. Si permanecían inmóviles, tal vez pasarían desapercibidos.

Los hombres charlaban mientras echaban un vistazo de forma casual; era claro que no eran militares por su actitud despreocupada. Después de unos minutos se encaminaron de regreso a la entrada. Morgan se relajó un poco cuando se alejaron.

Estaban a salvo.

Khal cambió ligeramente de posición, incapaz de seguir encogido en ese espacio tan pequeño. Rozó la roca y un par de piedras pequeñas rodaron por el suelo.

Los hombres giraron y corrieron de regreso con linternas y armas en alto.

Khal se puso de pie con los brazos en alto y dio un paso al frente para llamar la atención sobre sí mismo para proteger a Morgan de la vista de los hombres, pero Morgan no podía dejarlo solo a su suerte, entonces salió junto con Khal, con las manos en alto en señal de rendición.

Los hombres los empujaron bruscamente fuera de la cueva y hacia la cegadora luz del sol, les ataron las muñecas con bridas de plástico y los hicieron bajar la pendiente hasta el área frente al complejo de cuevas.

Natasha sonrió al verlos acercarse, recorrió el cuerpo de Khal con la mirada y una notoria satisfacción.

—Morgan, qué encantador verte; una vez más con compañía masculina espectacular. Tengo que admirar tu buen gusto para escoger compañeros.

Natasha se acercó a Khal y deslizó suavemente sus largas uñas por el pecho de él, Morgan recordó cómo había hipnotizado a Jake de la misma forma. Era sexi hasta el extremo, y tan peligrosa como atractiva, subestimarla era una sentencia de muerte.

—Quizá una ofrenda a los dioses en esta montaña sagrada sea lo adecuado. Tal vez así logremos encontrar el arca.

Un grito surgió desde una de las cavernas.

Natasha volteó y caminó veloz hacia el origen del sonido, se detuvo un instante y gritó por encima del hombro:

—Tráiganlos.

Los hombres empujaron a Morgan y a Khal delante de ellos hacia la cueva donde Natasha había entrado. A pesar del peligro, la emoción de Morgan aumentó. ¿Habían encontrado algo que los llevaría al arca?

Al fondo de la cueva, Natasha se agachó para examinar un gran altar.

—Sé que tienes experiencia en estos temas, Morgan, así que podrías ser útil.

Morgan se acercó al altar.

—Me ayudaría no estar esposada.

Natasha le dedicó una mirada helada y ella se encogió de hombros. Ambas podían jugar a ser unas perras frías.

Se inclinó para observar los grabados en la roca y advirtió que, en realidad, no era un altar.

—Esto probablemente es una tumba del siglo vi , ese grabado es la cruz de Chi-Rho, lo que indica que es cristiano primitivo. Sin duda no es algo de la época de Jeremías o del arca.

—Pero mira esto —el tono de Natasha tenía un matiz de asombro, como el de una niña que descubre algo nuevo y maravilloso. Morgan sabía que Natasha tenía formación en arqueología y una pasión por las civilizaciones antiguas, así que tal vez podrían encontrar un punto en común.

En la parte posterior de la tumba había un grabado aún más antiguo, como si la piedra se hubiera usado primero para otra cosa y luego se hubiera reutilizado ahí.

El grabado estaba desgastado y desvanecido, pero claramente mostraba una procesión de sacerdotes portando objetos del templo: una menorá de oro y el arca de la alianza.

—Cuando Jerusalén fue sitiada y el templo saqueado en el año 70 d. C., la menorá del templo fue llevada a Roma junto con los judíos cautivos —explicó Morgan.

Natasha asintió.

—Sí, como se muestra en el Arco de Tito en Roma: los esclavos encadenados, la menorá llevada en alto. Pero en aquel entonces nunca se encontró el arca.

Los ojos de Natasha se agrandaron de emoción. Por un momento Morgan vio claridad allí, un propósito compartido; sintió una chispa de esperanza de que todo pudiera acabar bien para todos, pero de pronto la mirada de Natasha se cerró y los tentáculos de la oscuridad volvieron a apoderarse de ella.

—Y aquí tampoco está el arca.

Volteó hacia Morgan con una mirada penetrante, como una serpiente fija en su presa antes de lanzar su ataque mortal.

Morgan se mantuvo firme y se preparó, con los sentidos atentos al ataque de una depredadora, Natasha arremetió en un estallido de frustración y blandió la linterna como arma.

Morgan avanzó, se metió en el ángulo abierto del brazo de Natasha para evitar que el extremo de la linterna golpeara su cabeza, se lanzó hacia adelante y ambas rodaron por el suelo, justo cuando los hombres de Natasha saltaron para intervenir.

Khal gritó alarmado y un guardia lo hizo callar de un golpe.

Morgan rodó detrás de la tumba, con el rostro casi chocando con la pared de piedra al caer. Había iniciado la pelea con cierto elemento de sorpresa, pero ahora estaba en el suelo polvoriento, boca abajo y esposada, a merced de su atacante.

—Atrás —ordenó Natasha a sus hombres mientras se incorporaba.

Se plantó sobre su víctima con un grito de frustración mientras le propinaba patadas a su enemiga; el golpe de las botas especiales para el desierto contra su cuerpo resonaba en la cueva.

Los golpes caían rápido mientras Natasha descargaba su ira. Morgan giró para proteger su costado herido mientras el dolor la atravesaba como una lanza. Tenía que levantarse.

Pero cuando la siguiente patada la alcanzó, Morgan vio algo, una serie de pequeños grabados cerca del piso.

Se hizo un ovillo, al mismo tiempo que protegía su herida de más daño, pero también intentó ver mejor. Compartimentó el dolor mientras soportaba la golpiza de Natasha, consciente de que estaba a minutos de una posible lesión fatal.

La siguiente patada la empujó más cerca de la pared, así pudo ver con claridad los diminutos símbolos, eran grabados toscos llenos de polvo, pero aún visibles: una escuadra y un compás masónicos, las letras FEP y una fecha, 1868.

Morgan sintió una oleada de decepción, debía ser solo un grafiti dejado por algún peregrino anónimo.

Khal gimió al otro lado de la tumba mientras los hombres de Natasha se unían a la golpiza. No les quedaba mucho tiempo antes de que todo acabara.