Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

De Nuweiba a Áqaba, Jordania.

Morgan contemplaba la negrura cual tinta del mar Rojo, arrullada por el golpeteo de las olas en el casco.

Era como si el tiempo se hubiera detenido y pudiera descansar ahí en la oscuridad; un periodo de calma antes de la próxima tormenta.

Khal dormía en la cabina, agotado después de conducir el largo trayecto, pero Morgan necesitaba un momento para pensar.

La oscuridad camuflaba las aguas color turquesa bajo el bote, donde ella había buceado muchas veces.

Ella y Elian solían pasar las vacaciones con amigos en Eilat, la ciudad turística israelí un poco más al norte; nadaban y buceaban, o simplemente pasaban los días tirados al sol, con el brazo de él sobre ella mientras dormía.

Cuando Elian murió en los Altos del Golán, Morgan se alejó de ese tipo de diversión inocente, le parecía irrespetuoso de algún modo: su cuerpo yacía frío en la tumba, ¿cómo podía ella reír bajo el sol?

Ahora estaba de vuelta para encontrar el arca de la alianza, un artefacto capaz de llevar conflicto a su país… o tal vez algún tipo de salvación.

Morgan se estremeció con la brisa nocturna.

Las escrituras describían el arca como un arma, una cosa terrible capaz de aniquilar enemigos con rayos de electricidad.

Había muchos en las Fuerzas de Defensa de Israel que harían lo que fuera por tener en sus manos un arma así, sin importar su procedencia.

Tal vez sería mejor que ARCANO la protegiera, en lugar de dejársela a alguna de las facciones religiosas del Medio Oriente, incluso quienes parecían palomas podían convertirse en halcones si llegaban a poseer algo tan poderoso.

Una hora después, el bote se acercó a la costa y la noche se desvaneció mientras las luces del puerto de Áqaba se volvían más brillantes.

El lugar bullía de actividad a esa temprana hora, enormes barcos de carga se cernían sobre el pequeño catamarán mientras navegaba por los muelles, las montañas rojizas del interior de Jordania rodeaban este centro industrial, encaramado al borde de una tierra primordial que bien podría deshacerse de ese insignificante intruso con un simple gesto.

Khal salió de la cabina con dos tazas de café.

—No es el mejor, pero quizá nos mantenga despiertos un rato.

Morgan sonrió y tomó la taza de sus manos, al hacerlo sus dedos rozaron y soltaron una descarga eléctrica.

Había notado la manera en la que él la miraba y, por un instante, imaginó su brazo alrededor mientras ella se apoyaba en su fuerza.

Después de una dura noche de viaje, Khal se veía aún más como una estrella de cine, ahora con una sombra de barba oscura que le esculpía el mentón; la idea de cómo se sentiría esa barba contra su piel cruzó fugaz por su mente, pero apartó la vista de inmediato.

Terminaron el café, uno al lado del otro, mientras el bote atracaba, después caminaron hacia la aduana.

Parecía apropiado que dos viajeros en busca del arca antigua entraran por la ruta comercial usada desde el 4000 a.

C. Áqaba, la bíblica Edom, fue el reino de los nabateos en el siglo i d.

C., uno de los principales puestos romanos de la región.

La ciudad pasó de mano en mano por las dinastías islámicas y en los tiempos modernos fue escenario de una batalla ganada por los británicos en la Primera Guerra Mundial, ahora era un puerto y destino turístico en rápido crecimiento donde los deportes acuáticos competían con los enormes barcos por el dominio de las aguas llenas de coral.

Morgan y Khal se dirigieron hacia una fila de taxis y módulos de alquiler de autos donde los conductores bebían café y fumaban cigarrillos Polo al amanecer.

Tras negociar una tarifa, caminaron hacia un estacionamiento dominado por autos japoneses que desentonaban con el lugar y partieron hacia el norte, rumbo al desierto.

Petra, Jordania.

Fueron solo unas horas de camino, y aunque todavía era temprano, el sol ya caía con fuerza cuando entraron al estacionamiento de Petra, la antigua capital de los nabateos, fundada en el siglo vi a. C.

Los principales autobuses turísticos llegarían mucho más tarde, así que el lugar todavía estaba tranquilo, los locales abrían sus tiendas y bebían café en los claros de sol antes de la avalancha diaria de turistas; camellos polvorientos con monturas de colores apagados reposaban en el suelo, con las patas dobladas bajo el cuerpo mientras descansaban a la sombra y masticaban, caballos y burros pisoteaban en las esquinas de la plaza, listos para los turistas que preferían explorar la ciudad de una manera más relajada.

Morgan se estiró al bajar del auto.

—Necesitamos un descanso, vamos a explorar antes de que lleguen los turistas. ¿Tienes energía para un poco más de negociación esta mañana?

Khal sonrió sin decir nada y se dirigió con paso decidido hacia la taquilla, Morgan lo vio alejarse y apreció lo tranquila que se sentía a su lado.

Khal no tenía esa energía física latente que caracterizaba a Jake, siempre en movimiento, siempre inquieto, él se contenía, protegía sus pensamientos más profundos con un muro de profesionalismo académico.

Después de un momento Khal agitó la mano triunfante desde la taquilla, su backsheesh aceptado como propina matutina.

Juntos entraron en el Siq, un desfiladero angosto entre arenisca roja que llevaba a la ciudad tallada en la roca.

Las paredes se alzaban altísimas hacia el cielo, que brillaba en tono azul cobalto sobre sus cabezas, el fresco del cañón los envolvía y los chillidos de las aves del desierto resonaban en la piedra como si los fantasmas de los nabateos siguieran ahí, con sus almas atrapadas por la repetición constante de su antigua historia.

Petra fue alguna vez una ciudad fortaleza, protegida por su ubicación en lo profundo de cañones de roca y abastecida por un arroyo perenne, en el siglo iv d.

C. un terremoto la destruyó; bajo dominio romano, la ciudad decayó aún más, después las ruinas fueron saqueadas una y otra vez.

Se sentía ahí una especie de arrogancia: el orgullo o la arrogancia de los reyes que creyeron que su era duraría para siempre, hasta que los dioses los derribaron; esa lección se repetía en cada imperio, grandes líderes creían que el sol nunca se pondría sobre su poder, pero el final inevitable siempre acechaba a la vuelta.

Así fue a lo largo de la historia y continuaría de esa manera.

Rodearon una última esquina en el Siq y salieron frente a Al-Khazneh, conocido como el Tesoro, aunque en realidad era la tumba de un rey nabateo.

Morgan susurró los versos de John William Burgon, de su oda a la ciudad.

—“Una ciudad rojiza como la rosa, casi tan antigua como el tiempo”.

—“Eterna, silenciosa, hermosa, solitaria” —respondió Khal.

En la quietud del cañón la tensión entre ellos se extendió durante un largo momento; Khal la rompió al quitarse la mochila y sacar un termo.

—¿Café?

Morgan sonrió.

—Eres un santo. ¿De dónde sacaste esto?

—Se lo compré al del alquiler de autos; me vio la cara, pero pensé que valdría la pena. También tengo pan pita y labneh para acompañarlo.

El estómago de Morgan rugió en ese instante.

Le encantaba ese queso suave, y que la cuidaran así era algo nuevo para ella.

Darle de comer a alguien era una señal importante de hospitalidad en Medio Oriente.

Khal era un verdadero hijo de aquella tierra, pero ella se había vuelto más inglesa y con ello olvidó las costumbres de su lugar natal.

Se sentaron en la sombra, y ella se recargó en la piedra para mirar las paredes de roca que los rodeaban.

Había escaleras talladas en la cara vertical; muchas de ellas no llevaban a ninguna parte, como si los canteros hubieran escalado rumbo a los dioses y hubieran caído y muerto antes de terminar el trayecto.

Khal llenó una taza del termo con café negro humeante y se la pasó, Morgan le dio un sorbo para medir la temperatura antes de tomar un trago largo.

—Justo como me gusta —sabía que era adicta a la cafeína, pero no era el peor de los vicios, además todos necesitaban algún placer.

Le devolvió la taza a Khal, que la rellenó antes de tomar un sorbo.

—¿Sabías que Petra está ligada a la historia del Éxodo?

Morgan negó con la cabeza.

—Esto es Wadi Musa —explicó Khal mientras le devolvía la taza—, según la tradición árabe, aquí Moisés golpeó la roca con su bastón e hizo brotar agua para que bebieran los israelitas. El hermano de Moisés, Aarón, está enterrado cerca de aquí, en una montaña que lleva su nombre.

Morgan desmenuzó entre los dedos un poco de la tierra roja.

—Por esto amo esta parte del mundo, cada piedra tiene historia, cada pueblo guarda una leyenda que se remonta milenios atrás.

A veces el velo del tiempo se corre y puedes sentir cómo era el pasado; luego irrumpe el mundo moderno y rompe la ilusión.

Israel tiene una intensidad única y la extraño, aunque también me desespera la maraña de problemas que siempre debe enfrentar.

—Pero la amas —aseveró Khal—, puedo notarlo. Por más que trates de huir de ella.

Morgan suspiró.

—No es el país donde nací, pero corre por mi sangre. Estar aquí me recuerda el valle del Jordán, el mar Muerto, los acantilados de Masada. Es como volver a casa. Quizá siempre estaré dividida entre mi nueva vida y la antigua.

Khal suspiró.

—Conozco bien ese sentimiento. Amo mi país y su gran historia, pero me frustra lo que es ahora.

Nuestra identidad nacional está fragmentada entre las tumbas de los faraones y los retos del islam moderno, pero quizá esta ciudad nos enseña a aprovechar el presente, porque todo esto podría desaparecer con gran facilidad.

Se quedaron en silencio durante un minuto, pasaron la taza de café de uno a otro mientras los fantasmas de los muertos giraban por el cañón en pequeños torbellinos de arena fina.