Capítulo 13
Ciudad de los Muertos. El Cairo, Egipto.
El taxi avanzaba muy despacio por las calles estrechas mientras el conductor tocaba el claxon a burros y peatones para apartarlos de su camino.
Después del viaje de regreso a Zimbabue, Natasha estaba cansada, pero necesitaba avanzar en la búsqueda del arca y se encontraba en un callejón sin salida.
Tenía que reconciliarse con los dioses y con sus antepasados; ahí, en la necrópolis de El Cairo, invocaría a sus espíritus para que la ayudaran.
Había descuidado las formas antiguas cuando estuvo en Europa y había hecho sacrificios de sangre por otra causa, ahora debía acercarse a los dioses de rodillas, ante la sombra de su padre, e invocar su ayuda.
Los más pobres vivían en el barrio marginal de Manshiyat Naser, la Ciudad de la Basura, donde los niños trabajaban entre montones humeantes de desperdicios para sobrevivir al borde de la violencia y de una muerte temprana y segura.
Isac había ido ahí esa noche para buscar un sacrificio adecuado.
Su gente vivía en una tierra de nadie, ni vivos ni muertos; incluso si alguien desaparecía, a nadie le importaba lo suficiente como para investigar.
El taxi llegó a la tumba de los El-Behery, que se encontraba en una de las partes más antiguas del cementerio, accesible solo a pie. Natasha se ajustó la túnica para ocultar su identidad y apresuró el paso por la calle hasta llegar a la tumba.
Un guardia que estaba sentado junto a la entrada se puso de pie al verla acercarse y ella le reveló su rostro.
Asintió con respeto.
—Buenas noches, señora.
—¿Ya llegaron los demás?
El guardia negó con la cabeza.
—Usted es la primera.
Bajó la mirada mientras hablaba, seguro estaba al tanto de la reputación de los El-Behery. Por el bien de sus hijos mantendría la mirada gacha y los oídos cerrados. Muchos de los que entraban a esa tumba nunca salían.
El guardia giró y empujó la pesada puerta, para que Natasha pudiera entrar. Ella cruzó el umbral y él cerró de inmediato.
Natasha sacó una antorcha tipo pluma de su bolso, la encendió y luego prendió las gruesas velas que reposaban en las esquinas del mausoleo de piedra que había sido construido por varias generaciones de los El-Behery, y mejorado con el tiempo.
Los cuerpos embalsamados descansaban en nichos alrededor de las paredes, en el centro había un altar con canales tallados en la piedra que iban en ángulo hacia un desagüe en el borde del mausoleo, y en cada esquina del altar colgaban correas de cuero desgastadas por los años de uso.
El aire tenía un olor terroso, como si el lugar estuviera vivo y fértil.
Natasha se dirigió a uno de los nichos y saludó al cuerpo de su padre, momificado según la tradición.
Su familia creía que el ba , o espíritu, permanecía en la tumba y aún podía actuar en el mundo físico.
En sus momentos racionales Natasha dudaba de eso, pero ahí, en la cripta, volvió a sentir la presencia de sus antepasados.
Al posar los labios en la frente de la momia pensó en el hombre que había guiado su vida.
Nació cuando él tenía cincuenta años, fue la última de sus dieciséis hijos, su princesa, también era la más interesada en el Egipto antiguo.
Su padre la adoraba y la sacaba de la escuela para llevarla a excavaciones arqueológicas, le permitía usar joyas que él mismo tomaba de las tumbas; su madre había sido una hermosa inmigrante rusa, tomada como esposa en un arrebato de lujuria y desechada en cuanto nació la bebé, de modo que Natasha fue criada por las otras esposas de su padre.
A los siete años empezó a matar animales y pájaros en el jardín, los clavaba ante el sol y los apuñalaba con un cuchillo ritual que su padre le había dado. Obligaba a los otros niños a mirar y ellos lloraban, su padre solo se reía, la levantaba por encima de su cabeza y la hacía reír a carcajadas.
Hasta que un día la golpeó con una bofetada en la cara; sin dudarlo, ella le mordió la mano y lo arañó hasta hacerlo sangrar. Él elogió su espíritu y desde ese día la entrenó para devolver los golpes de la forma más adecuada, para luego convertirla en agresora.
—Eres mi princesa guerrera —solía decirle—. Algún día te haré reina.
Cuando tenía trece años Natasha empezó a cortarse. La visión de la sangre la excitaba y el dolor rozaba el placer, escondía las cicatrices, pero un día su padre las notó; fingió una lágrima y señaló a una de las esposas, aquella que la trataba con más desprecio.
Su padre, furioso, lanzó al suelo a la mujer, la golpeó y la pateó con sus botas sobre el cuerpo, la mujer gimió con la sangre escurriendo de su boca hasta el suelo polvoriento. Después mandó llamar a sus guardias, que echaron a la mujer a la calle.
Tomó a Natasha en sus brazos.
—Nadie lastima a mi princesa.
Después de aquel incidente su posición en la casa cambió, las otras esposas y los hijos la trataban con respeto y temor, mantenían su distancia y apartaban la vista de sus torturas a animales y aves.
La pequeña creció y se convirtió en una mujer hermosa de ojos oscuros y profundos, con curvas delicadas. La mirada de su padre se volvía hambrienta cuando la veía, luego se oscurecía con miedo y arrepentimiento. Ella reconoció un nuevo tipo de poder.
—Papá, ¿puedo ir contigo a la reunión? —le preguntó una noche, presionando sus pechos jóvenes contra su brazo. Sabía que estaba excitado por su cercanía.
—No es para niños, querida.
—Ya no soy una niña, papá, lo puedes ver. Quiero ser tu princesa en el templo.
Él tragó saliva y suspiró, cedió ante sensaciones prohibidas.
—Entonces debes confiar en mí y hacer lo que yo te diga —respondió con voz ronca—. Será difícil, pero si superas el ritual formarás parte de una antigua línea que se remonta a los faraones.
Esa noche Natasha observó muda de miedo mientras su padre descuartizaba a un hombre y se lo ofrecía a los dioses.
El ritual evocaba el desmembramiento de Osiris a manos de su hermano, Seth, tras el cual Isis reunió las partes para reconstruir su cuerpo; quedó embarazada en los pocos y preciosos momentos en que él volvió a respirar, antes de hundirse de nuevo en la oscuridad, gobernante del Dual, el reino eterno de la muerte.
Esa noche, su padre obligó a Natasha a sostener una parte del cuerpo. La sangre tibia le goteaba por los brazos y el hedor la hizo vomitar y ahogarse, pero la siguiente vez tomó el cuchillo entre sus delicadas manos y fue ella quien asestó el golpe mortal.
En aquella euforia bañada de sangre, Natasha honró a su padre y a otros hombres con su cuerpo. Esa noche lo honraría una vez más y los dioses la recompensarían con el triunfo del arca.
Natasha recorrió la tumba saludando uno a uno a los cuerpos momificados de sus antepasados, pidió su bendición para el ritual que estaba por realizar. El polvo del mausoleo giraba a su alrededor, difuminaba la luz de las velas con una bruma que parecía casi un velo hacia otro mundo.
Abrió un gran cofre y, con reverencia, desenvolvió las máscaras rituales, las colocó junto al altar, listas para ser usadas una vez más.
Pasó los dedos sobre la máscara de Horus, acarició las plumas del halcón que sobrevolaba la tierra, del dios del cielo que se elevaba por encima de la vida mortal; aún tenía gotas de sangre de la muerte del curador, y esa noche volvería a mancharla.
Llamaron a la puerta. Isac entró en la tumba, detrás de él dos guardias arrastraban a un joven atado y amordazado que luchaba contra sus ataduras.
—A este costó trabajo someterlo —explicó Isac—. Pero los dioses estarán complacidos con un sacrificio tan fuerte.
Natasha se acercó al muchacho. Tenía los músculos marcados por el trabajo físico y la piel del color del caramelo quemado, sus ojos brillaban salvajes por el miedo y la rabia sobre la mordaza apretada; vestía una camisa tosca, desteñida por el uso y por muchos días bajo el sol.
Ella le desabotonó la camisa mientras sus músculos se tensaban contra las ataduras y los guardias lo sujetaban con fuerza.
Natasha deslizó las yemas de los dedos por su abdomen tenso.
—¿Estás listo para actuar ante los dioses?
Su mano se deslizó más abajo y él gruñó a través de la mordaza, apartó el rostro con vergüenza ante su evidente excitación.
Se volvió hacia Isac.
—Prepara el ritual.
Los guardias empujaron al joven sobre el altar y sujetaron sus extremidades con las cuatro correas, él se resistía, pero las ataduras lo mantenían inmóvil.
Isac y los demás se pusieron las máscaras de Horus, Anubis el chacal, y Thot el dios con cabeza de babuino.
Natasha se quitó la túnica exterior, reveló un vestido sencillo de algodón blanco con una falda amplia, tomó el alto tocado de Isis y se lo colocó en la cabeza; al tocarlo se transformó en la protectora de los muertos, la diosa madre, señora de la magia y la naturaleza.
Natasha se colocó en la cabecera del altar y los demás se situaron a los lados, los cuatro rodearon al joven atado que luchaba y gemía a través de la mordaza.
—El cáliz —ordenó Natasha.
Isac, como Horus, se adelantó y le entregó un gran cuenco de cobre lleno de lo que parecía agua turbia, Natasha lo bebió de un largo trago y se relajó a medida que el alucinógeno corría por sus venas.
Los labios se le entumieron, su corazón se aceleró; la luz de las velas se fundió con los muros de piedra y los espíritus surgieron de las tumbas con los rostros de sus ancestros, suplicantes porque iniciara el rito sangriento.
Cada uno de los hombres bebió, después volvió a llenar el cuenco. Isac tomó su propio trago, luego bajó la mordaza de la víctima y le vertió el líquido en la boca, tapándole la nariz para obligarlo a tragar, antes de colocarle la mordaza de nuevo.
El velo entre el mundo físico y el reino espiritual se desgarró, y Natasha pudo ver el vacío entre ellos.
Su cuerpo se convirtió en un recipiente para la diosa y esos hombres en testigos de la lucha eterna entre la vida y la muerte.
Se retorcieron de formas teriantrópicas con sus cabezas animales transformados en rostros divinos.
Las sombras en la tumba se transformaron en djinns que se estiraban como bocas deformes, abiertas, que lamían su piel con lenguas de fuego.
Natasha comenzó el canto del antiguo mito.
—Invoco a Seth, dios del caos y las tormentas.
Su voz se unió al coro de Isac y el poder creció en su interior; tocó de manera íntima al joven atado y clamó a los dioses para que bendijeran su acto de unir el cielo con la tierra, se montó sobre el muchacho y lo cabalgó mientras las drogas la elevaban hasta los cielos del placer.
—Escucha mi oración —clamó—. Envía a tu sirva fiel lo que necesita para completar la misión.
Natasha tomó el cuchillo ritual en sus manos y, cuando estaba a punto de llegar al clímax, clavó la hoja en el pecho del joven, después la retiró en un solo movimiento.
La sangre brotó y manchó su vestido mientras lo apuñalaba una y otra vez, llamando a los dioses para que vieran su sacrificio y la recompensaran con la victoria.
La vida abandonó los ojos del joven y Natasha sintió cómo su espíritu se elevaba del cuerpo para unirse a los demás que giraban a su alrededor en la cripta.
Los dioses estaban ahí, se deleitó en su presencia mientras se deslizaba fuera del altar y comenzaba el sangriento trabajo de descuartizar el cadáver; los demás hombres se unieron para terminar el sacrificio.
Más tarde, Natasha sintió el frío de las losas de piedra colarse a través de su ropa mientras estaba recostada en el suelo de la tumba, el hedor a sangre y sexo, mezclado con muerte y descomposición, flotaba en el aire; la náusea subió y ella luchó por contener el vómito que amenazaba con salir.
Despreciaba la nueva vida que llevaba dentro, la debilitaba físicamente y eso no lo toleraba.
Se desharía de ella en cuanto entregara el arca en Jerusalén.
Natasha se incorporó apoyada en sus manos y rodillas, luego se levantó con el soporte de una de las columnas.
Los miembros cercenados del joven quedaron flácidos sobre el altar, su cabeza decapitada había rodado hacia un lado con los ojos abiertos dejando sangre coagulada en charcos sobre las losas.
Ella estaba cubierta de restos al igual que los hombres hechos ovillo en el suelo, saciados tras el frenesí violento.
Nunca sabía con cuál de ellos había tenido sexo después del ritual, todo era una neblina de lujuria sangrienta y el efecto de las drogas mezclado con éxtasis.
Todo eso honraba a los dioses, seguro la recompensarían ahora.
Natasha tomó su bolso detrás de uno de los cuerpos momificados y sacó su capa, se la envolvió para ocultar la ropa ensangrentada y salió al exterior, a la oscuridad previa al amanecer, encendió el teléfono y encontró varios mensajes de Al-Hirbaa.
Abrió el primero y sonrió. Los dioses ya la habían recompensado por su fidelidad.
Habían visto al asistente del difunto curador en Sinaí, y contaba con la ayuda de la agente de ARCANO, Morgan Sierra. Esa perra debió morir en la cripta de huesos aquella noche, pero no importaba, los dioses acogerían con gusto ese sacrificio. Era hora de ir a Jordania.