Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Es la montaña —susurró, consciente de que el hallazgo era potencialmente explosivo—.

Mira: la traducción Septuaginta dice que Jeremías fue a la montaña desde donde Moisés vio la tierra prometida de Dios, cuando llegó encontró una cueva en la que metió la tienda, el arca y el altar del incienso, y después selló la entrada. Esto sugiere que ese es el lugar.

Khal asintió.

—Se le conoce como monte Nebo, en Jordania, pero ya lo han registrado a fondo, incluso los fundamentalistas estadounidenses han usado radares de penetración terrestre para buscar el arca. No está ahí.

Morgan señaló la página.

—Pero mira esto. El fragmento dice que Jeremías fue a la montaña desde donde podía ver el lugar donde Moisés vio la tierra prometida de Dios; quiere decir que, desde donde estaba, podía ver el monte Nebo, no que estaba en él.

Los ojos de Khal se abrieron de par en par.

—Así que la versión posterior fue alterada, y esa frase cambia las posibilidades geográficas por completo.

Morgan asintió.

—Le enviaré esto a Martin, en ARCANO, para que investigue ubicaciones alternativas. Tenemos que ir a Jordania. Si salimos ahora llegaremos mañana para la hora de la comida.

Devolvieron el libro con cuidado a la vitrina y regresaron por el corredor de la biblioteca hacia la salida.

Dos monjes salieron detrás de cada uno de los grandes estantes con sus hábitos a ras del suelo y las capuchas cubriéndoles el rostro, parecían deslizarse hasta colocarse en medio del pasillo.

Se quedaron de pie en silencio, bloqueando la salida.

—Buenos días, hermanos —dijo Morgan, primero en árabe, luego en inglés. No hubo respuesta.

—El abad nos dio permiso para examinar documentos —dijo Khal—. Ya nos vamos.

Los dos monjes dieron un paso al frente, era una clara amenaza.

Morgan adoptó una postura de krav magá, y recibió con gusto la sensación del torrente de adrenalina previo al combate. Los monjes atacaron, uno contra Morgan y el otro contra Khal.

Morgan vio el destello de una hoja cuando el monje se lanzó; se mantuvo firme mientras buscaba detrás de sí la pesada Biblia Septuaginta. Cuando el monje blandió su arma, ella blandió el tomo y el cuchillo se incrustó en la Biblia.

Morgan se hizo a un lado y aprovechó el impulso del monje para hacerlo avanzar hacia adelante, estrellando la base de la palma de su mano en su rostro al pasar.

Se escuchó un crujido satisfactorio al conectar con la nariz del monje, su capucha voló hacia atrás y la sangre comenzó a gotearle por la cara; tambaleó y sacudió la cabeza para intentar aclarar su visión.

De reojo, Morgan vio a Khal en el suelo, que pateaba al otro monje, el asesino jugaba con su presa y el académico no tenía ninguna oportunidad contra un luchador entrenado. Tenía que ayudarlo.

Morgan golpeó la oreja de su atacante con el puño, y siguió con un codazo en la barbilla, el monje giró sobre sí mismo y se desplomó en el suelo.

El otro monje dejó a Khal en el piso y corrió hacia Morgan, amagando con el cuchillo.

Al lanzarse, Morgan giró hacia un lado, le sujetó las muñecas y lo jaló hacia adelante y hacia abajo, levantó la rodilla y la conectó contra su rostro y con todo el peso de su cuerpo le descargó un codo sobre la nuca.

El monje cayó pesadamente, inconsciente, al suelo.

El primer hombre gimió, Morgan giró y le dio una patada fuerte.

La rabia que había reprimido por lo sucedido con Jake explotó.

El dolor palpitante en su costado se intensificó, pero solo la ayudó a concentrarse, elevándose al borde del vacío.

El entorno desapareció y solo veía una manifestación de odio y peligro mientras golpeaba los cuerpos tendidos.

Se aseguraría de que esos hombres no se levantaran de nuevo.

—¡Morgan! —la voz de Khal rompió la niebla—. Morgan, creo que ya tuvieron suficiente.

Ella giró con las manos alzadas en la postura abierta de krav magá, lista para volver a atacar; Khal retrocedió con las manos levantadas en señal de rendición.

—Deberíamos irnos, puede que haya más de ellos; está claro que sabes defenderte, pero yo preferiría correr.

Mientras la mente de Morgan se despejaba, uno de los monjes en el suelo tosió y gimió, lo pateó de nuevo y él volvió a quedar inmóvil. Ante la ceja levantada de Khal, Morgan se encogió de hombros.

—No querrás que nos sigan, ¿verdad? Bien, vámonos. Ya sabemos a dónde tenemos que ir.

Cuando la puerta de la biblioteca se cerró tras ellos, uno de los monjes heridos se incorporó lentamente y buscó a tientas el teléfono oculto en lo profundo de su túnica.

Limpió la sangre de sus ojos, tecleó un mensaje y presionó “enviar”; Al-Hirbaa pagaría generosamente por la información sobre la montaña en Jordania y la perra que los había vencido recibiría su violento merecido.

Dos horas después, el último rayo de sol desapareció detrás del horizonte del Sinaí, Khal observó cómo las sombras se alargaban y daban paso a la fría noche. Con una mano en el volante se puso la chamarra, después se inclinó para acomodar el abrigo de Morgan para que la cubriera mejor.

Habían salido a toda prisa del recinto del monasterio, y Morgan había dicho poco mientras tomaban sus cosas y se dirigían al vehículo; en cuanto partieron ella se quedó dormida, agotada por las secuelas de la pelea y Khal la miró de reojo mientras dormía.

Era evidente que tenía entrenamiento militar y sabía defenderse, pero se preguntaba hasta dónde habría llegado si él no la hubiera detenido.

Conducía la ruta con comodidad; quince años atrás había hecho el servicio militar y recorrió muchas veces ese camino del desierto durante sus patrullajes.

La Primavera Árabe había traído nuevas tensiones, también violencia en el cruce fronterizo con Israel y el ataque de una turba a la embajada israelí en El Cairo, pero Egipto dependía del turismo y necesitaba atraer a los visitantes extranjeros con suficiente dinero.

La ruta del Sinaí a Israel para terminar en Jordania era habitual para los turistas peregrinos que deseaban visitar los lugares santos y Petra pero, pese a todo, en el camino solo se habían cruzado con algunos autobuses y taxis nocturnos: por lo demás, las horas transcurrieron en oscuridad y calma, solo con el sonido del viento que silbaba por la ventana y cargaba el olor de la noche y un agradable frescor.

Por fin tenía tiempo para pensar después de los frenéticos días recientes; Khal no entendía cómo Morgan podía mantenerse tan serena.

Quería ayudarla y honrar la memoria de Abasi con esa búsqueda, pero su lugar era la universidad o la excavación, donde el único peligro era que el pincel cayera sobre la piedra.

Esto estaba muy fuera de sus capacidades.

Pero Morgan había traído una chispa de luz a su vida, había atravesado la rutina seca que él mismo se había impuesto, le mostró un destello de algo que hacía mucho no sentía.

Su esposa Meena había muerto siete años atrás, después de que un tumor de crecimiento rápido destruyera su cuerpo y la convirtiera en una cáscara de sí misma.

En los días antes de morir, Meena le había dicho que viviera bien y encontrara una nueva esposa, alguien que le diera hijos y lo amara como ella lo hizo, pero tras su muerte se refugió en el trabajo e ignoró las miradas que le lanzaban las alumnas en las excavaciones de verano.

Abasi solía regañarlo con dulzura, animarlo a ir a fiestas universitarias y eventos sociales, pero Khal solo encontraba consuelo en el trabajo.

Tal vez había enterrado la posibilidad de la felicidad bajo las arenas del desierto.

Morgan era muy diferente a Meena, pero era la primera vez en mucho tiempo que sentía un deseo genuino. Fruncía el ceño cuando soñaba, y movía suavemente los labios, quizá el pasado los perseguía a ambos.

Khal condujo hasta Nuweiba, una ciudad costera desde la cual podrían tomar el ferry a Jordania y así evitar el cruce fronterizo con Israel.

Después de una hora más, Morgan susurró en la oscuridad:

—¿Falta mucho para llegar?

Khal rio suavemente, sin querer romper el hechizo de la noche.

—Quizá treinta minutos más.

Morgan enderezó el respaldo y se talló los ojos.

—¿Estás bien con solo manejar tú?

—Estoy bien, ya dormiré después. ¿Estás segura de que podemos tomar el ferry a esta hora?

Morgan asintió.

—Los dólares estadounidenses pesan más que los horarios de los ferrys.

Llegaron a Nuweiba cerca de la media noche, en el pueblo pasaron junto a turistas que descansaban en sillones cerca de la arena, fumaban en pipas de sheesha y bebían cócteles de colores estridentes.

Después de que Khal se estacionó cerca de la terminal, ambos bajaron del auto y estiraron sus extremidades adoloridas. Morgan sacó un rollo de dólares de su mochila y se lo entregó a Khal.

—Creo que tú vas a conseguir un mejor trato que yo.

Él sonrió.

—Puedes apostar a que sí.

Localizó rápido un catamarán que les vendría perfecto. El capitán jugaba cartas en la cubierta, junto con un par de pescadores.

Khal negoció un precio y le hizo una seña a Morgan para que subiera mientras le entregaba el cambio.

—Esa es una muy buena tarifa —le sonrió—. Voy a tener que llevarte a más aventuras.

Mientras Khal le daba la mano para ayudarla a subir al bote, se sintió por completo complacido con su elogio. Quizá sí podría con la siguiente fase de la búsqueda, después de todo.