Arca de sangre (Arcano 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Biblioteca de Santa Catalina. Sinaí, Egipto.

El abad, de rostro adusto, abrió la puerta de la biblioteca con una pesada llave antigua atada a un cordón en la cintura.

— Efharisto —agradeció Khal en griego, inclinándose un poco ante el hombre mayor, quien respondió con un leve gesto antes de dejarlos entrar solos.

Morgan entró en la biblioteca y giró lentamente sobre sí misma para admirarla en todo su esplendor.

Estanterías de madera oscura se extendían en corredores de libros, más volúmenes se alzaban en balcones sostenidos por gruesas columnas.

Los techos abovedados y las columnas de soporte estaban pintados de un color crema apagado, un fondo neutro para la dramática extensión de conocimiento.

Unos pocos monjes estaban sentados en escritorios, inclinados sobre grandes tomos abiertos frente a ellos.

—Es magnífica, ¿no te parece? —susurró Khal—.

Vine aquí varias veces con Abasi. Tiene la segunda colección más grande de códices tempranos y manuscritos del mundo, solo superada por la del Vaticano.

Hay más de tres y medio millones de volúmenes en griego, copto, árabe, armenio, hebreo, siríaco y otros idiomas.

Morgan se acercó a la estantería más próxima y deslizó la yema de sus dedos por los lomos de los libros, cada uno ofrecía un vistazo a un mundo olvidado un largo tiempo atrás.

Una parte de ella deseaba quedarse allí: una celda sencilla, una vida entera de libros, y una montaña sagrada en el desierto donde podía ver el amanecer cada día. Sin duda, era una vida alternativa.

Suspiró y volteó para ver una vitrina de cristal que contenía un antiguo documento manuscrito sellado con la huella de una mano.

Khal se le unió frente a la vitrina.

—Ese es el Ashtiname, en el que el profeta Mahoma otorgó su protección al monasterio; escrito en el año 623, exime al monasterio de impuestos y servicio militar, y ordena a los musulmanes a ayudar a los monjes.

—Vaya —Morgan se asomó a la vitrina—, eso sí que es impresionante.

Khal asintió.

—También es la razón por la que el monasterio ha permanecido independiente durante diecisiete siglos; nunca ha sido atacado y la atmósfera seca es un entorno casi perfecto para conservar sus tesoros.

Junto a la vitrina había un pequeño nicho con un ícono del siglo xii , llamado la Escalera de la Divina Ascensión: unos monjes posan precariamente en los peldaños mientras ascienden los treinta escalones de la vida monástica rumbo al cielo, los ángeles observan a la distancia, pero los demonios negros zumban alrededor de los monjes con flechas y alas afiladas, y lanzan a los fieles para arrastrarlos al Infierno.

Morgan sintió un destello de compasión por los caídos, comprendía ese camino de lucha: intentar ascender, pero ser arrastrada una y otra vez hacia abajo.

Caminaron juntos hasta un escritorio sencillo con una computadora al lado de una caja de madera llena de fichas bibliográficas.

Khal revisó las páginas de la libreta y luego tecleó para buscar libros específicos que Abasi había consultado en su visita.

La impresora de matriz de puntos cobró vida y comenzó a desplazarse lentamente mientras mostraba las ubicaciones dentro de la vasta biblioteca.

Había 24 elementos en la lista, la mayoría relacionados de alguna manera con el libro del Éxodo: versiones del texto original, así como comentarios, algunos judíos, otros cristianos, y dos de estudiosos coránicos.

—Entonces, ¿por dónde empezamos —preguntó Morgan.

—Las libretas de Abasi mencionan fragmentos específicos del Códice Sinaítico —dijo Khal, al tiempo que recorría con el índice en busca de la ubicación.

—¿Acaso ese no está en la Biblioteca Británica de Londres? —dijo Morgan.

Khal levantó la vista, con una sonrisa resignada en el rostro.

—Mejor no discutamos sobre el imperialismo británico, ¿te parece?

Pero tienes razón, el manuscrito principal está en Londres, aquí quedan fragmentos que monjes nacionalistas ocultaron a los investigadores, pues pensaron que al menos una parte del libro debía quedarse en el lugar.

En 2009, se descubrió en la biblioteca un fragmento inédito del Códice Sinaítico; desde entonces han aparecido más.

Morgan frunció el ceño.

—Pero ¿por qué le interesaría a Abasi el códice? Es una copia manuscrita de la biblia griega, escrita miles de años después del supuesto Éxodo y de la época del arca.

—Sí, pero el códice es la copia completa más antigua, o prácticamente completa, de la Biblia; también es uno de los manuscritos más corregidos que existen.

Es posible que las actualizaciones hayan sido producto del hallazgo de libros aún más antiguos, y quizá los monjes decidieron que algunas tradiciones orales eran lo suficientemente importantes como para cambiar el significado de las palabras.

Khal repasó la lista, un pliegue de concentración se marcó entre sus cejas pobladas.

Ese día llevaba puesta una camisa ligera de mezclilla con parches en los codos de un azul más oscuro, y Morgan no pudo evitar sonreír.

A Khal le gustaba interpretar el papel de profesor, pero no había muchos académicos cuyos rasgos rudos evocaran travesías salvajes por el desierto, además de que su perfil bien podría haber sido tallado en la tumba de un faraón.

Khal levantó la vista tras sentir la mirada de Morgan; ella bajó la suya hacia el fajo de hojas que sostenía, fingió buscar algo interesante.

—El fragmento que buscamos está en los archivos, no en los estantes principales —señaló Khal—. Es por aquí.

Cruzó la biblioteca con paso decidido, el peso del conocimiento que atestaba los estantes amortiguó el sonido de sus pisadas, Morgan se apresuró tras él, que se detuvo frente a una hilera de archivos con cajones largos y poco profundos donde se conservaban fragmentos de manuscritos resguardados en vitrinas de cristal para preservar el delicado papel y la vitela en su interior.

Khal deslizó el dedo por las pequeñas etiquetas escritas a mano con letra puntiaguda.

—Aquí está —dijo, y deslizó el cajón.

Morgan se inclinó para inspeccionar los fragmentos. Era consciente de lo cerca que estaba de Khal, podía sentir el calor de su piel al punto de que casi rozaban los vellos de sus brazos.

Se obligó a concentrarse en el texto y leer la etiqueta.

—Este fragmento fue encontrado dentro del encuadernado de un libro del siglo xviii , así fue como escapó del saqueo del códice.

Khal sonrió.

—Los monjes usaban fragmentos dentro de los encuadernados de otros libros, nadie sabe con exactitud por qué, tal vez para ocultarlos o para sugerir diferentes capas de significado, pero la verdad es que aún faltan piezas, de hecho, todo el libro del Éxodo estuvo perdido hasta que aparecieron fragmentos hace muy poco.

Observa aquí, se puede ver dónde se alteró el texto.

Morgan asintió.

—Deberíamos comparar las traducciones de los versículos del Éxodo con los fragmentos corregidos y ver si hay discrepancias.

Tomó un par de versiones de la Biblia de los estantes cercanos y ambos se enfocaron en el libro del Éxodo, en los versículos relacionados con el arca.

El tiempo pasó en silencio mientras ambos tomaban notas.

Morgan se sumergió con felicidad en el ritmo de la investigación, se dejó llevar por la maravilla y el asombro.

Amaba esa búsqueda de conocimiento antiguo, había tanto que desconocía, tantas cosas por descubrir.

Parte de la razón por la que se unió a ARCANO fue para alimentar aún más esa curiosidad.

Era en la profunda concentración de la investigación cuando, a veces, ocurría la sincronicidad, cuando cosas en apariencia no relacionadas encajaban y revelaban significados ocultos.

El momento esperaba justo más allá de la consciencia hasta el instante de rendirse por completo.

Morgan sabía que no podía forzarse, solo apreciarse cuando llegaba. Entonces se rindió y esperó la chispa.

Al cabo de un rato, Khal rompió el silencio.

—No hay nada aquí que sea distinto a las traducciones existentes, nada nuevo que sugiera dónde podría estar el arca. Al menos no en estos fragmentos.

Morgan frunció el ceño.

—¿Y si buscamos en otros libros que la mencionan, no solo en los bíblicos?

Khal miró la lista de la investigación de Abasi.

—El códice incluye los libros apócrifos, esos que no forman parte de la Biblia cristiana oficial, pero que se consideran importantes para la historia de la iglesia primitiva.

—¿Y el Segundo libro de los Macabeos? Ahí se menciona al profeta Jeremías y dónde ocultó el arca.

Khal recorrió la lista con la yema de su dedo.

—No, no está aquí… —frunció el ceño—. Pero hay algo raro: Abasi consultó una primera edición de la Odisea , de Homero, fechada en el siglo xv; no está relacionada con el arca, entonces ¿por qué la revisaría?

—¿Dónde está? —preguntó Morgan.

Khal señaló hacia un pasillo al fondo de la biblioteca.

—La quinta vitrina de aquel lado.

Caminaron juntos hasta el lugar y retiraron con cuidado la bella edición ilustrada y grabada, un portal a un mundo antiguo.

Morgan abrió la portada y pasó las páginas con delicadeza.

—Ahí, ¿qué es eso?

Khal extendió la mano y tomó la de Morgan para detenerla antes de que pasara la página. Sintió un toque caliente sobre su piel, que se detuvo un segundo más de lo necesario.

—Parece el fragmento de un manuscrito.

Morgan lo extrajo con delicadeza de entre las páginas del libro y lo colocó sobre la vitrina de cristal.

—Se ve igual que los otros fragmentos del códice, pero ¿qué hace ahí?

—Quizá Abasi lo escondió, debe contener algo importante. Volvamos a comparar los textos.

Khal llevó una pesada Biblia Septuaginta que incluía los libros apócrifos, entre ellos II Macabeos. Juntos trabajaron en el pasaje, anotaron posibles problemas de traducción en las palabras. Morgan miraba entre uno y otro textos para encontrar la diferencia.

Entonces todo encajó de nuevo.